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Lexie devolvió el gatito a la jaula con suavidad y se movió hacia las perreras. Los cubículos de cristal estaban vacíos con excepción del dálmata, un perro esquimal en la parte de atrás y una rata grande sobre un tazón de comida.

– ¿Qué es eso? -preguntó Lexie, señalando la rata casi sin pelo con enormes orejas.

– Es un chihuahua. Es un perro muy pequeño.

John pensó que no deberían llamarlo perro. Le temblaba todo el cuerpo y parecía patético, era una vergüenza para la raza canina.

– ¿Tene frío? -preguntó Lexie, presionando la frente contra el cristal.

– Espero que no. Trato de mantenerlo muy caliente.

– Debe estar asustado. -Colocó la mano en la perrera y dijo-: Añora a su mamá.

– Oh, no -dijo John mientras recordaba cómo había tenido que rescatar un pececillo en el Pacífico. Pero no se veía fingiendo salvar a un tembloroso perro estúpido-. No, no añora a su mamá. Le gusta vivir aquí solo. Apuesto a que le gusta pasar la noche en su plato de comida. Apuesto a que está soñando algo agradable ahora mismo, que se estremece porque está soñando que hay un fuerte viento.

– Los chihuahuas son una raza nerviosa -informó la vendedora.

– ¿Nerviosa? -John apuntó hacia el perro-. Está dormido.

La mujer sonrió.

– Sólo necesita un poco de calor y mucho amor -dijo; luego se dirigió a unas puertas de vaivén. Unos segundos más tarde la parte de atrás de la perrera de cristal se abrió y un par de manos cogieron al perro.

– Tenemos que irnos si queremos llegar a tiempo a la película. -John lo dijo demasiado tarde. La mujer volvió y puso el perro en brazos de Lexie.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Lexie mientras miraba a los pequeños y brillantes ojos que le devolvían la mirada.

– No tiene nombre -contestó la mujer-. Es su dueño quien debe ponérselo.

La pequeña lengua rosada del perro salió como una flecha y lamió la barbilla de Lexie.

– Le gusto.

John miró el reloj, deseando que Lexie y el perro se separaran.

– La película va a empezar. Tenemos que irnos ya.

– Ya la he visto tres veces -dijo sin apartar los ojos del perro-. Eres un perrito precioso -dijo con un acento arrastrado muy parecido al de su madre-. Dame un besito.

– No. -John negó con la cabeza, sintiéndose de repente como un piloto de avión intentando aterrizar con un solo motor-. Nada de besos.

– Ha dejado de temblar. -Lexie se frotó la mejilla contra la cara del perrito y él le lamió la oreja.

– Tienes que devolverlo.

– Pero lo quiero y me quiere. ¿No me lo puedo quedar?

– Oh, no. Tu madre me mataría.

– No le importará.

John oyó la mentira en la voz de Lexie y se arrodilló a su lado. Podía sentir cómo el otro motor de su avión imaginario comenzaba a fallar. Tenía que pensar rápidamente algo antes de estrellarse contra el suelo.

– Sí, lo hará, pero ¿sabes qué? Te compraré una tortuga y la puedes tener en mi casa, y cada vez que vengas puedes jugar con ella.

Con el perro feliz entre los brazos, Lexie se apoyó en el pecho de John.

– No quiero una tortuga. Quiero al pequeño Pongo.

– ¿Pongo? No puedes ponerle nombre, Lexie. No es tuyo.

Las lágrimas comenzaron a caer de los ojos de Lexie y le tembló la barbilla.

– Pero le quiero y me quiere.

– ¿No prefieres tener un perro de verdad? Podemos mirar perros de verdad el próximo fin de semana.

Ella negó con la cabeza.

– Éste es un perro de verdad. Pero algo pequeño. Y no tiene mamá, y si lo dejo aquí me echará de menos y lo pasará muy mal. -Las lágrimas le empaparon las pestañas cuando sollozó-. Por favor, papá, déjame conservar a Pongo.

