– Entonces deberían enseñarle los pasos correctos -dijo Portia-, para que lo haga con más gracia.
– Yo he encontrado que lo hacía extraordinariamente bien -dijo Elizabeth.
– Yo también -observó Joseph.
Lizzie ladeó la cabeza y se le iluminó la cara, y él deseó que gritara «¡papá!», le tendiera los brazos y pusiera fin a esa desagradable farsa.
Entonces ella sonrió y levantó la cara hacia la señorita Martin, con una expresión de jubilosa travesura. Y esta le pasó el brazo por los hombros.
– Continuad -dijo Elizabeth-. No era nuestra intención interrumpiros.
Joseph miró hacia un lado y vio que unos cuantos niños pequeños tenían a Hallmere tendido de espaldas sobre la hierba, saltándole encima y gritando encantados; lady Hallmere estaba a un lado observándolos. El perro, amarrado a un árbol cercano al mayo, estaba plácidamente sentado mirando, golpeando la hierba con la cola. La duquesa venía a toda prisa hacia ellos, desde un grupo de niños más pequeños, apenas unos bebés.
– Creo que todas estamos sin aliento -dijo la señorita Martin-. Es hora de una actividad menos vigorosa.
– ¿Pelota? -sugirió una de las niñas mayores.
La señorita Martin gimió, pero en ese momento llegó hasta ellos la señorita Thompson, a la que Joseph reconoció por haberla visto fuera de la escuela en Bath, acompañada de la duquesa.
– Yo supervisaré el juego para cualquiera que desee jugar -dijo.
– Horace tiene collar y correa nuevos -dijo Lizzie en voz alta-. Yo me cojo de la correa y él me lleva a caminar y no choco con nada ni me caigo.
– Qué ingenioso, querida -le dijo Elizabeth amablemente-. Tal vez deberías hacernos una demostración.
– Esa niña debería aprender a hablar sólo cuando se le habla -dijo Portia a Joseph en voz baja-. La ceguera no disculpa los malos modales.
– Pero tal vez la exuberancia infantil sí -dijo él observando a Lizzie.
Vio que Lizzie se daba una vuelta buscando a tientas con una mano, hasta que la señorita Martin terminó de desatar al perro y le puso la gaza de la correa de piel en la mano. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no correr a ayudarla.
– Yo te acompañaré, Lizzie, si quieres -dijo una niña más o menos de la misma edad, cogiéndole la mano.
Lizzie volvió la cara hacia donde estaba él.
– ¿Querría venir también, señor? -preguntó.
– ¡Francamente! -exclamó Portia-. Qué descaro.
– Me encantaría -dijo él-, señorita ¿Pickford?
– Sí -rió ella, regocijada.
– Y la señorita Martin debe venir también -sugirió Lily.
– Los demás nos quedaremos aquí descansando perezosos -dijo la duquesa-. Y luego entraremos en la casa a tomar el té. Qué gusto verles a todos.
El perro emprendió la marcha al trote y Lizzie y la niña volvieron a chillar de risa siguiéndolo. Pero él parecía comprender a la niña que le habían confiado y continuó a un paso más lento, en dirección al camino de entrada, dando una amplia vuelta para pasar por un lado de la enorme fuente de piedra que se elevaba delante de la puerta principal de la casa. También se mantenía bien alejado de los árboles, llevándolas hacia el otro lado de la casa.
– Espero, señorita Martin -dijo Joseph, cogiéndose las manos a la espalda-, que no esté muy encariñada con ese perro. No creo que Lizzie esté dispuesta a separarse de él al final del verano. Y se ve muy sano. ¿Ha doblado su peso o eso es sólo mi imaginación?
– Su imaginación, gracias a Dios -dijo ella-. Pero ya no se le ven las costillas, y su pelaje ha adquirido lustre.
– Y Lizzie -continuó él-. ¿Es posible que sea ella, caminando cogida de la mano con otra niña, conducida por un perro? ¿Y bailando antes alrededor de un mayo?
– Y esta mañana haciendo punto, aunque creo que se le soltaron más puntos que los que trabajó.
– ¿Cómo podré agradecérselo jamás? -preguntó él, mirándola.
