– «¿Por su propio bien?»
– «Necesitan aprender cuál es su lugar, su posición en la vida. Deben aprender las distinciones entre ellas y sus superiores. Deben aprender que no están en su casa en lugares como Lindsey Hall. Es muy cruel en realidad permitirles que pasen unas vacaciones ahí.»
– «Entonces, ¿deberían quedarse en la escuela, ocupadas con remiendos y zurcidos y alimentadas con pan y agua?»
– «No es eso lo que quiero decir. Me imagino que debes de estar de acuerdo conmigo en que esas niñas no deberían estar en una escuela con otras alumnas que pagan. Esas otras sólo son hijas de comerciantes, abogados y médicos, supongo, pero aún así son de clase media, no baja, y hay una clara distinción.»
– «¿No desearías, entonces, que tus hijas fueran a esa escuela?»
Ella giró la cabeza para mirarlo y se rió. Parecía verdaderamente divertida.
– «Nuestras hijas se educarán en casa, como sin duda esperas.»
– «¿Por una institutriz que podría haberse educado en la escuela de la señorita Martin o una similar?»
– «Por supuesto. Por una criada.»
Y así fue como, sólo un rato después, durante otro silencio, Joseph sintió que le bajaba el ánimo hasta las suelas de sus botas de montar, que todavía llevaba puestas. No había ninguna esperanza, ningún rayo de luz en lontananza. Debería haber insistido en que hubiera un periodo decente de galanteo antes de comprometerse a proponerle matrimonio. Debería…
Pero esos pensamientos no tenían ningún sentido, no servían a ninguna finalidad. La cruda realidad era que estaba comprometido con Portia Hunt. Estaba tan atado a ella como si ya se hubieran celebrado las nupcias.
De la terraza, que quedaba atrás, llegó el sonido de voces femeninas conversando alegremente, y un momento después entraron en el jardín Lauren, Gwen, Lily y Anne Butler.
– Ah, hemos interrumpido vuestra paz -dijo Lauren al verlos-. Vamos a subir a la cima de esa colina a admirar las vistas. ¿Habéis estado ahí?
– Hemos estado aquí relajándonos -dijo Joseph, sonriendo.
– Vamos a sentarnos allá arriba para hacer planes -dijo Lily.
– ¿Planes? -preguntó Portia.
– Para una merienda al aire libre en la víspera de la celebración del aniversario -explicó Lily-. Elizabeth y yo les hemos contado a todo el mundo la deliciosa escena que encontraron nuestros ojos cuando llegamos a Lindsey Hall pasado el mediodía: niños por todas partes, todos pasándolo maravillosamente bien.
– Y entonces a mi suegra y a mí se nos ocurrió -continuó Lauren- que a pesar de que hay muchos niños aquí también, prácticamente se los excluye de todas las celebraciones oficiales. Por lo tanto, en ese mismo momento decidimos organizar una merienda para los niños, el día anterior al baile.
– Qué delicioso -musitó Portia.
– Pero ahora tenemos que hacer los planes -dijo la señora Butler-, y puesto que yo fui profesora, se supone que soy una experta.
– Lauren y lady Redfield van a invitar a todos los niños de Lindsey Hall también -añadió Gwen-. Y a otros niños del vecindario. Habrá un ejército.
Joseph había estado pensando cómo podría arreglárselas para ir a ver a Lizzie otra vez.
– ¿A las niñas de la señorita Martin también? -preguntó.
– Por supuesto que no -dijo Portia, horrorizada.
– Por supuesto -contestó Lily al mismo tiempo-. Estaban encantadoras, ¿verdad Joseph?, todas bailando alrededor del mayo. Y a esa niñita ciega no la desanimaba su ceguera.
– ¿Lizzie?
– Sí, Lizzie Pickford. Lauren va a ir a invitarlos a todos, todos.
– Es posible que Alvesley nunca vuelva a ser la misma -dijo Lauren riendo-. Por no decir nosotros.
