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– ¿Cuál?

– La que me regaló Mae por mi cumpleaños.

– ¿En qué bañera?

– En la del baño que hay al lado de la cocina.

Georgeanne abrió bruscamente la puerta del coche y salió.

– El motor está encendido, así que no toques nada.

Lexie encogió los hombros sin comprometerse.

Georgeanne corrió por primera vez desde la infancia. Volvió corriendo a la casa y entró en el cuarto de baño. La Skipper estaba sentada en la bandeja del jabón pegada a la pared de azulejo, la cogió por las piernas. Se dio la vuelta y casi chocó con John. Estaba en la puerta con las manos apoyadas en el marco de madera.

– ¿Qué pasa Georgeanne?

A Geogeanne le dio un vuelco el corazón. Odió a John. Y se odió a sí misma. Por segunda vez en su vida había dejado que la utilizara. Por segunda vez, le había causado tal dolor que apenas podía respirar.

– Quítate de en medio, John.

– ¿Dónde está Lexie?

– En el coche. Nos vamos.

Él entornó los ojos.

– ¿Por qué?

– Por ti. -Ella le colocó las manos en el pecho y lo apartó de un empujón.

Él se movió, pero ella no había llegado demasiado lejos antes de que él la agarrase por el brazo y le impidiera llegar a la puerta principal.

– ¿Actúas así con todos los tíos con los que te acuestas o esa suerte sólo la tengo yo?

Georgeanne se volvió hacia él y le pegó con su única arma. Lo golpeó en el hombro con la mojada muñeca. La cabeza de la muñeca se desprendió y voló hasta la sala de estar. Georgeanne hervía de furia y sentía que perdería la cabeza igual que la pobre Skipper.

John levantó la vista de la muñeca sin cabeza a su cara. Tenía las cejas arqueadas.

– Pero ¿qué te pasa?

La innata gracia sureña, las lecciones de modales de la señorita Virdie y todos los años de buena educación de su abuela se hicieron trizas dentro del infierno de su cólera.

– ¡Aparta tu asquerosa mano de mí, cerdo hijo de puta!

John apretó su presa y sus ojos taladraron los de ella.

– Anoche no pensabas que fuera asqueroso. Puedo ser un hijo de puta, pero no por lo que hicimos juntos. Anoche tú estabas caliente y yo duro y lo solucionamos. Puede que no haya sido la elección más sabia, pero fue la que tomamos. Ahora asúmelo como una adulta, por el amor de Dios.

Georgeanne se soltó bruscamente de su agarre y dio un paso atrás. Deseó ser grande y fuerte para poder pegarle con fuerza. Deseó ser de pensamiento rápido para poder soltarle las palabras más hirientes, de esas que podrían cortar un corazón en rodajas. Pero no era físicamente fuerte, ni de lengua rápida bajo presión.

– Te aseguraste que estuviera muy contenta anoche, ¿verdad?

Él parpadeó.

– Supongo que «contenta» es una palabra tan buena como cualquier otra. Aunque prefiero «saciada», no te discutiré si quieres utilizar «contenta». Tú estabas contenta. Yo estaba contento. Los dos estábamos jodidamente contentos.

Ella lo señaló con la Skipper sin cabeza.

– Eres un bastardo. Me utilizaste.

– Genial. ¿Y cuándo fue eso? ¿Fue mientras me metías la lengua en la boca o cuando me metiste las manos en los pantalones? Tal y como yo lo veo, nos utilizamos mutuamente.

Georgeanne lo fulminó con la mirada a través de la neblina roja que la envolvía. No hablaban de lo mismo, él todavía no había atado cabos.

– Me mentiste.

– ¿Sobre qué?

En lugar de darle la oportunidad de mentir otra vez, Georgeanne fue a la cocina y rebobinó su contestador automático. Luego le dio al botón de play y observó la cara de John mientras la voz de su abogado llenaba la silenciosa estancia. Sus rasgos no mostraron emoción alguna.

– Estás haciendo una montaña de un grano de arena -dijo tan pronto como la cinta terminó-. No es lo que piensas.

– ¿No era ése tu abogado?

– Sí.

– Entonces cualquier otro contacto entre nosotros se hará a través de los abogados. -Ella estaba mortalmente tranquila cuando le dijo-: Mientras tanto, apártate de Lexie.

– Ni lo pienses. -Él se cernió sobre ella. Un hombre grande y poderoso usando la fuerza para intentar hacer valer su voluntad.

