Podrían quedarse sordos de tanto ruido antes que acabara la tarde, pensó Joseph alegremente.
Lizzie, Molly y la niña mayor iban saltando, observó.
CAPÍTULO 17
Los condes de Redfield y los vizcondes Ravensberg eran muy valientes para haber organizado una merienda al aire libre de esa envergadura justo el día anterior a la celebración del aniversario de bodas, pensaba Claudia a medida que avanzaba la tarde. Porque, claro, los padres habían venido con los niños. En la inmensa explanada del lado oeste de la casa había por lo menos tantas personas como habría en el salón de baile la noche del día siguiente.
Le habría sido muy fácil eludir por completo al marqués de Attingsborough entre tanta gente si no hubiera sido porque los dos estaban atentos vigilando a Lizzie.
Aunque no era necesario vigilarla mucho. Lizzie, acompañada constantemente por Horace, a pesar de que ahora no lo necesitaba como guía, lo estaba pasando en grande, mejor que nunca en su vida. Lady Redfield, la duquesa de Anburey, la señora Thompson y varias otras señoras mayores, que se habían sentado juntas en las sillas de la terraza colocadas a la sombra de un grupo de árboles, la habrían tomado bajo su protección con mucho gusto y, de hecho, la invitaron a sentarse con ellas. Pero nadie la olvidaba. Sólo pasados unos minutos, Molly y otras niñas se la llevaron para presentarla a David Jewell, que estaba encantadísimo de volver a ver a sus viejas amigas de la escuela y contarles todo acerca de su vida en Gales. Se llevaron con ellos a Lizzie para sentarse a la orilla del lago y pasar ahí un rato.
Después de la merienda unos cuantos caballeros organizaron un partido de criquet para todos los niños a los que les interesara participar. Varias niñas de Claudia decidieron jugar, y también David. Molly no quiso participar y Lizzie no podía, pero decidieron quedarse ahí un rato, Molly mirando y explicándole lo que ocurría. Y de pronto se produjo un momento extraordinario, cuando le tocó batear a lady Hallmere, la única dama que participaba en el juego. Ella hizo todo un espectáculo para situarse delante de los postes y paró dos de las pelotas que le lanzó lord Aidan Bedwyn, mientras su equipo la vitoreaba y el de él la abucheaba. Pero justo antes que él pudiera lanzarle otra pelota, ella se enderezó y miró pensativa a las dos niñas.
– Espera -dijo-. Necesito ayuda. Lizzie, ven aquí a batear conmigo y así me darás más suerte.
Diciendo eso, fue a cogerla de la mano y la llevó a situarse delante de los postes, mientras Claudia cogía a Horace por el collar para impedir que la siguiera. Lady Hallmere se inclinó a explicarle algo a la niña.
– ¡Sí! -Gritó Agnes Ryde, que estaba esperando su turno-. Lizzie va a batear. ¡Venga, Lizzie!
En su voz se coló un dejo sospechosamente cockney.
Mientras Claudia observaba ceñuda, lady Hallmere se puso detrás de Lizzie, rodeándola con los brazos, le acomodó las manos bajo las suyas alrededor del mango del bate, y luego miró hacia lord Aidan.
– Ahora, Aidan -gritó-. Tíranos tu mejor boleo. Vamos a golpear para un seis, ¿eh que sí, Lizzie?
La cara de Lizzie estaba radiante de entusiasmo.
Claudia giró levemente la cabeza para mirar al marqués de Attingsborough, que había estado lanzando al aire y cogiendo a un niño tras otro, de una interminable cola, y vio que estaba observando atentamente.
Lord Aidan llegó a largas zancadas hasta la mitad del campo y lanzó la pelota con mucha suavidad hacia el bate.
Lady Hallmere, con las manos sobre las de Lizzie, echó atrás el bate, no golpeando por un pelo un poste, y lo movió hacia delante, dándole a la pelota con un satisfactorio crac.
Lizzie chilló y se rió.
La pelota voló por el aire, directa a las manos levantadas del conde de Kilbourne, que, inexplicablemente, no logró cogerla bien, pareció tocarla con torpeza, se le resbaló y cayó al suelo.