– ¿O yo a usted? -Dijo ella correspondiéndole la sonrisa-. Usted me ha presentado un reto. A veces uno se ciega por la rutina, el juego de palabras no ha sido intencionado.
Iban caminando, vio él, hacia un lago bastante grande. Alargó el paso, pero ella le cogió el brazo.
– Veamos qué ocurre -dijo-. Creo que es muy improbable que Horace se meta en el agua, pero si lo hiciera, seguro que Molly no.
Pero el perro se detuvo a un buen trecho de la orilla, y las niñas también. Entonces la niña llamada Molly llevó a Lizzie hasta la orilla, las dos se arrodillaron y tocaron el agua, Lizzie tímidamente al principio.
Joseph llegó hasta ellas y se acuclilló al lado de su hija.
– Hay piedras a lo largo de la orilla -dijo, cogiendo una-. Si las arrojáis al agua, cuanto más lejos mejor, oiréis el plop cuando caigan al agua. Escuchad.
Hizo la demostración, mientras Molly lo miraba asustada y Lizzie giraba la cara hacia él. La oyó inspirar de una manera que le dijo que estaba aspirando su conocido olor. Pero ella sonrió cuando oyó el chapoteo de la piedra al entrar en el agua, y buscó su mano.
– Ayúdeme a encontrar una piedra -dijo.
Él le apretó la mano, ella también se la apretó a él, pero por la sonrisa traviesa que tenía en la cara él comprendió que estaba disfrutando del juego del secreto.
Durante unos cuantos minutos arrojó las piedras que él le encontraba. La otra niña superó su miedo y arrojó unas cuantas también. Las dos se reían cuando una piedra hacía un plop particularmente fuerte al caer en el agua. Pero finalmente Lizzie se cansó.
– ¿Volvemos con las demás, Molly? Tal vez quieras jugar a la pelota. A mí no me importa. Me sentaré a escuchar.
– No, yo miraré contigo -dijo Molly-. Jamás logro coger una pelota.
– Señorita Martin -dijo Lizzie-, ¿le parece que usted y mi… y este señor se queden aquí un rato? Quiero que vean que podemos ir solas. ¿Cree que podemos, señor?
– Me impresionará inmensamente verlo -dijo él-. En marcha, entonces. La señorita Martin y yo miraremos. Y echaron a caminar, el perro delante.
– ¿Ha echado alas tan rápido? -preguntó él, cuando ellas ya no podían oírlo.
– Creo que sí -contestó ella-. Espero que no se vuelva excesivamente osada muy pronto. Aunque supongo que no. Sabe que necesita a Molly, Agnes o a alguna de las otras niñas. Y a Horace, por supuesto. Este verano será una muy buena experiencia para ella.
– ¿Nos sentamos un ratito? -sugirió él.
Se sentaron uno al lado del otro a la orilla del lago. Ella levantó las rodillas y se las rodeó con los brazos.
Él cogió una piedra y la arrojó lejos botando por el agua.
– Ah, yo era capaz de hacer eso cuando era niña. Todavía recuerdo la memorable ocasión en que logré que una piedra botara seis veces. Pero no hubo ningún testigo, ay de mí, y nadie me creyó jamás.
Él se rió.
– Sus alumnas tienen mucha suerte en realidad por tenerla de directora.
– Ah, pero tiene que recordar que estamos de vacaciones. Soy bastante diferente durante el periodo escolar. Soy una maestra estricta y exigente, lord Attingsborough. Tengo que serlo.
Él recordó cómo todas las alumnas mayores se quedaron en silencio en el instante en que ella salió a la acera justo antes de partir de Bath con él.
– La disciplina se puede conseguir sin humor ni sentimiento -dijo-, o con las dos cosas. Usted la consigue «con». Estoy seguro de eso.
Ella se abrazó las rodillas y no contestó.
– ¿Alguna vez ha deseado llevar una vida diferente?
– Podría haber tenido una. Justamente esta mañana me han hecho una proposición de matrimonio.
¡McLeith! Esa mañana había venido a visitarla.
– ¿McLeith? -dijo-. ¿Y podría haber…? ¿Ha dicho que no, entonces?
– Sí.
Él se sintió condenadamente contento.
– ¿No lo puede perdonar?