El corazón de John colisionó contra sus costillas y amenazó con salírsele por la garganta. Miró la cara lastimosamente triste de su hija y finalmente se estrelló. Ardió. Fue incapaz de impedirlo. Era tonto, pero le había llamado «papá». Cogió la cartera y le entregó la Visa a la feliz dependienta.

– De acuerdo -dijo, la cogió y la estrechó entre sus brazos-. Pero tu mamá nos va a matar.

– ¿En serio? ¿Puedo quedarme con Pongo?

– Supongo que sí.

Su llanto se incrementó y enterró la cara en el cuello de su padre.

– Eres el mejor papá del mundo -gimió y él sintió la humedad contra la piel-. Seré buena por siempre jamás. -Le temblaron los hombros, el perro temblaba y John temió ponerse a temblar también-. Te quiero, papá -susurró.

Si no hacía algo rápido, empezaría a llorar igual que Lexie. Comenzaría a llorar como una chica allí mismo, delante de la vendedora.

– Yo también te quiero -dijo, luego se aclaró la voz-. También compraremos comida.

– Y probablemente necesitareis un transportín -informó la dependienta tomando la tarjeta de crédito-. Y como tiene muy poco pelo también un suéter.

Cuando John cargó a Lexie, a Pongo y los accesorios del perro en el Range Rover, tenía casi mil dólares menos en la cuenta. Mientras atravesaban la ciudad hacia Bellevue, Lexie habló sin parar y le cantó nanas al perro. Pero cuanto más se acercaban a su calle, más callada estaba. Cuando John aparcó al lado de la acera, el silencio llenaba el coche.

John le tendió la mano a Lexie para salir del vehículo y tampoco hablaron mientras caminaban por la acera. Se detuvieron bajo la luz del porche mirando la puerta cerrada, posponiendo el momento en que tendrían que enfrentarse a Georgeanne con esa rata temblorosa en los brazos de Lexie.

– Se va a poner como una loca -le informó Lexie apenas en un susurro.

John sintió cómo su manita asía la de él.

– Sí, nos va a salpicar la mierda.

Lexie no lo corrigió. Sólo inclinó la cabeza y dijo:

– Sí.

«Puedes tener tu carrera con los Chinooks o puedes tener a Georgeanne. Pero no puedes tener las dos cosas». Casi se rió. Incluso aunque admitiera que estaba locamente enamorado de Georgeanne, creía que después de esa noche su carrera estaba tan segura como Fort Knox.

La puerta se abrió y la predicción de John sobre las salpicaduras de mierda se hizo realidad. Georgeanne pasó la mirada de John a Lexie, luego al perro que temblaba en los brazos de su hija.

– ¿Qué es eso?

Lexie se calló y dejó hablar a John.

– Ah, entramos en una tienda de animales…

– ¡Oh no! -gimió Georgeanne-. ¿La dejaste entrar en una tienda de animales? No se la puede dejar entrar. La última vez que entró lloró tanto que vomitó.

– Bueno, el lado bueno, es que esta vez no se puso enferma.

– ¿El lado bueno? -Georgeanne señaló los brazos de Lexie y gritó-: ¿Es eso un chihuahua?

– Eso es lo que dijo la dependienta, pero yo no estoy demasiado convencido.

– Devuélvelo.

– No, mami. Pongo es mío.

– ¿Pongo? ¿Ya le pusiste nombre? -Miró a John y entrecerró los ojos-. Estupendo. Pongo puede vivir con John.

– No tengo patio.

– Tienes cubierta. Con eso basta.

– No puede vivir con papá porque entonces sólo lo podría ver los fines de semana, y no podría enseñarle a comportarse.

– ¿Enseñar a quién? A Pongo o a tu papá.

– Eso no tiene gracia, Georgie.

– Lo sé. Devuélvelo, John.

– Ojalá pudiera. Pero la vendedora dijo que no puede devolverse. No puedo devolver a Pongo. -Veía a Georgeanne allí de pie tan guapa como siempre y muy, muy enfadada. Pero por primera vez desde Cannon Beach no quería pelearse con ella. No quería provocarla más-. Lo siento, pero Lexie empezó a llorar y no pude decir que no. Le puso nombre y lloró en mi cuello y cuando me quise dar cuenta, ya le había dado a la dependienta mi tarjeta de crédito.