Georgeanne no se intimidó.

– No hay lugar para ti en nuestras vidas.

– Soy el padre de Lexie, no un gilipollas imaginario llamado Tony. Le has mentido sobre mí toda su vida. Es hora de que sepa la verdad. No importa qué problemas tengamos nosotros, eso no cambia el hecho de que Lexie es mi hija.

– No te necesita.

– Y una mierda.

– No te dejaré acercarte a ella.

– No podrás detenerme.

Sabía que era probable que estuviera en lo cierto. Pero también sabía que haría cualquier cosa para asegurarse de no perder a su hija.

– Mantente alejado -le advirtió una última vez, luego se volvió para salir con pasos vacilantes.

Lexie estaba en la puerta de la cocina. Todavía llevaba puesto el pijama y aún tenía el pelo alborotado alrededor de la cabeza. Clavaba la mirada en John como si jamás lo hubiera visto. Georgeanne no sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero temía lo que podía haber oído. Cogió a Lexie de la mano y la sacó a rastras de la casa.

– No hagas esto, Georgeanne -gritó John-. Podemos resolverlo. -Pero ella no se volvió. Le había dado ya demasiado. Le había dado su corazón, su alma y su confianza. Pero no le daría lo más importante de su vida. Podía vivir sin su corazón, pero no podía vivir sin Lexie.

Mae recogió el periódico del porche de Georgeanne, luego entró en la casa. Lexie estaba sentada en el sofá con una magdalena de frambuesa en la mano mientras en la televisión sonaba el tema musical de La tribu de los Brady. Las magdalenas de frambuesa eran las favoritas de Lexie y un claro intento por parte de Georgeanne de curar las heridas con azúcar. Pero después de lo que su amiga le había contado por teléfono la noche anterior Mae no estaba segura de que un dulce fuera suficiente.

– ¿Dónde está tu mamá? -preguntó Mae, lanzando el periódico a una silla.

– Fuera -contestó Lexie sin apartar los ojos de la pantalla.

Mae decidió dejar sola a Lexie un rato y entró en la cocina para hacerse una taza de café exprés. Luego salió y encontró a Georgeanne de pie al lado del porche de ladrillo podando las rosas Albertine y lanzando las flores muertas a una carretilla. Durante los últimos tres años Mae había observado cómo Georgeanne mimaba las rosas para que cubrieran la pérgola que enmarcaba la puerta trasera. Una profusión de dedaleras rosas y de delfinios color lavanda se extendía desde los pies de Georgeanne hasta la valla del jardín. El rocío matutino se pegaba a los pétalos delicados y mojaba el ruedo de la bata de Georgeanne. Bajo la seda naranja llevaba una camiseta arrugada y unos pantalones blancos de algodón. Tenía el pelo recogido en una despeinada coleta y el esmalte color malva de las uñas de su mano derecha estaba picado como si Georgeanne se lo hubiera mordisqueado. La situación con Lexie era peor de lo que Mae había pensado.

– ¿Dormiste algo anoche? -le preguntó Mae desde el último escalón del porche.

Georgeanne negó con la cabeza y cogió otra rosa mustia.

– Lexie no habla conmigo. No me habló ayer en el coche mientras veníamos a casa y no me habla hoy. No se durmió hasta alrededor de las dos de la madrugada. -Lanzó otra rosa a la carretilla-. ¿Qué está haciendo?

– Está viendo La tribu de los Brady -contestó Mae, moviéndose por el porche de ladrillo. Dejó el café en una mesa de hierro forjado y se sentó en la silla a juego-. Cuando me llamaste anoche, no me dijiste que estuviera tan enfadada como para no poder dormir. Ella no suele comportarse así.

Georgeanne dejó caer las manos y miró a Mae por encima del hombro.

– Ya te he dicho que no me habla. Ya sé que ella no se comporta así. -Caminó hacia Mae y dejó las tijeras de podar encima de la mesa-. No sé qué hacer. He tratado de hablar con ella, pero me ignora. Al principio pensé que estaba enfadada porque se lo estaba pasando genial en la playa y la obligué a irse de allí. Ahora sé que eso era simplemente lo que yo quería pensar. Nos ha debido oír discutir a John y a mí. -Georgeanne se dejó caer en la silla al lado de Mae como si estuviera hundida en la miseria-. Sabe que le mentí sobre su padre.