Capítulo 15
Tras horas de duro entrenamiento, entrenadores y jugadores ocupaban la pista ensayando tiros a gol. Después de estar tres días concentrados, los Chinooks estaban preparados para un poco de diversión. Dos miembros del equipo de porteros estaban en cuclillas en extremos opuestos de la pista de patinaje, ojo avizor, en espera de que alguien lanzara el disco hacia la portería.
Los sórdidos y crudos comentarios y el constante «zas-zas-zas» de los patines invadían los oídos de John mientras zigzagueaba por el hielo. Las mangas de su camiseta de entrenamiento ondeaban mientras serpenteaba entre la marabunta humana. Mantenía la cabeza alta mientras deslizaba el disco de caucho junto a la hoja del stick. Sintió cómo un defensa novato de tercera línea le echaba el aliento en el cogote y para evitar quedar atrapado contra la barrera le lanzó un disparo bajo a Hugh Miner.
– Trágate esa, granjero -le dijo mientras cargaba su peso en las cuchillas de los patines para pararse bruscamente delante de la portería. Una fina rociada de hielo alcanzó las rodilleras de Hugh.
– Eres mi ruina, viejo -se quejó Hugh, devolviéndole el disco de caucho. Luego miró al otro extremo de la pista, se encorvó otra vez y golpeó su stick contra los postes de la portería, recobrando su compostura sin apartar los ojos del resto de jugadores.
John se rió y patinó de regreso al centro de la acción. Al terminar el entrenamiento estaba molido por el esfuerzo, pero feliz de haber regresado a la lucha. Más tarde en el vestuario, le entregó sus patines a uno de los utilleros para que estuvieran afilados al día siguiente y se dio una ducha.
– Oye, Kowalsky -lo llamó un ayudante de entrenador desde la puerta del vestuario-. El señor Duffy quiere verte cuando estés vestido. Está con el entrenador Nystrom.
– Gracias, Kenny. -John se ató los zapatos, se pasó por la cabeza una camiseta verde con el logotipo de los Chinooks y se la remetió dentro de los pantalones azules de nailon. Sus compañeros de equipo deambulaban por el vestuario con distintos grados de desnudez hablando de hockey, contratos y las nuevas reglas de la NHL como todos los principios de temporada.
No era extraño que Virgil Duffy le pidiera a John que se reuniera con él, especialmente, cuando el director general del equipo estaba tanteando el terreno para fichar un nuevo talento. John era el capitán de los Chinooks. Era un veterano y nadie conocía el hockey mejor que los hombres que lo llevaban jugando desde que eran niños. Virgil respetaba la opinión de John y John respetaba la capacidad de Virgil para los negocios, aunque a veces no estaban de acuerdo. En esos momentos discutían por un buen defensa de segunda línea. Los buenos defensas no eran baratos y Virgil no siempre estaba dispuesto a pagar millones por un determinado jugador.
Mientras se acercaba a los despachos de dirección John se preguntó cómo reaccionaría Virgil cuando se enterara de la existencia de Lexie. No creía que el viejo se sintiera demasiado contento, pero ya no temía ser traspasado. Aunque tampoco descartaba la posibilidad por completo. Virgil podía ser tan imprevisible como un volcán. Cuanto más tardara Virgil en descubrir lo que había sucedido siete años antes, mejor. John no mantenía a Lexie en secreto a propósito, pero tampoco creía que tuviera que restregársela a Virgil por las narices.
Pensó en Lexie y frunció el ceño. Desde aquella mañana en Cannon Beach, hacía ya mes y medio, Georgeanne había mantenido a Lexie apartada de él. Ella había contratado a un abogado atildado y cabrón que había insistido en hacerle una prueba de paternidad. Luego, había retrasado el examen durante semanas, pero el día en que la prueba pedida por el tribunal debía ser realizada, ella había cambiado radicalmente de actitud y había firmado un documento legal admitiendo que él era el padre. Con la rúbrica de Georgeanne, John fue declarado legalmente padre de Lexie.
Habían elegido un asistente social de oficio para entrevistarse con John e inspeccionar su casa flotante. El mismo asistente había hablado con Georgeanne y Lexie, y había recomendado varias visitas cortas de presentación entre el padre y la niña antes de permitir a John tener a Lexie durante períodos de tiempo más largos. Al final del período de presentación, John recibiría la misma custodia compartida que los padres que se habían divorciado y todo eso sin ni siquiera haberse presentado delante de un juez. Una vez que Georgeanne había reconocido legalmente a John como padre de Lexie, todo había comenzado a moverse con suma rapidez.