– Alexandra Mae, entra en casa.

– Ajá -dijo Lexie, luego abrazó a su perro, agachó la cabeza y pasó corriendo delante de su madre.

John se movió para seguirla, pero Georgeanne le cortó el paso.

– Le he dicho a esa niña durante cinco años que no puede tener a una mascota hasta que cumpla diez. Te la llevas unas horas y vuelve a casa con un perro sin pelo.

Él levantó su mano derecha.

– Lo sé y lo siento. Prometo que compraré toda su comida y Lexie y yo lo llevaremos a adiestrar.

– ¡Puedo pagar su maldita comida! -Georgeanne levantó las manos y se presionó la frente con los dedos. Sentía como si fuera a estallarle la cabeza-. Estoy tan enfadada que no puedo pensar.

– ¿Ayudaría que te dijera que compré un libro sobre esa raza?

– No, John -suspiró ella, dejando caer las manos-. No ayudaría.

– También tengo un transportín. -La tomó de la muñeca y la arrastró con él-. Le compré un montón de cosas.

Georgeanne trató de ignorar la aceleración de su pulso cuando la cogió.

– ¿Qué clase de cosas?

Él abrió una de las puertas traseras del Range Rover y le pasó un pequeño transportín para perros.

– Supongo que se pasará la noche ahí y así no se hará pis en el suelo -dijo, y luego metió la cabeza dentro del vehículo otra vez-. Aquí hay un libro de entrenamiento, otro de chihuahuas y otro más, hizo una pausa para leer el título, Cómo educar un perro para vivir con él. Comida, galletitas para perros, juguetes para masticar, collar y correa y un suéter pequeño.

– ¿Suéter? ¿Compraste todo esto en la tienda?

– Voy a cerrar. -Dio la vuelta y metió la cabeza por el otro lado.

Por encima del transportín, Georgeanne recorrió con la mirada los bolsillos traseros del pantalón de John. Sus vaqueros estaban descoloridos en algunos lugares y estaban sujetos por un cinturón de cuero.

– Sé que está por aquí en alguna parte -le dijo, y ella rápidamente miró al maletero del todoterreno. Estaba lleno de grandes bolsas de juguetes y una caja donde ponía Ultimate Hockey.

– ¿Qué es todo eso? -preguntó, señalándolo con la cabeza.

John la miró por encima del hombro.

– Son cosas que he comprado para Lexie. No tengo nada para ella cuando está en mi casa, así que hemos comprado algo. No puedo creer cuánto cuestan las Barbies. No sabía que valían sesenta dólares cada una. -Se enderezó y le dio un tubo-. Es la pasta dentífrica de Pongo.

Georgeanne estaba consternada.

– ¿Has pagado sesenta dólares por una Barbie?

Él se encogió de hombros.

– Bueno, piensa que una venía con un perro de lanas, otra con una chaqueta estampada de cebra y una boina a juego, creo que no me timaron demasiado.

Lo habían embaucado. A los pocos días de abrir las cajas, Lexie tendría esas muñecas desnudas por la casa y parecería que las había recogido de una tienda de segunda mano. Georgeanne raramente compraba juguetes caros a Lexie. Su hija no los trataba mejor porque hubieran costado más y, además, había muchos meses en los que Georgeanne no podría permitirse el lujo de gastarse ciento veinte dólares en unas muñecas

Tenía tendencia a volverse un poco loca y gastar bastante en navidades y en los cumpleaños, pero tenía que hacer cálculos y ahorrar dinero para esas ocasiones. John no lo hacía. El mes pasado, cuando su abogado había elaborado el acuerdo de custodia, se había enterado de que John ganaba seis millones de dólares al año jugando al hockey e invirtiendo. Ella nunca podría competir con eso.

Miró la cara sonriente de John y se preguntó qué estaría tramando. Si no tenía cuidado, él lo tomaría todo y ella se quedaría sin nada excepto ese perro sin pelo.