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Cuando la dejó en la parte delantera de su casa dos horas después de recogerla, el estado de ánimo de John era similar a los nubarrones que se estaban formando con rapidez en el cielo. No conocía a la niña con la que había pasado la tarde, aquélla no era su Lexie. Su Lexie sonreía y se reía tontamente sin dejar de hablar por los codos.

Apenas había detenido el Range Rover y Georgeanne ya estaba fuera de su casa caminando hacia ellos. Llevaba puesto un vestido suelto de encaje que revoloteaba alrededor de sus tobillos cuando se movía y se había recogido el pelo en un moño alto.

Una niña que estaba en el patio de enfrente llamó a Lexie y agitó frenéticamente una Barbie de largo cabello rubio.

– ¿Quién es? -preguntó John mientras ayudaba a Lexie a desabrocharse el cinturón de seguridad.

– Amy -contestó ella, abrió la puerta, y saltó fuera del todoterreno-. ¿Mamá, puedo ir a jugar con Amy? Tene una Barbie Sirena nueva, que quiero que veas porque es exactamente la que yo quiero.

Georgeanne observó a John que estaba rodeando el Range Rover. Sus ojos se encontraron brevemente antes de mirar a su hija.

– Va a llover.

– Por favor -imploró, botando arriba y abajo como si tuviera un resorte en los talones-. ¿Sólo unos minutos?

– Quince minutos. -Georgeanne agarró a Lexie por el hombro antes de que pudiera irse corriendo-. ¿Qué se le dice a John?

Lexie se paró y lo miró a la altura del estómago.

– Gracias, John -dijo prácticamente en un susurro-. Lo he pasado bien.

Nada de besos. Ni «te quiero papá». No había esperado amor y afecto tan pronto, pero mientras miraba a la coronilla de Lexie, supo que tendría que esperar bastante más de lo que pensaba.

– Tal vez la próxima vez vayamos al Key Arena y así verás dónde trabajo -al ver que su idea no era bien recibida añadió-: o podemos ir a la alameda. -John odiaba la alameda, pero por ella haría cualquier cosa.

Lexie frunció los labios.

– De acuerdo -dijo, luego caminó hacia el bordillo, miró a ambos lados de la carretera y, al ver que no se acercaba ningún coche, cruzó-. Oye, Amy -gritó-, adivina qué hice hoy. Me subí a un barco y paseamos hasta Gas Works Park, y vi un pez enorme que saltaba fuera del agua y John intentó cogerlo. John tene una cama y una nevera en su barco, y además me dejó manejar el timón un ratito.

John observó a las dos niñitas caminar hacia la puerta principal de la casa de Amy, luego se giró hacia Georgeanne.

– ¿Qué le has hecho?

Ella levantó la mirada hacia él y juntó las cejas.

– No le he hecho nada.

– Y una mierda. No es la misma Lexie que conocí en junio. ¿Qué le has dicho?

Ella clavó los ojos en él durante unos momentos antes de sugerir:

– Entremos.

Él no quería entrar. No quería tomar té y discutir las cosas racionalmente. No quería cooperar con ella. Estaba furioso y quería gritar.

– Estamos bien aquí.

– John, no pienso tener esta conversación contigo en el césped de delante de mi casa.

Él le devolvió la mirada, luego hizo un gesto para que ella lo guiara. Mientras la seguía rodeando la casa, mantuvo la mirada en su nuca deliberadamente. No quería notar cómo se movía. En el pasado siempre había apreciado cómo el movimiento de sus caderas hacía que el vuelo de sus vestidos revolotease. Ahora no estaba de humor para apreciar nada referente a ella.

La siguió hasta el patio trasero donde destacaba el color pastel, un calidoscopio femenino típico de Georgeanne. Las flores se agitaban con la brisa de la tormenta que se estaba formando mientras un aspersor giratorio regaba la hierba cubierta de flores blancas y azules. Un carrito de plástico, que reconoció de la primera vez que había visto a Lexie, estaba al lado de una carretilla. Ambos estaban cargados con maleza y flores muertas. Cuando recorrió el patio con la mirada, se sintió herido por el contraste entre sus casas. La de Georgeanne tenía un patio y un columpio, un jardín de flores y un césped que necesitaba ser segado. Ella vivía en una calle donde un niño podía montar en bicicleta y donde la acera era lisa para que Lexie patinara. Lo que John pagaba por atracar la casa flotante en el puerto era casi lo mismo que Georgeanne pagaba por la hipoteca. Él tenía una gran vista y una casa enorme, cierto, pero no era un hogar de verdad. No como éste. No tenía jardín, ni patio, ni una acera lisa.

