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– Me va a mandar a su escuela. Lo sé. Se va a casar con la señorita Hunt, él mismo me lo dijo cuando yo estaba todavía en casa. ¿Ella es la dama que dijo que yo era torpe para bailar? Mi papá me va a enviar a la escuela.

– ¿Y tú no quieres ir? -le preguntó Claudia-. ¿Aun cuando ahí estaremos Molly, Agnes, las otras niñas, la señorita Thompson y yo?

– Quiero estar en casa con mi papá. Y quiero que usted y Horace vengan a verme como antes, pero más a menudo. Todos los días. Y deseo que mi papá se quede a pasar la noche, todas las noches. Quiero… deseo estar en casa.

Claudia continuó acariciándole el pelo. No dijo nada más, pero le dolía el corazón por esa niña que sólo deseaba lo que toda niña debería tener por derecho. Pasados unos minutos, Lizzie se quedó dormida.

Y justo al día siguiente Claudia pudo salir a buscarla con una noticia muy buena para animarla. Ella acababa de enterarse, por Susanna y Anne, que habían venido de Alvesley acompañando a lady Ravensberg. Y Lizzie, decidió, sería la primera de las niñas en saberlo. La encontró junto a la fuente con Molly aun cuando el día estaba frío, ventoso y amenazaba lluvia. Estaban deslizando las manos en el agua y de tanto en tanto abrían los brazos para sentir la rociada de gotitas de agua. Las dos estaban riendo.

– Chicas, todas vais a ir a Alvesley Park mañana -les dijo al llegar hasta ellas-. Habéis sido invitadas con todos los niños a una merienda al aire libre.

– A una merienda -dijo Molly, con los ojos como platos, olvidadas la fuente y el agua-. ¿Todas nosotras, señorita?

– Todas -dijo Claudia, sonriendo-. Fabulosa invitación, ¿verdad?

– ¿Lo saben las demás? -preguntó Molly, con la voz sólo un poco más baja que un grito.

– Sois las primeras en saberlo.

– Iré a decírselo a todas -gritó Molly, echando a correr y dejando ahí a Lizzie.

Lizzie tenía la cara levantada hacia ella, iluminada desde dentro.

– ¿Yo voy a ir también? -preguntó-. ¿A Alvesley? ¿Donde está mi papá?

– Claro que sí.

– Ah -dijo Lizzie en voz baja. Se agachó a buscar con la mano a Horace, que estaba sentado tranquilamente a su lado, y cogió la correa-. ¿Estará contento de verme?

– Me imagino que está contando las horas.

– Llévame a mi habitación, Horace -dijo Lizzie-. Ah, señorita Martin. ¿Cuántas horas faltan?

Horace, lógicamente, no era tan buen guía, aunque con el tiempo aprendería. Siempre tenía cuidado de llevarla de forma que no chocara con ningún obstáculo, pero no tenía mucho sentido de la orientación, a pesar de la fe de Lizzie en él. Claudia caminó delante hacia la casa y luego por la escalera y el perro la siguió trotando, llevando a Lizzie cogida de su correa. Pero a la niña siempre le gustaba creer que se estaba volviendo independiente.

Esa noche no se podía dormir. Claudia tuvo que sentarse a su lado en la cama a leerle uno de sus cuentos, acariciándole la mano, Horace acurrucado al otro lado tocándola.

Claudia dudaba de poder dormir esa noche. De mala gana había llegado a la conclusión de que debía ir con las niñas a Alvesley; era esperar demasiado que Eleanor se echara sobre los hombros toda la responsabilidad. Pero lo cierto, en realidad, es que no deseaba ir. Había estado firmemente concentrada en hacer planes para el próximo año escolar y en reanudar la amistad con Charlie, que seguía yendo cada día a Lindsey Hall.

Pero ahora tendría que volver a ver al marqués de Attingsborough. Sería absurdo esperar que él se mantuviera alejado de la merienda organizada para los niños. Sabía que él debía estar suspirando por Lizzie tanto como ella suspiraba por él.

¿Serían sólo imaginaciones suyas que cuando te destrozaban el corazón era peor la segunda vez? Probablemente sí, reconoció. A los diecisiete años había deseado morir. Esta vez deseaba «vivir», deseaba recuperar su vida tal como era hasta la tarde en que entró en el salón para visitas de la escuela y se encontró con el marqués de Attingsborough.

