En segundo lugar, había tenido que incumplir la promesa que le había hecho a Lizzie de llevarla a dar un paseo en barca por el lago. Lo haría tan pronto como volvieran, pero de todos modos eso le recordaba que ella siempre iba a tener que estar en segundo lugar, después de sus hijos legítimos y sólo podría recibir su atención cuando estos no lo necesitaran.
En tercer lugar, había tenido ganas de plantarle cara a McLeith cuando se había llevado a caminar a Claudia Martin. El hombre iba a poder con su resistencia y la persuadiría de que se casara con él, conclusión que debería regocijarlo. Cuanto más lo pensaba, más comprendía que a pesar de todo lo que decía sobre que era feliz con su escuela y su existencia solitaria como directora, ella deseaba amor, matrimonio, un hogar y un marido.
Pero aun así, él había deseado plantarle cara a McLeith.
Finalmente volvieron al lugar de la merienda. Llevaría en bote a Lizzie tan pronto como le fuera posible. A nadie le extrañaría que lo hiciera, pues un buen número de adultos habían estado entreteniéndola, llevándola a participar en diversas actividades, procurando que lo pasara bien.
Pero justo cuando se acercaban a la explanada, él buscando ansioso a su hija, una voz se elevó por encima del bullicio de voces; era la voz estridente de una maestra de escuela acostumbrada a hacerse oír por encima de la cháchara de escolares:
– ¿Dónde está Lizzie? -preguntó la señorita Martin. Joseph vio que estaba al lado de McLeith, levantándose de una silla.
Se espabiló al instante.
– ¿Dónde está Lizzie? -repitió ella.
Su voz sonó más fuerte, menos controlada, más aterrada.
– ¡Buen Dios! -exclamó él, soltándose del brazo de Portia y echando a correr-. ¿Dónde está?
Echó una rápida mirada alrededor y no la encontró. Miró otra vez y no la encontró.
Todos se habían alertado ante la pregunta, y todos estaban mirando alrededor y hablando.
Está jugando al corro con Christine.
Eso fue hace rato.
– Está con Susanna y el bebé.
– No. Estuvo hace mucho rato. Yo tuve que ir a amamantar a Harry.
– Tal vez ha ido a dar un paseo en barca.
– Lady Rosthorn la tuvo entre su grupo de arqueros.
– Debe de haber ido a caminar con Eleanor y un grupo de niñas y niños.
– No, no fue. Vino conmigo a examinar los arcos y las flechas. Después fue a reunirse con unas amigas.
– No está con la señorita Thompson. Ahí vienen de vuelta y no está con ellas.
– Debe de haber entrado en la casa.
– Debe de…
– Debe de…
Cada vez que alguien hablaba, Joseph miraba, desesperado. ¿Dónde estaba Lizzie?
El terror se apoderó de él, corriendo por sus venas, quitándole el aliento y la capacidad de pensar. Estaba al lado de Claudia, sin saber cómo había llegado hasta ella, y le tenía cogida la muñeca.
– Yo estaba en la casa -le dijo.
– Yo fui a caminar -repuso ella, mirándolo.
Le había desaparecido todo el color de las mejillas.
Habían dejado sola a Lizzie.
Llegó Bewcastle y tomó el mando de la situación, seguido de cerca por Kit.
– No puede haber ido muy lejos -dijo, materializándose de repente en el centro, con tal autoridad que todos se quedaron callados, incluso la mayoría de los niños, aunque no había hablado en voz muy alta-. La niña se ha alejado y no logra encontrar el camino de vuelta. Tenemos que repartirnos: dos por ese lado del lago, dos por el otro, dos deben ir al establo, dos a la casa, dos a…
Continuó dándoles órdenes como un general a sus soldados.
– Syd -dijo Kit-, ve directo al establo y busca ahí. Conoces todos los escondites. Lauren y yo iremos a la casa, la conocemos mejor. Aidan, ve a…
Joseph caminó hasta la orilla del lago y miró hacia un bote que venía de regreso, haciéndose visera con una mano. Pero ninguno de los dos niños era Lizzie. Echó atrás la cabeza y gritó:
– ¡Lizzie!
– No puede haber ido muy lejos.