«Aquí vive una familia», pensó él, mientras veía cómo Georgeanne cerraba la espita de agua que estaba detrás de las flores de lavanda. «Su familia. No. No, su familia no. Su hija».

– Antes que nada -comenzó Georgeanne, enderezándose-, nunca me acuses de hacer o decir nada que lastime a Lexie. Es cierto que no me gustas, pero nunca he dicho nada malo sobre ti delante de mi hija.

– No te creo.

Georgeanne se encogió de hombros y luchó por mantener una calma que no sentía. Notaba el estómago revuelto mientras que John permanecía impasible delante de ella con tan buen aspecto que daban ganas de comérselo con una cuchara. Había pensado que podría estar cerca de él y manejarlo, pero ahora ya no estaba tan segura.

– No me importa lo que creas.

– ¿Por qué no habla conmigo como lo hacía antes?

Ella podía darle una explicación, pero ¿por qué molestarse? ¿Por qué debería ayudarle a apartar a su hija de ella?

– Dale tiempo.

John negó con la cabeza.

– El día que la conocí hablaba sin parar. Ahora que sabe que soy su padre, apenas dice palabra. No tiene sentido.

Pero sí lo tenía para Georgeanne. La única vez que se había encontrado con su madre había sentido terror a que la rechazara y no había sabido qué decirle a Billy Jean. Georgeanne tenía veinte años en aquel entonces y sólo podía imaginar cómo se sentiría una niña. Lo que le pasaba a Lexie era que no sabía qué decirle a John y le daba miedo ser ella misma.

John apoyó su peso en un pie y ladeó la cabeza.

– Has debido de contarle un montón de mentiras sobre mí. Sabía que estabas resentida, pero no pensé que llegarías a esto.

Georgeanne se rodeó la cintura con los brazos y contuvo el dolor. Que tuviera una opinión tan baja sobre ella le hacía daño aunque no debería ser así.

– No eres quien para hablarme de mentiras. Nada de esto hubiera ocurrido si no hubieras mentido sobre lo de contratar a un abogado. Tú eres el mentiroso y encima eres un deportista lascivo. Pero ninguna de esas razones es suficiente para que le diga a Lexie cosas malas de ti.

John se balanceó sobre los talones y la miró con los ojos entornados.

– Ahh… ahora estamos llegando al quid de la cuestión. Estás cabreada por lo que pasó en el sofá.

Georgeanne confió en que no se le encendieran las mejillas, pero podía sentirlas tan enrojecidas como las de una chica de secundaria.

– ¿Estás insinuando que por lo que sucedió entre nosotros trato de poner a mi hija en tu contra?

– Caramba, no insinúo nada. Te lo estoy diciendo sin rodeos. Estás disgustada porque no te envié flores o alguna chorrada por el estilo. No sé, quizá te despertaste a la mañana siguiente queriendo otro polvo rápido en la ducha y como no estaba allí para dártelo te pusiste hecha una furia.

Georgeanne ya no pudo contener más el dolor y estalló.

– O tal vez estaba asqueada por haber dejado que me tocaras.

Él le dirigió una sonrisa ladina.

– No estabas asqueada. Estabas caliente. No tenías bastante.

– Te sobrevaloras -se mofó Georgeanne-. No fuiste tan memorable.

– Chorradas. ¿Cuántas veces lo hicimos? -preguntó, luego sostuvo en alto un dedo y contó-. En el sofá. -Hizo una pausa para levantar otro dedo-. En el futón del altillo con las estrellas iluminando tus senos desnudos. -Tres dedos-. En el jacuzzi con toda esa agua caliente golpeando nuestros culos y derramándose en el suelo. Tuve que quitar la alfombra al día siguiente para que no se pudriera en el suelo. -Sonrió y sostuvo en alto un cuarto dedo-. Contra la pared, en el suelo y en mi cama, lo cual cuento como una sola porque sólo me corrí una vez. Sin embargo, creo que tú te corriste más veces.