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– Te puedo decir por experiencia personal que golpea muy duro. Y también tira muy fuerte, pero no estoy seguro de que tenga potencial. ¿Cuánto vale?

– Quinientos mil.

John se encogió de hombros.

– Vale menos de quinientos y necesitamos a alguien como Grimson o Domi.

Virgil negó con la cabeza.

– Cuestan demasiado.

– ¿En quién más estáis pensando?

Virgil le dio al botón de avance rápido y los tres hombres revisaron juntos otros partidos. El segundo entrenador del equipo se sentó enfrente de Nystrom con un montón de papeles. Mientras el vídeo seguía pasando, revisaron cada página.

– Tu índice de grasa corporal es menor del doce por ciento, Kowalsky. -El entrenador hizo el comentario sin levantar la vista.

John no estaba sorprendido. No podía permitirse el lujo de dejar que el peso lo hiciera más lento todavía y se había esforzado mucho para mantenerse en forma.

– ¿Y Corbet? -preguntó por un compañero de equipo. En el entrenamiento le había dado la impresión de que el lateral derecho de los Chinooks se había pasado el verano comiendo barbacoas y tirado a la bartola.

– ¡Dios Santo! -juró Nystrom-. ¡Su índice es del veinte por ciento!

– ¿De quién? -preguntó Virgil, dándole al botón de stop. El vídeo detuvo la cinta y en la pantalla apareció un anuncio de una emisora local.

– Ese maldito Corbet -contestó el entrenador.

– Voy a tener que ponerle un soplete debajo de ese culo de grasa -amenazó el entrenador-. Tendré que suspenderlo o enviarle a Jenny Craig.

– Contrata un dietista -sugirió John.

– Sométele a uno de los regímenes de Caroline -le dijo Virgil-. Cuando hace uno de sus regímenes se pone de muy mala leche. -Caroline era la esposa de Virgil desde hacía cuatro años y sólo era diez años más joven que su marido. Por lo que John podía decir, era una mujer agradable y parecían felices juntos-. Dale un tazón de arroz blanco y un filete de pollo a la plancha antes de cada partido, luego siéntate y disfruta viendo cómo patea culos.

El anuncio terminó y una voz que John no había oído en casi dos meses sonó en la televisión.

– Habéis vuelto a tiempo -dijo Georgeanne desde la pantalla de doce pulgadas-. Estoy a punto de añadir un poquito de pecado y no querrás perdértelo.

– Qué diablos… -masculló John y se inclinó hacia delante.

Georgeanne abrió una botella de Grand Marnier y escanció un poco en una taza.

– Ahora, si tenéis niños, tendréis que reservar un poco del mousse antes de añadir el licor, o pecado líquido como llamaba mi abuela a todas las bebidas alcohólicas. -Sus ojos verdes miraron a la cámara mientras sonreía-. Si no podéis tomar alcohol por motivos religiosos, sois menores de edad o si simplemente preferís tomar vuestro pecado en un vaso, podéis prescindir del Grand Marnier y añadir en su lugar cascara de naranja rallada.

Él clavó los ojos en ella como un estúpido roedor fascinado, recordando la noche en que él le había servido una gran dosis de pecado. Luego, a la mañana siguiente, ella le había aporreado con una estúpida muñequita y lo había acusado de utilizarla. Era una lunática. Una loca vengativa.

Llevaba puesta una blusa blanca con un gran cuello bordado y un delantal azul marino atado alrededor del cuello. Tenía el pelo retirado de la cara y unos pendientes de perlas en las orejas. Alguien se había esforzado mucho en someter su evidente sexualidad, pero no importaba. Estaba allí de todos modos. En esos ojos seductores y en esa boca voluptuosa. Y seguro que no era el único que lo veía. Estaba ridícula, como una de Los vigilantes de la playa jugando a las cocinitas. La observó remover el mousse con la cuchara en una cazuela de porcelana y charlar sin cesar al mismo tiempo. Cuando terminó, levantó la mano, abrió los labios y se lamió el chocolate de los nudillos. Él se mofó porque sabía -sencillamente lo sabía- que estaba haciendo esa mierda por la audiencia. Era una madre, por el amor de Dios. Las madres que educaban niñas no deberían comportarse como gatitas sexis en televisión.

