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Y si flaqueaba…

John bajó el pie y estiró la otra pierna. No flaquearía. Ni siquiera pensaría en ello. No iba a ir a su casa dos veces por semana para disfrutar de su cuerpo totalmente desnudo.

Georgeanne se cubrió la boca ante un enorme bostezo mientras vertía la leche sobre un tazón de Froot Loops. Se puso un mechón detrás de la oreja y atravesando la cocina colocó los cereales sobre la mesa.

– ¿Dónde está John? -preguntó Lexie mientras cogía la cuchara.

– No lo sé. -Georgeanne se sentó en una silla frente a su hija y se anudó la bata. Puso los codos sobre la mesa y apoyó la barbilla en las manos. Estaba muy cansada y tenía doloridos los músculos de los muslos. No le habían dolido tanto desde unas clases de aeróbic a las que había asistido tres días a la semana el año pasado.

– Seguro que está corriendo otra vez. -Lexie cogió una cucharada de Froot Loops y se la metió en la boca. Se había hecho una trenza para dormir la noche anterior y, ahora que se le había soltado, tenía el pelo rizado alrededor de la cabeza como una auténtica afro. Una O verde cayó sobre su pijama de la princesa Jasmine y la volvió a echar en su tazón.

– Es probable -contestó Georgeanne, preguntándose por qué John necesitaba hacer ejercicio después de la noche anterior. Habían hecho el amor en varias posiciones diferentes con un apoteósico final en el jacuzzi. Ella le había enjabonado por todas partes y había besado todos esos sitios según lo iba enjuagando. Él la había retribuido lamiendo todas las gotas de agua de su piel. En conjunto, diría que ambos habían tenido un entrenamiento realmente exhaustivo. Cerró los ojos y pensó en los fuertes brazos y el esculpido pecho de John. Se imaginó a sí misma frotándose contra su trasero musculoso al tiempo que le acariciaba el duro abdomen y sintió un vuelco en el estómago.

– Tal vez vuelva pronto -dijo Lexie, masticando ruidosamente sus cereales.

Georgeanne abrió los ojos. La imagen de John en cueros se evaporó siendo sustituida por la de su hija comiendo con la boca completamente llena de Oes de colores.

– Por favor, mastica con la boca cerrada -le recordó a Lexie automáticamente. Mientras miraba la cara de su hija, se sintió como una desvergonzada. Tener esos tórridos pensamientos delante de una niña inocente era indecente y estaba segura que en alguna parte del mundo se consideraba ilegal imaginar a un hombre desnudo antes de haber tomado el primer café.

Georgeanne fue a la cocina y cogió de la alacena una bolsa de Starbucks y un filtro de papel. John la había hecho sentirse viva de una manera que hacía mucho tiempo que no se sentía. La había mirado con ojos hambrientos, la había hecho sentirse deseada. Había acariciado su piel como si estuviera hecha de delicada seda, la había hecho sentirse hermosa. El sexo con John había sido maravilloso. Entre sus brazos se había convertido en una mujer segura de su propia sexualidad. Por primera vez desde la pubertad se encontraba a gusto con su cuerpo y jamás se había sentido segura con un amante hasta ese momento.

Pero no importaba lo maravilloso que hubiera sido, el sexo con John había sido un error. Lo supo desde que la había besado en la puerta del dormitorio de invitados deseándole buenas noches. Había sentido un vuelco en el corazón. John no la amaba y se había sorprendido de cuánto la había herido saberlo.

Sabía desde el principio que él no la amaba. Nunca se lo había dicho, ni le había insinuado que sintiera algo por ella que no fuera lujuria. No lo culpaba. El dolor que sentía ahora era culpa de ella, y era ella quien tenía que ponerle remedio.

Georgeanne llenó la cafetera de agua, puso el filtro y oprimió el botón. Apoyó la cadera contra la encimera y cruzó los brazos. Había pensado que podría amarlo con el cuerpo, pero no con el corazón. Sin embargo, esa ilusión se había evaporado con la luz de la mañana. Siempre había amado a John. Pero aunque lo admitiera ante sí misma, no sabía qué hacer. ¿Cómo iba a poder verlo de forma regular y fingir que no sentía nada más que amistad? No sabía cómo hacerlo. Sólo sabía que tenía que hacerlo.