La voz, baja y temblorosa, sonó al lado de él, y cayó en la cuenta de que seguía teniéndola sujeta por la muñeca.
– No puede haber ido muy lejos -repitió Claudia, y él notó claramente que intentaba dominar el miedo, una maestra acostumbrada a enfrentar crisis-. Y Horace tiene que estar con ella, pues no se le ve por ninguna parte. Ella lo cree capaz de llevarla dondequiera que desee ir.
Todos, adultos y niños, ya iban de camino hacia diferentes lugares, muchos de ellos llamándola. Joseph vio que incluso los Redfield, sus padres y su tía Clara se habían unido a la búsqueda.
Estaba paralizado por el terror y la indecisión. Deseaba más que nadie comenzar la búsqueda, pero ¿adónde debía ir? Deseaba hacerlo en todas las direcciones.
¿Dónde estaría? ¿Dónde estaba?
Entonces el corazón le dio un vuelco al comprender lo que iban a hacer Bewcastle y Hallmere. Los dos se habían quitado las botas y también las chaquetas y el resto de la ropa hasta la cintura. Después se zambulleron en el agua.
La implicación fue tan aterradora que acabó con su parálisis.
– No puede estar ahí -dijo Claudia, con la voz tan temblorosa que era casi irreconocible-. Horace andaría corriendo suelto.
Él le cogió la mano.
– Debemos buscarla -dijo, dándole resueltamente la espalda al lago.
Wilma y Portia estaban justo delante de ellos.
– Lo siento mucho, señorita Martin -dijo Portia-, pero en realidad usted debería haber estado vigilándola con más atención. Usted está a cargo de todas esas niñas que mantiene por caridad, ¿verdad?
– Una niña ciega no tenía por qué estar aquí -añadió Wilma.
– ¡Callad la boca! -exclamó Joseph, secamente-. Las dos.
No esperó a ver sus reacciones ni a oír sus respuestas. Echó a caminar a toda prisa con Claudia.
Pero ¿adónde dirigirse con tanta prisa?
– ¿Adonde podría haber ido? -preguntó Claudia, aunque estaba claro que no esperaba respuesta. Le tenía cogida la mano con tanta fuerza como él a ella-. ¿Adónde podría haber intentado ir? Pensemos. ¿A buscarle a usted en la casa?
– Lo dudo -dijo él, viendo que Lauren y Kit, también cogidos de la mano, iban a toda prisa hacia allí.
– ¿A buscar a Eleanor y las otras, entonces?
Pasaron por delante de la casa cuando yo estaba ahí. Iban en dirección al puente pequeño, hacia el sendero agreste de más allá.
La habrían visto si iba en esa dirección. Y usted también. En todo caso, cuatro personas van en esa dirección a buscar. No tiene sentido seguirlas.
Habían llegado al camino de entrada y se detuvieron ahí, horrorosamente indecisos. El nombre Lizzie sonaba desde todas partes. Pero no se oía ningún grito que indicara que alguien la hubiera encontrado.
Joseph hizo unas cuantas respiraciones para serenarse. Continuar aterrado no lo llevaría a ninguna parte.
– La única dirección que nadie ha tomado -dijo-, es la que sale de Alvesley.
Ella miró a la derecha, hacia la larga extensión de césped por el que discurría el camino de entrada, con el puente palladiano cubierto que cruzaba el río, y más allá el bosque.
– Ella no habría ido por ahí -dijo.
– Probablemente no -concedió él-, pero, ¿el perro?
– Oh, Dios mío. Dios mío, ¿dónde está? -Se le llenaron los ojos de lágrimas y se mordió el labio-. ¿Dónde está?
– Vamos -dijo él, girándola y llevándola por el camino de entrada-. No hay ningún otro lugar donde podamos buscar.
– ¿Cómo ha podido ocurrir esto?
– Yo me fui a la casa.
– Y yo a caminar.
– No debería haberla dejado salir de la casa de Londres. Siempre ha estado segura ahí.
– Yo no debería haber apartado los ojos de ella. Ella fue el único motivo por el que vine aquí esta tarde. Era mi responsabilidad. La señorita Hunt tenía razón al reprenderme.
– No empecemos a echarnos la culpa -dijo él-. Ha tenido numerosos cuidadores esta tarde. Todos la vigilaban.