John endureció el ceño. Por ahora Georgeanne seguía teniendo la sartén por el mango y aunque a él no le gustara lo más mínimo, era obvio que ella disfrutaba con la experiencia. Pues bien, que lo hiciera mientras pudiera, porque al final lo que Georgeanne quisiera no iba a tener importancia. Ella no quería que le pagara la manutención de la niña, ni siquiera la parte que le correspondía, ni el seguro médico. A través de su abogado él le había ofrecido mucho dinero y también el seguro completo. Quería mantener a su hija y estaba dispuesto a pagar lo que necesitara, pero Georgeanne lo había rechazado todo. Según su abogado, ella no quería nada de él. Pero no le iba a quedar otra opción. Los abogados estaban ya poniendo los puntos sobre las íes. Georgeanne tendría que aceptar lo que le ofrecía.
No la había visto, ni había hablado con ella desde aquella mañana en la casa de la playa cuando se había puesto histérica por nada. Lo había arruinado todo saliéndose de madre para llamarlo mentiroso cuando, realmente, él no le había mentido. De acuerdo, quizá la primera noche cuando había ido a su casa flotante le había mentido por omisión. Habían quedado en no meter por medio a los abogados, pero dos horas antes de que ella hubiera aparecido en su puerta él ya había contratado a Kirk Schwartz. Ya tenía una idea básica de sus derechos antes de que hubiera hablado con ella esa noche. Tal vez debería habérselo dicho, pero había creído que se pondría como una pantera y que trataría de apartarlo de Lexie. Y había estado en lo cierto. A pesar de todo, no cambiaría lo que había hecho. Tenía que informarse. Tenía que conocer sus derechos legales en el caso de que Georgeanne se mudara, se casara o le impidiera ver a Lexie. Había querido saber quién figuraba como padre en la partida de nacimiento de Lexie. Había querido saberlo todo. El futuro con Lexie era demasiado importante como para ignorar sus derechos legales.
La imagen de Lexie en la cocina de su casa de Cannon Beach aún permanecía viva en su mente. Recordaba la confusión de su cara y la mirada desconcertada de sus ojos cuando lo había mirado por encima del hombro mientras Georgeanne la arrastraba por la acera. Él no había querido que lo supiera de ese modo. Había querido pasar antes más tiempo con ella. Y había querido que se alegrara tanto como él por la noticia. No sabía lo que pensaba ahora, pero lo haría en poco tiempo. En dos días sería la primera visita legal.
John entró en las oficinas de dirección y cerró la puerta tras él. Virgil Duffy estaba sentado en un sofá tapizado en Naugahyde y llevaba puesto un traje de lino de la Quinta Avenida y un bronceado caribeño.
– Mira eso -dijo Virgil, señalando la pantalla de un televisor portátil-. Ese chico está hecho de cemento.
Sentando detrás del escritorio, Larry Nystrom no parecía tan entusiasmado como él.
– Pero no sabe tirar con puntería.
– A cualquier jugador se le puede enseñar a afinar la puntería. Pero lo que no puedes es enseñarle coraje, y éste ya lo tiene. -Virgil miró John y señaló con el dedo hacia la pantalla-. ¿Qué opinas tú?
John estaba sentado en el otro extremo del sofá y miró la televisión justo a tiempo de ver a un novato de los Florida Panther acorralar a Philly Flyer Eric Lindros contra la barrera. El sesenta y cuatro, Lindros, se tomó su tiempo antes de ponerse en pie para patinar lentamente al banquillo.
– Te puedo decir por experiencia personal que golpea muy duro. Y también tira muy fuerte, pero no estoy seguro de que tenga potencial. ¿Cuánto vale?
– Quinientos mil.
John se encogió de hombros.
– Vale menos de quinientos y necesitamos a alguien como Grimson o Domi.
Virgil negó con la cabeza.
– Cuestan demasiado.
– ¿En quién más estáis pensando?
Virgil le dio al botón de avance rápido y los tres hombres revisaron juntos otros partidos. El segundo entrenador del equipo se sentó enfrente de Nystrom con un montón de papeles. Mientras el vídeo seguía pasando, revisaron cada página.