Sonó el teléfono, sobresaltando a Georgeanne. El contestador automático emitió un pip dos veces e hizo clic al conectarse.

– Hola, John -dijo una voz masculina desde la máquina-. Soy Kirk Schwartz. Siento no haberme puesto en contacto contigo antes. He estado de vacaciones las dos últimas semanas. De todos modos, tal y como me pediste, tengo una copia de la partida de nacimiento de tu hija delante de mí. Su madre la inscribió con padre desconocido.

Georgeanne sintió que se congelaba por dentro. Miró fijamente al aparato.

– Si la madre todavía está dispuesta a cooperar, no llevará mucho tiempo cambiarlo. Hablaremos de tus derechos legales hasta la vista de la custodia cuando vuelvas a la ciudad. Como comentamos la última vez, creo que lo mejor por el momento es mantener contenta a la madre hasta que decidamos qué hacer legalmente. Ah…, y creo que el hecho de que no supieras nada de tu hija hasta hace poco y que le hagas un ingreso sustancial además de colaborar en su manutención te deja en una situación muy buena. Probablemente te den los mismos derechos que si estuvieras divorciado de la madre. Lo discutiremos en profundidad cuando vuelvas a la ciudad. Ya hablaremos, nos vemos -acabó el mensaje y Georgeanne parpadeó.

Miró a Lexie y la observó aspirar un Froot Loop de la cuchara.

El temblor comenzó en el pecho de Georgeanne y se extendió por todo su cuerpo. Levantó una mano temblorosa y se presionó los labios con los dedos. John había contratado los servicios de un abogado. Le había dicho que no lo haría, pero estaba claro que había mentido. Quería a Lexie, y Georgeanne le había dado lo que él quería sin preocuparse de nada. Había dejado a un lado sus dudas y había consentido en que John estuviera algún tiempo con su hija con total libertad. Había hecho caso omiso a sus miedos porque quería lo mejor para su hija.

– Apresúrate y termínate los cereales -le dijo, apartándose de la encimera. Tenía que escapar, alejarse de esa casa y de él.

A los diez minutos Georgeanne se había cambiado de ropa, se había cepillado los dientes y el pelo, y había metido todo dentro de las maletas. «Mantener contenta a la madre…». Georgeanne se sintió enferma al pensar en lo «contenta» que la había tenido la noche anterior. Acostarse con ella era ir mucho más allá de lo que dictaba el deber.

Cinco minutos más tarde había cargado el coche.

– Vamos, Lexie -gritó, volviéndose hacia a la casa. Quería estar bien lejos cuando regresara John. No quería enfrentarse a él. No confiaba en sí misma. Ella había sido amable. Había tratado de ser justa, pero no lo haría más. La cólera la inflamaba como un soplete a un chorro de gas. La dejó arder y bullir por sus venas. Prefería sentir furia que la humillación y el dolor que le destrozaban el alma.

Lexie salió de la cocina vestida todavía con el pijama púrpura.

– ¿Nos vamos a algún sitio?

– A casa.

– ¿Por qué?

– Porque es hora de irnos.

– ¿John también viene?

– No.

– No quiero irme aún.

Georgeanne abrió la puerta principal.

– Me da lo mismo.

Lexie frunció el ceño y salió de la casa.

– Aún no es sábado. -Hizo pucheros mientras bajaba de la acera-. Dijiste que nos quedaríamos hasta el sábado.

– Hay cambio de planes. Nos vamos antes a casa. -La subió al asiento del pasajero encima del elevador de seguridad y le abrochó el cinturón, luego le puso una camisa, unos pantalones cortos y un cepillo de pelo en el regazo-. Cuando estemos en la carretera te puedes cambiar de ropa -explicó mientras se colocaba detrás del volante. Arrancó el motor y metió la marcha atrás.

– Me olvidé una Skipper en la bañera.

Georgeanne pisó el freno y se volvió para mirar a su hosca hija. Sabía que si no entraba de nuevo y cogía la Skipper, Lexie se preocuparía y enfadaría y hablaría de eso todo el camino hasta Seattle.