Pero lady Hallmere no se había quedado a esperar lo que parecía ser un inevitable fuera de juego; cogió a Lizzie por la cintura y corrió con ella de un poste al otro hasta hacer dos carreras, anotándose dos puntos.
Se estaba riendo. También Lizzie, fuerte, desternillándose. El equipo lanzaba vivas.
El marqués también se estaba riendo, aplaudiendo y silbando.
– Ah, muy bien, señorita Pickford -gritó.
Entonces lady Hallmere se inclinó a darle un beso en la mejilla y al instante llegó hasta ellas la duquesa de Bewcastle, a coger de la mano a Lizzie para llevarla a participar en otro juego.
Claudia, que seguía ahí mirando, captó la mirada de lady Hallmere y durante un incómodo momento se la sostuvo; entonces esta arqueó las cejas, adoptando una expresión altiva, y volvió la atención al partido.
Aunque de mala gana, Claudia se vio obligada a reconocer que ese había sido un gesto de la más pura bondad. La perturbó un tanto comprenderlo. Al parecer, durante gran parte de su vida había odiado y despreciado tanto a la ex Freyja Bedwyn, que no había querido ni siquiera pensar que tal vez la mujer había cambiado, al menos hasta cierto punto. «Le ha durado mucho el rencor, señorita Martin.»
La duquesa estaba formando un círculo con un buen número de los niños más pequeños. Instaló a Lizzie entre dos de ellos, cogidos de las manos y fue a ocupar su lugar entre otros dos niños para jugar al corro.
– Jo -gritó el marqués de Attingsborough justo antes que empezaran, corriendo con una niñita montada en uno de sus hombros; se había quitado el sombrero y la niñita iba cogida de su pelo-. Dejadnos entrar también.
Bajó a la niñita hasta el suelo y se puso entre ella y Lizzie, que le cogió la mano, levantando hacia él la cara con una expresión de dicha, como si toda la luz del sol la hubiera inundado por dentro. Él le sonrió con tanta ternura que a Claudia la sorprendió que nadie adivinara que era su padre al instante.
El grupo comenzó a dar vueltas y vueltas cantando y, llegado el momento, todos se soltaron las manos, se arrojaron al suelo chillando encantados, y luego volvieron a ponerse de pie, a cogerse de las manos y a reanudar el corro, una y otra vez. Pero Lizzie y su padre no se soltaban. Se arrojaban al suelo juntos, riéndose, y la niña estaba radiante de entusiasmo y felicidad.
Claudia, que estaba con Susanna mirando, vio un poco más allá a Anne, con la pequeña Megan en los brazos, animando junto a Sydnam a David que estaba a punto de batear en el partido de criquet, y estuvo a punto de echarse a llorar, aunque no sabía muy bien por qué. O tal vez sí lo sabía, pero el número de causas era tan desconcertante que no supo determinar cuál era la predominante.
– Lizzie es una niña encantadora -comentó Susanna-. Y ya es la mimada de todos, ¿verdad? Y Joseph, qué buena persona es, ¿verdad? Ha estado jugando con los niños más pequeños toda la tarde. Lamento tremendamente que se vaya a casar con la señorita Hunt. Creía que tal vez tú y él… Bueno, nada. Todavía tengo grandes esperanzas para el duque de McLeith, aun cuando ya lo has rechazado una vez.
– Eres una romántica sin remedio, Susanna -dijo Claudia-, sin una pizca de sentido práctico.
Pero sí, era muy difícil imaginarse felices al marqués de Attingsborough y la señorita Hunt. Aunque había venido a la merienda, la señorita Hunt se había mantenido al margen de los juegos y actividades de los niños y estaba sentada algo apartada de todos los demás con los condes de Sutton y dos huéspedes de Alvesley a los que ella no conocía. Y no podía dejar de recordar lo que le dijo el marqués en Vauxhalclass="underline" que la señorita Hunt encontraba tontos e innecesarios los besos.
Él estaba más guapo y encantador que nunca jugando y brincando con los niños más pequeños y sonriéndole feliz a su hija.