Sonriéndole, Joseph recordó una época en que Lauren era tan rígida y aparentemente falta de humor como Portia. El amor y su matrimonio con Kit la habían transformado en la mujer afectuosa que era ahora. ¿Habría un rayito de esperanza para él después de todo? Debía perseverar con Portia. Debía encontrar la manera de llegar a su corazón. Debía. La alternativa era tan horrenda que no deseaba contemplarla.
– ¿Les apetece venir con nosotras? -preguntó Gwen, mirando a Portia.
– El sol está demasiado fuerte -contestó ella-. Volveremos a la casa.
Las damas continuaron su camino por el puente y tomaron el sendero que las llevaría a la pendiente bastante abrupta de la colina. Gwen no se amedrentó, a pesar de su cojera, consecuencia permanente de un accidente que tuvo cabalgando cuando estaba casada, antes que muriera Muir.
– Es de esperar -dijo Portia cuando se levantaron y él le ofreció el brazo- que pongan mucho esmero en los planes, aunque lady Ravensberg y lady Redfield han sido muy amables al tener la idea. No hay nada peor que a los niños les den permiso para correr como unos locos.
– Nada peor para los adultos a cargo de ellos tal vez -dijo él, riendo-. Nada más maravilloso para los niños.
¿Vendría Lizzie?, pensó.
¿Vendría Claudia Martin?
Durante cuatro días Claudia no vio al marqués de Attingsborough, y eso la alegraba mucho, por ella. Debía olvidarlo, era así de simple, y la mejor manera de lograr eso era no volver a posar los ojos en él.
Pero Lizzie sufría.
Eso sí, por fuera se veía muy mejorada y contenta; estaba menos pálida, menos delgada. Tenía amigas dispuestas a caminar con ella y a leerle. Podía oír música, pues a unas cuantas chicas les gustaba turnarse en tocar la espineta y a varias les gustaba cantar. Por su parte, ella había hecho la prueba de contarle hechos y anécdotas de la historia y hacerle preguntas después; no la sorprendió descubrir que la niña tenía una excelente memoria. Era educable, sin duda. Había dictado otros dos de sus cuentos, uno a ella y otro a Eleanor, y no se cansaba de que se los leyeran. Le gustaba hacer punto, aunque su incapacidad para ver cuando se le soltaba un punto o para cogerlo cuando alguien se lo señalaba era un problema que aun estaba por resolver.
El perro era su acompañante constante e iba mejorando en su habilidad para guiarla. Y la niña se iba volviendo más osada día a día, haciendo cortas caminatas sola con el perro, mientras ella, Molly o Agnes caminaban detrás, por si era necesario ayudarla, y a veces caminaban delante para guiar al perro en la dirección deseada.
Incluso se había convertido en la favorita de la duquesa y de otros huéspedes, que con frecuencia se acercaban a conversar con ella y la incluían en sus actividades cuando las demás niñas estaban ocupadas en un juego en el que ella no podía participar. Un día, lord Aidan Bedwyn la llevó a cabalgar sentada delante de él en su silla, con sus hijos mayores montados en sus caballos y la niña pequeña en el caballo de su madre.
Pero a pesar de todo eso, Lizzie sufría.
Una tarde en que Eleanor había llevado a las demás niñas a hacer una larga excursión para explorar la naturaleza, se la encontró escondida en su habitación, acurrucada en la cama y con las mejillas mojadas.
– ¿Lizzie? -dijo, sentándose a su lado en la cama-. ¿Estás triste porque te han dejado aquí? ¿Te parece que hagamos algo juntas?
– ¿Por qué no vuelve? -sollozó Lizzie-. ¿Es por algo que hice? ¿Es porque lo llamé señor en lugar de papá? ¿Es porque le pedí que se quedara con usted en el lago para poder demostrarle que yo era capaz de encontrar el camino de vuelta a la casa con sólo Horace y Molly?
Claudia le pasó la mano por el pelo revuelto y caliente.
– No es por nada que hicieras tú. Tu papá está ocupado en Alvesley. Sé que te echa tanto de menos como tú a él.