El televisor se quedó en blanco de repente y John se dio cuenta de que Virgil estaba presente por primera vez desde que la cara de Georgeanne apareció en la pantalla. Parecía atontado y un poco pálido bajo el bronceado. Pero, aparte de la impresión, su cara no mostraba nada. Ni cólera, ni furia. Ni amor, ni siquiera traición por la mujer que le había plantado ante el altar. Virgil se levantó, lanzó el mando al sofá y salió por la puerta sin decir nada.

John lo vio marcharse, luego centró la atención en los otros hombres. Estaban todavía hablando del índice de grasa. No habían visto a Georgeanne, pero aunque lo hubieran hecho, John no creía que supieran quién era. De lo que significaba para él. O lo que significaba para Virgil.

Georgeanne se sentía desfallecida. Había grabado seis programas y le parecía que no había mejorado de uno a otro. Se decía a sí misma que tenía que relajarse y divertirse. No se emitían en directo así que si se ponía muy nerviosa, podía detenerse y volver a empezar. Pero a pesar de eso, los nervios le revolvían el estómago mientras miraba la cámara para confesar:

– No sé si lo sabréis, pero soy de Dallas, la tierra de los sombreros grandes. He estudiado arte culinario de todas las partes del mundo, pero gané mis espuelas de cocinera preparando platos mexicanos. Cuando a la mayoría de la gente le hablan de cocina mexicana, piensa en tacos rellenos. Bueno, yo voy a enseñaros hoy algo diferente.

Durante más de una hora Georgeanne troceó mangos, chiles y tomates. Cuando terminó, mostró un plato, simple pero elegante, que ya había preparado en el horno con referencias texanas.

– La semana que viene -dijo, deteniéndose al lado de un florero de margaritas amarillas-, vamos a abandonar temporalmente la cocina y os enseñaré cómo personalizar los marcos de fotos. Es muy fácil y divertido. Espero veros a todos.

La luz de encima de la cámara parpadeó y Georgeanne soltó un suspiro. Grabar el programa no había sido tan malo. Sólo se le había caído el lomo una vez y se había confundido tres veces al leer. No como en el primer programa. El primer programa había requerido siete horas de grabación. Lo habían emitido días atrás y estaba tan segura de que su mousse de chocolate había sido un fracaso de audiencia que ni siquiera se quiso ver. Charles la había visto, por supuesto, y le había asegurado que no se la veía ni gorda ni estúpida. Pero no confiaba en que no le estuviera mintiendo.

Lexie pasó por encima de varios cables que había en el suelo y caminó hacia Georgeanne.

– Voy al baño -anunció.

Georgeanne se llevó las manos a la espalda y se soltó el delantal. Llevaba puesto un micrófono portátil.

– Espera un segundo y te acompaño.

– Puedo ir sola.

– Ya la llevo yo -dijo una joven ayudante de producción.

Georgeanne sonrió con gratitud.

Lexie frunció el ceño y cogió la mano de la ayudante.

– Ya no tengo cinco años -se quejó.

Georgeanne observó marchar a su hija y se quitó el delantal por la cabeza. Una de las condiciones que había puesto para hacer el programa era poder llevar a Lexie a los rodajes. Charles había estado de acuerdo y había nombrado a Lexie asesora creativa. Lexie sugería algunas ideas y, cuando iba al estudio, ayudaba a Georgeanne a preparar los platos que se hacían de antemano para mostrarlos al final.

– Hoy has estado genial -la saludó Charles, emergiendo desde el fondo del estudio. Él esperó hasta que le quitaron el micrófono para rodearle los hombros con un brazo-. La respuesta de los espectadores al primer programa ha sido muy buena.

Georgeanne soltó un suspiro de alivio y lo miró. Ella no quería que mantuviera el programa en antena por su relación personal.

– ¿Estás seguro de que no lo dices sólo para ser amable conmigo?

Charles besó suavemente la sien de Georgeanne.

– Estoy seguro -y ella sintió su sonrisa cuando dijo-: Si la audiencia desciende, prometo que te despediré.