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Si bien estaba de acuerdo con él, se sintió un poco decepcionada de que pudiera controlarse.

– Tienes razón, por supuesto.

– Arruinaría todo lo que hemos adelantado en nuestra relación.

– Cierto.

Se volvió y la miró.

– Si lo ignoramos, desaparecerá. -Deslizó la mirada por su pelo y luego por su cara.

– ¿Lo crees de verdad?

Apareció una arruga entre las cejas de John que lentamente sacudió la cabeza.

– No, no me creo una mierda -dijo, sacando las manos de los bolsillos para ahuecarle las mejillas entre las cálidas palmas de sus manos. Con el pulgar le acarició la piel fría e inclinó la frente hasta apoyarla en la de ella-. Soy un tío egoísta y te deseo -dijo en voz baja-. Quiero besarte y tocarte y… -hizo una pausa y ella vio el brillo pícaro en sus ojos-… saltar sobre tu precioso cuerpo. Y, si bien tengo treinta y cinco años, encuentro imposible controlarme contigo. Quiero poseerte y no pienso más que en hacer el amor contigo, ¿sabes?

Él la embelesaba, la dejaba sin aliento y hacía desaparecer toda resistencia. Incapaz de hablar, ella negó con la cabeza. John siguió hablando.

– Anoche tuve un sueño muy lujurioso contigo. Un sueño salvaje. Hacíamos cosas que mejor no te cuento, porque si lo hiciera me metería en problemas.

«¿Soñó conmigo?». Trató de pensar algo inteligente y provocador, pero no pudo. Todo pensamiento racional había abandonado su mente cuando dijo aquello de saltar sobre su precioso cuerpo. Siempre había pensado que su cuerpo era desmañado y poco atractivo.

– Así que tú tienes que ser la sensata. Cuento contigo para decirme que no. -Rozó su boca con la de él y dijo-: dime que no y te dejaré sola.

Él estaba demasiado cerca, era demasiado guapo y lo deseaba demasiado para ser sensata. Quería meterse debajo de su piel y ni siquiera consideró decir que no. Soltó la manta que cayó en un charco a sus pies. Lo cogió por las solapas abiertas de su chaqueta y tomó impulso. Con la punta de la lengua rozó levemente la línea de los labios de John y él abrió la boca. El beso que habían compartido antes había comenzado despacio pero se había vuelto ardiente en pocos segundos. Este beso fue mucho más largo. Con las bocas abiertas y las lenguas entrelazadas. Tenían toda la noche por delante y ninguna prisa.

Había aprendido cómo complacer a ese hombre años antes. Las habilidades que había perfeccionado hasta ser un arte estaban profundamente arraigadas en su interior. Pero no sabía si todavía podía coquetear con él para volverlo loco. Georgeanne llevó las manos a la cinturilla de los pantalones de John y deslizó lentamente las palmas bajo la chaqueta, desde de su abdomen caliente hasta su pecho. Bajo sus caricias se tensaron los duros músculos y John presionó su boca más profundamente en la de ella creando una succión suave. Jugueteó con su lengua y ella sintió que el corazón le latía con fuerza. John desplazó una de sus manos a las caderas de Georgeanne y la acercó más contra su cuerpo.

Ella sintió su erección contra el vientre. Era larga y dura. La pasión y la satisfacción femenina se fusionaron, y Georgeanne sintió un latido sordo en la unión de sus muslos. Se frotó contra él y la pasión se transformó en una espiral de fuego. La mano en su cadera se puso tensa, luego él retiró los labios.

– Eras buena hace siete años -dijo mientras la brisa de la noche le alborotaba el pelo-. Pero tengo el presentimiento de que ahora eres mejor.

Georgeanne podía haberle dicho que no había practicado desde entonces. De hecho tenía tan poca práctica que no sabía qué contestar. Sin la distracción de su boca sensual y con el sonido de sus desvergonzadas palabras resonando en su cabeza, ella sintió que el frío traspasaba su jersey y sintió un escalofrío.

– Vamos -dijo, tomándola de la mano. La atrajo hacia su cuerpo y juntos entraron en la casa y cerraron la puerta. John la besó suavemente en los labios, luego se quitó la chaqueta-. ¿Tienes frío? -preguntó, tirando la chaqueta en el sofá.