Y recuperaría esa vida. Viviría, prosperaría y sería feliz otra vez. Volvería a ser feliz. Sólo le llevaría un tiempo, eso era todo.

Pero tener que verlo de nuevo no contribuiría a hacérselo fácil.

El deseo de volver a ver a Lizzie le roía a Joseph como un dolor físico. Cada día había estado a punto de coger un caballo para ir a Lindsey Hall, y sólo se había refrenado en parte porque no se le ocurría ningún pretexto para verla si iba, y en parte porque tanto por Claudia Martin como por Portia, y como por sí mismo, claro, debía mantenerse alejado.

Pero sólo una parte de él estaba pensando en Claudia Martin cuando la tarde de la merienda llegaron en caravana los coches de Lindsey Hall y la mitad de los huéspedes de Alvesley Park y casi todos los niños salieron a la terraza a saludar a los recién llegados a medida que bajaban de los coches. Muy pronto hubo un bullicioso enredo de adultos y niños, estos pasando por entre las piernas de los adultos en busca de camaradas y posibles nuevos amigos, todos hablándose entre ellos a gritos, a un volumen que podrían haber escuchado a cinco millas de distancia.

Joseph, que también estaba en la terraza, vio a Claudia Martin cuando bajó de uno de los vehículos. Llevaba un vestido de algodón que le había visto en Londres y la habitual pamela de paja. También llevaba en la cara una expresión severa, casi lúgubre, que sugería que preferiría estar en cualquier otra parte. Ella se giró hacia el coche para ayudar a alguien a bajar.

¡Lizzie!, toda engalanada con su mejor vestido blanco y el pelo recogido atrás, alto, con una cinta blanca.

Corrió hasta el coche.

– Permíteme -dijo, cogiendo a su hija por la cintura, levantándola y dejándola en el suelo.

Ella hizo una honda inspiración.

– Papá -musitó.

– Cariño.

El perro bajó de un salto y empezó a correr alrededor de ellos, y Molly descendió los peldaños detrás.

– Gracias, señor -dijo Lizzie en voz más alta, con la cara levantada hacia él con una sonrisa traviesa-. ¿Es usted el caballero que nos acompañó hasta el lago la semana pasada?

– Pues sí -dijo él, cogiéndose las manos a la espalda-. Y usted es… ¿la señorita Pickford, creo?

– Se acuerda -dijo ella, riendo, una feliz sonrisa infantil. Entonces bajaron las demás niñas del coche, una de las mayores cogió a Lizzie de una mano, Molly de la otra, y se la llevaron hacia el otro coche en que venían las demás niñas con la señorita Thompson.

Entonces Joseph miró a Claudia Martin. Se le antojaba increíble que hubiera besado a esa severa mujer en dos ocasiones distintas y que la amara. Ella volvía a parecer la quintaesencia de la maestra solterona de escuela.

Y entonces ella lo miró a los ojos y dejó de ser increíble. En esos ojos había profundidades que al instante lo hacían pasar a través esa coraza bajo la cual ella ocultaba a la mujer cálida y apasionada que era.

– Hola, Claudia -dijo en voz baja, antes de lograr encontrar las palabras para un saludo más adecuado.

– Buenas tardes, lord Attingsborough -dijo ella en su tono enérgico. Y entonces miró más allá del hombro de él y sonrió-. Buenas tardes, Charlie.

Joseph notó un tironeo en las borlas de su botas. Miró y vio al hijo pequeño de Wilma y Sutton, que al instante levantó los dos brazos.

– Tío Joe, upa -ordenó.

El tío Joe obedientemente lo levantó y lo acomodó a horcajadas en sus hombros.

Estaban retirando los coches de Lindsey Hall para dejar lugar a los que traían a los niños y adultos de las casas vecinas. Más o menos diez minutos después, un verdadero ejército de niños, para emplear la analogía de Gwen, iban caminado en absoluto desorden hacia el lugar de la merienda, una amplia y llana extensión de césped al lado del lago, a la derecha de la casa, los mayores corriendo delante, los pequeños que apenas sabían andar, montados en los hombros de algún adulto, los bebés llevados en brazos, moviéndose sin parar o durmiendo.