– Nunca dejaría que una mujer hiciera el trabajo de un hombre -dijo, y se retiró. Un gemido angustiado escapó de la garganta de Georgeanne hasta que él empujó profundamente en su interior otra vez. Ella se pegó a él mientras la embestía repetidas veces, empujándola hacia el precipicio.
Georgeanne pronunció palabras incoherentes, palabras que probablemente la harían avergonzar más tarde, pero que no podía ni quería detener ahora.
– Así, cariño -susurró él mientras se zambullía profundamente-. Dime qué quieres.
Y ella lo hizo con todo lujo de detalles. Él jadeó y le ahuecó la cara entre las manos. Le dijo que era hermosa y lo bien que se sentía dentro de ella. Con cada envite la quemaba viva, y, cuando ella llegó al orgasmo, gritó su nombre. Su cuerpo lo ordeñó con fuerza y justo cuando ella sentía que el clímax comenzaba a decrecer, volvió a remontarse de nuevo.
John cerró los ojos con fuerza y siseó entre dientes. Respondió a los gritos de Georgeanne con gemidos de satisfacción. Él entró en ella una última vez, y cuando llegó al clímax, sus músculos se volvieron de piedra y juró como un jugador de hockey.
Capítulo 14
John se sentó en el borde de la cama para calzarse unas deportivas azules y plateadas. La habitación parecía una zona de guerra. Las sábanas estaban revueltas encima del colchón y la colcha y las almohadas estaban tiradas en el suelo. Unos platos sucios con restos de sándwiches de jamón a medio comer estaban apilados en el tocador, y la acuarela, que colgaba de la pared y que John había comprado a un artista local, tenía el marco roto.
Terminó de atarse las zapatillas y se puso de pie. La habitación olía a ella, a él, a sexo. Pasó por encima de una pila de toallas húmedas y cogió el walkman del tocador. Se puso los auriculares alrededor del cuello y sujetó el walkman en la cinturilla de los pantalones cortos.
Salvaje. Era la única palabra que le acudía a la mente para describir la noche anterior. Sexo salvaje con una bella y fogosa mujer. La vida no podía ser mejor.
Sólo había un problema. Georgeanne no era cualquier bella y fogosa mujer. No era alguien con quien hubiera tenido una cita. No era un ligue. Y ciertamente no era una de esas mujeres que querían acostarse con él porque era jugador de hockey. Era la madre de su hija. Las cosas estaban comenzando a complicarse.
Salió al pasillo. Se detuvo delante del otro dormitorio y miró por la puerta entreabierta. Georgeanne tenía los ojos cerrados bajo la luz del amanecer que se filtraba a través de las cortinas y su respiración era lenta y suave. Se había puesto un camisón blanco abotonado hasta el cuello que parecía sacado de La casa de la pradera. Aunque aproximadamente cuatro horas antes estaba con el trasero al aire, totalmente desnuda, en el jacuzzi del baño principal haciendo su mejor imitación de una reina del rodeo. Después de un poco de práctica lo había hecho muy bien. A él le gustaba especialmente la forma en que balanceaba la pelvis contra la de él mientras susurraba su nombre con esa erótica voz sureña suya.
Un movimiento detrás de Georgeanne llamó su atención y levantó la mirada a Lexie. Observó cómo se ponía de lado y se tapaba un poco con la sábana. Dio un paso atrás y se encaminó a las escaleras.
La noche anterior le había mostrado de nuevo otra parte de su pasado, le había mostrado a una niña confundida y herida, y le había agregado otra dimensión a la forma en que la veía de adulta. No creía que ella hubiera tenido intención de cambiar nada, ni siquiera su opinión de ella. Pero lo había hecho.