Georgeanne tenía la piel de gallina, pero no por el frío.

– Estoy bien -contestó, restregándose los brazos por encima del jersey.

– ¿Enciendo el fuego de todos modos?

No quería esperar más para sentir sus labios contra los de ella, pero no quería que pareciera que estaba hambrienta de él.

– Si no es demasiado problema.

John le dirigió una sonrisa perezosa.

– Oh, creo que puedo arreglármelas -dijo, caminando hasta la repisa de la chimenea y presionando un interruptor. La descarga anaranjada de una llama inflamó el chorro de gas e iluminó los leños falsos.

Georgeanne le correspondió con otra sonrisa.

– Creo que eso es hacer trampas.

– Sólo para un boy scout y no lo soy.

– Debería haberlo adivinado. -Ella intentó ver a través de los ventanales, pero sólo podía ver su reflejo. Sintió un momento de pánico mientras trataba de recordar si llevaba puesta ropa interior de raso o si se la había cambiado por la de algodón blanco.

– ¿El qué? -preguntó John, poniéndose detrás de ella-. ¿Que no soy un boy scout? -La cogió y la atrajo de nuevo contra su pecho-. ¿O que tenga un fuego falso?

Georgeanne miró su reflejo ondulado. Dirigió la vista hacia la apuesta cara de John y ya no le importó si llevaba las bragas de Hanes o las de Victoria's Secret. Se arqueó un poco hacia atrás y se frotó a conciencia contra su ingle.

– ¿Tu fuego es falso, John?

Él respiró hondo y su risa ahogada resultó un poco tensa cuando contestó:

– Si eres buena, te lo enseñaré más tarde. -Él la besó en la coronilla, luego cogió el borde del jersey-. Pero por ahora, me lo enseñas tú. -Se lo sacó por la cabeza y lo dejó caer a un lado. El primer impulso de Georgeanne fue levantar las manos para taparse los senos. Pero las mantuvo a los lados y se quedó de pie ante él con la falda vaquera y el sujetador azul de raso. Los dedos de John le acariciaron el estómago, luego ahuecó los pesados senos con sus fuertes manos.

– Eres hermosa -le dijo mientras rozaba con los pulgares el raso que le cubría los pezones-. Tan hermosa que apenas puedo respirar.

Georgeanne reconoció la sensación. También ella sentía como si sus pulmones se quedaran sin aire mientras observaba cómo las manos de John le sopesaban los senos. Se sintió incapaz de apartar la vista cuando él soltó el sujetador y le deslizó lentamente los tirantes por los hombros. El raso azul se deslizó por las curvas de los senos, brillando tenuemente sobre sus pezones, luego cayó al suelo. Súbitamente avergonzada, Georgeanne intentó ocultarse de su vista apretándose contra su pecho para ocultarse de su mirada ardiente. Pero él movió las manos a su cintura y la mantuvo donde estaba.

– Alguien podría vernos -dijo ella.

– No hay nadie fuera. -Le acarició los pezones ligeramente con la yema de los dedos.

Georgeanne comenzó a jadear.

– Podría haber alguien.

– No estamos al nivel de la playa. Estamos a más altura. -Observó cómo él le pellizcaba suavemente los arrugados pezones entre el pulgar y el índice y, de pronto, ya no le importó nada. Podría haber desfilado por la terraza un autobús lleno de marineros y no le habría importado lo más mínimo. Arqueó la espalda y levantó los brazos para coger entre las manos la cabeza de John. Le empujó la lengua en la boca hasta separarle los labios y le dio un beso ardiente, ávido. Surgió un gemido desde lo más profundo del pecho de John mientras jugueteaba con sus senos. Los levantó y apretó, luego movió las manos al botón de la falda. Le deslizó por las caderas y los muslos la falda y la braga azul hasta que cayeron a sus pies. Ella se salió de las prendas y las apartó de una patada, quedándose desnuda por completo, su trasero desnudo apretado contra la cremallera de los vaqueros. Al contrario que ella, él estaba completamente vestido y el roce de la tela de los vaqueros contra su piel le resultaba muy erótico. Él le inclinó las caderas y presionó su erección contra ella mientras dejaba un reguero de cálidos besos a un lado de la garganta. La mordió ligeramente en el hombro, y luego le lamió la piel con la lengua.