– Tu índice de grasa corporal es menor del doce por ciento, Kowalsky. -El entrenador hizo el comentario sin levantar la vista.
John no estaba sorprendido. No podía permitirse el lujo de dejar que el peso lo hiciera más lento todavía y se había esforzado mucho para mantenerse en forma.
– ¿Y Corbet? -preguntó por un compañero de equipo. En el entrenamiento le había dado la impresión de que el lateral derecho de los Chinooks se había pasado el verano comiendo barbacoas y tirado a la bartola.
– ¡Dios Santo! -juró Nystrom-. ¡Su índice es del veinte por ciento!
– ¿De quién? -preguntó Virgil, dándole al botón de stop. El vídeo detuvo la cinta y en la pantalla apareció un anuncio de una emisora local.
– Ese maldito Corbet -contestó el entrenador.
– Voy a tener que ponerle un soplete debajo de ese culo de grasa -amenazó el entrenador-. Tendré que suspenderlo o enviarle a Jenny Craig.
– Contrata un dietista -sugirió John.
– Sométele a uno de los regímenes de Caroline -le dijo Virgil-. Cuando hace uno de sus regímenes se pone de muy mala leche. -Caroline era la esposa de Virgil desde hacía cuatro años y sólo era diez años más joven que su marido. Por lo que John podía decir, era una mujer agradable y parecían felices juntos-. Dale un tazón de arroz blanco y un filete de pollo a la plancha antes de cada partido, luego siéntate y disfruta viendo cómo patea culos.
El anuncio terminó y una voz que John no había oído en casi dos meses sonó en la televisión.
– Habéis vuelto a tiempo -dijo Georgeanne desde la pantalla de doce pulgadas-. Estoy a punto de añadir un poquito de pecado y no querrás perdértelo.
– Qué diablos… -masculló John y se inclinó hacia delante.
Georgeanne abrió una botella de Grand Marnier y escanció un poco en una taza.
– Ahora, si tenéis niños, tendréis que reservar un poco del mousse antes de añadir el licor, o pecado líquido como llamaba mi abuela a todas las bebidas alcohólicas. -Sus ojos verdes miraron a la cámara mientras sonreía-. Si no podéis tomar alcohol por motivos religiosos, sois menores de edad o si simplemente preferís tomar vuestro pecado en un vaso, podéis prescindir del Grand Marnier y añadir en su lugar cascara de naranja rallada.
Él clavó los ojos en ella como un estúpido roedor fascinado, recordando la noche en que él le había servido una gran dosis de pecado. Luego, a la mañana siguiente, ella le había aporreado con una estúpida muñequita y lo había acusado de utilizarla. Era una lunática. Una loca vengativa.
Llevaba puesta una blusa blanca con un gran cuello bordado y un delantal azul marino atado alrededor del cuello. Tenía el pelo retirado de la cara y unos pendientes de perlas en las orejas. Alguien se había esforzado mucho en someter su evidente sexualidad, pero no importaba. Estaba allí de todos modos. En esos ojos seductores y en esa boca voluptuosa. Y seguro que no era el único que lo veía. Estaba ridícula, como una de Los vigilantes de la playa jugando a las cocinitas. La observó remover el mousse con la cuchara en una cazuela de porcelana y charlar sin cesar al mismo tiempo. Cuando terminó, levantó la mano, abrió los labios y se lamió el chocolate de los nudillos. Él se mofó porque sabía -sencillamente lo sabía- que estaba haciendo esa mierda por la audiencia. Era una madre, por el amor de Dios. Las madres que educaban niñas no deberían comportarse como gatitas sexis en televisión.
El televisor se quedó en blanco de repente y John se dio cuenta de que Virgil estaba presente por primera vez desde que la cara de Georgeanne apareció en la pantalla. Parecía atontado y un poco pálido bajo el bronceado. Pero, aparte de la impresión, su cara no mostraba nada. Ni cólera, ni furia. Ni amor, ni siquiera traición por la mujer que le había plantado ante el altar. Virgil se levantó, lanzó el mando al sofá y salió por la puerta sin decir nada.
John lo vio marcharse, luego centró la atención en los otros hombres. Estaban todavía hablando del índice de grasa. No habían visto a Georgeanne, pero aunque lo hubieran hecho, John no creía que supieran quién era. De lo que significaba para él. O lo que significaba para Virgil.