John entró en la cocina y abrió la nevera. Cogió un batido de yogurt rico en carbohidratos y proteínas. Cerrando la puerta con el pie quitó el tapón de la bebida energética y puso en marcha el contestador automático. Subió el volumen, apoyó una cadera en la encimera y comenzó a tomar la bebida revitalizante. El primer mensaje era de Ernie, y mientras escuchaba las quejas de siempre de su abuelo acerca de tener que dejar un mensaje, pensó en Georgeanne. Pensó en su voz cuando le había hablado casualmente sobre su madre. Había bromeado sobre cuando su abuela había tratado de casarla con un carnicero del Piggly Wiggly y sobre que pensaba que era tonta por esperar el amor de su padre. Lo había dicho como si le diera vergüenza, como si esperara demasiado.
El contestador automático emitió un pip y la voz de su agente, Doug Hennessey, llenó la cocina para informar a John de la reunión que había tenido con Bauer. Tenía que reunirse con la gente que le había hecho los patines a medida para enterarse de por qué las botas habían comenzado a molestarle la última temporada. John siempre había usado las de Bauer. Siempre lo haría. Aunque no era tan supersticioso como algunos tíos que conocía, lo era lo suficiente como para querer arreglar el problema en vez de cambiar de fabricante.
Se tomó el resto del batido de yogurt, aplastó el bote con la mano y lo lanzó al cubo de la basura. El contestador automático no emitió ningún mensaje más y John salió de la cocina. La niebla cubría la terraza y la playa. Los escasos rayos matutinos que traspasaban la niebla proyectaban su luz a través de las ventanas de la sala de estar.
La noche anterior la había observado en esas ventanas. Había mirado cómo iba cayendo la ropa de su bello cuerpo y había gozado con la pasión que le suavizaba la boca y le enturbiaba los ojos. Había observado cómo sus propias manos se deslizaban sobre esa piel suave para tomar los tersos senos. Se había observado frotarse contra su cuerpo desnudo de arriba abajo, y casi había explotado allí mismo, en los calzoncillos B.V.D.
En silencio John salió a la terraza. Trotaba tan ligeramente como le era posible al bajar las escaleras a la playa. No quería despertar a Georgeanne. Después de la noche anterior suponía que necesitaría dormir.
Y él necesitaba pensar. Necesitaba pensar sobre lo sucedido y sobre lo que iba a hacer a partir de ese momento. No podría evitar a Georgeanne, ni siquiera aunque quisiera. Ella le gustaba. La respetaba por todo lo que había logrado en la vida, en especial ahora, que la entendía un poco mejor. Y también comprendía mejor por qué siete años antes no le había dicho nada sobre Lexie. Aún seguía molesto porque no se lo hubiera dicho, pero ya no estaba enfadado.
Pero no estar enfadado y estar enamorado eran cosas distintas. «Me gusta». Esperaba que no quisiera más de él porque no se creía capaz de dar más de sí mismo. Había estado casado dos veces y nunca había amado a una mujer.
Las personas confundían sexo con amor. John nunca lo hacía. Eran dos cosas totalmente diferentes. Amaba a su abuelo. Amaba a su madre. Era amor lo que sentía por su primer hijo, Toby, y ahora por Lexie, un amor que rezumaba desde lo más profundo de su ser. Pero nunca había estado enamorado de una mujer con el tipo de amor que volvía loco a un hombre. Esperaba que Georgeanne pudiera mantener separados amor y sexo. Creía que podría, pero si no era así tratar con ella iba a ser muy difícil.
Debería haber tenido las manos quietas, pero en lo que a Georgeanne se refería a él le costaba hacer lo correcto. Desearla le había complicado la vida, pero el sexo habría sido inevitable de todas maneras. Podía prometerse que mantendría las manos quietas desde ese momento, pero sabía por experiencia que lo más probable era que no lo hiciera. Con Georgeanne eso nunca había sido posible. Poseía un cuerpo de infarto y el sexo con ella era el mejor que había tenido nunca.
Los pies de John golpearon la arena mojada al detenerse, luego se cogió el pie izquierdo por detrás. Agarró el tobillo y estiró el cuádriceps.
Su relación ya era difícil sin añadir más complicaciones. Era la madre de su hija y debería de inspirarle pensamientos puros. No debía pensar en besar esa boca suave mientras se deslizaba profundamente en su interior. Tenía que controlarse. Era un deportista disciplinado. Podía hacerlo.