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– Ese fue el problema. Cuando todos están vigilando, nadie lo hace de verdad. Todos suponen que está con otra persona. Yo debería haberlo sabido por mis experiencias en la escuela. Ay, Lizzie, Lizzie, ¿dónde estás?

Se detuvieron en el puente un momento, mirando hacia todos lados, con la esperanza de ver alguna señal de la desaparecida Lizzie.

Pero ¿por qué no contesta a ninguna de las llamadas?, pensó él. Seguían oyéndose ahí donde estaban.

– ¡Lizzie! -gritó por un lado del puente, haciéndose bocina con las manos.

– ¡Lizzie! -gritó Claudia por el otro lado.

Nada.

De repente a él le flaquearon las piernas y casi se cayó.

– ¿Continuamos? -Preguntó, mirando más allá del puente, donde el camino de entrada hacía una curva y se internaba en el bosque-. No creo que llegara tan lejos.

Tal vez ya estaba de vuelta junto al lago. Sintió una avasalladora necesidad de volver ahí para comprobarlo.

– Debemos continuar -dijo ella, atravesando el ancho del puente y cogiéndole la mano otra vez-. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

Se miraron a los ojos y ella apoyó la frente en su pecho y la dejó ahí un breve momento.

– La encontraremos -dijo-. La encontraremos.

Pero ¿cómo? ¿Y dónde? Si había seguido ese camino, ¿llegaría finalmente a la aldea? ¿Alguien de ahí la detendría y cuidaría de ella hasta que pudiera enviar un mensaje a Alvesley?

¿Y si había salido del camino y estaba perdida en el bosque?

– ¡Lizzie! -volvió a gritar él.

Se había detenido en un momento sorprendentemente afortunado. Ella giró la cabeza y entonces emitió una exclamación y le tironeó la mano.

– ¿Qué es eso? -preguntó, apuntando. Cuando estaban cerca de una serpentina blanca cogida en una rama baja, exclamó jubilosa-: ¡Es la cinta del pelo de Lizzie! Pasó por aquí.

Él desenredó la cinta y se la llevó a los labios, cerrando fuertemente los ojos.

– Gracias a Dios -dijo ella-. Oh, gracias a Dios. No está en el fondo del lago.

Él abrió los ojos y se miraron. Los dos habían tenido el mismo miedo desde que vieron zambullirse a Bewcastle y a Hallmere.

– ¡Lizzie! -gritó él hacia el bosque.

– ¡Lizzie! -gritó ella.

No hubo respuesta. ¿Cómo podían saber hacia dónde había ido? ¿Cómo buscarla sin perderse ellos? Pero claro, no tenía ningún sentido quedarse quietos ahí, y no se les ocurrió volver a buscar más ayuda, en especial de Kit o Sydnam, que conocían el bosque.

Continuaron, deteniéndose con frecuencia a llamarla.

Finalmente oyeron crujidos de hojas por entre los árboles que tenían delante, después un alegre ladrido y entonces apareció Horace, meneándose todo él, agitando la cola y con la lengua fuera.

– ¡Horace! -Claudia se arrodilló a abrazarlo y él le lamió la cara-. ¿Dónde está Lizzie? ¿Por qué la has dejado sola? Llévanos hasta ella inmediatamente.

Al parecer el perro sólo deseaba saltar sobre su falda y jugar, pero ella movió un dedo severa ante su nariz, luego cogió la cinta de la mano de Joseph y se la puso delante para que la oliera.

– Encuéntrala, Horace. Llévanos hasta ella -le ordenó.

El perro se dio media vuelta ladrando alegremente, como si ese fuera el mejor juego de la tarde, y echó a correr por entre los árboles. Joseph volvió a coger de la mano a Claudia y echaron a correr detrás de él. No muy lejos se encontraron ante una casita, una cabaña de guardabosques. Se veía en buen estado. La puerta estaba entreabierta. Horace entró corriendo.

Joseph subió el peldaño hasta la puerta, casi con miedo de tener esperanzas. Claudia lo siguió y, sin soltarle la mano, se arrimó a su costado para asomarse también cuando él abrió más la puerta. El interior estaba oscuro, pero la luz de fuera bastaba para ver que la habitación estaba decentemente amueblada y que en una estrecha cama adosada a una pared estaba Lizzie acurrucada durmiendo, y Horace a sus pies jadeando y sonriendo.

Joseph giró la cabeza, cogió a Claudia por la cintura, la apretó a él y, hundiendo la cara en el hueco entre su cuello y hombro, lloró. Ella lo abrazó, cuando él se apartó, se miraron a los ojos un breve instante y entonces él posó los labios sobre los de ella, un instante después él ya estaba arrodillado junto a la cama pasándole una mano temblorosa por la cabeza a Lizzie, y apartándole suavemente el pelo de la cara. Si había estado durmiendo, ya no lo estaba; tenía fuertemente cerrados los ojos y se estaba chupando los nudillos de la mano cerrada. Tenía los hombros hundidos y tensos.

– Cariño -musitó.

– ¿Papá? -Bajó la mano e inspiró-. ¿Papá?

– Sí, te hemos encontrado, la señorita Martin y yo. Ya estás muy segura otra vez.

– ¿Papá?

Emitiendo un gemido largo y agudo, como un lamento, se incorporó y le echó los brazos al cuello, apretándoselo fuertemente. Él la levantó en brazos, girándose se sentó en la cama, y la acunó en el regazo. Sin pensarlo le cogió una mano a Claudia y la hizo sentarse a su lado. Ella pasó las manos por las piernas de la niña.

– Estás a salvo -dijo.

– La señorita Thompson llevó a Molly y a otras niñas a caminar -explicó ella, atropellándose con las palabras, casi sin respirar-. Me pidieron que fuera pero yo dije no, pero después deseé haber dicho sí, porque tú habías entrado en la casa, papá, y la señorita Martin había ido a caminar. Pensé que Horace podría darles alcance. Pensé que estarías orgulloso de mí. Pensé que la señorita Martin estaría orgullosa de mí. Pero Horace no pudo encontrarlas. Entonces pasamos por un puente, yo me caí y después no supe hacia qué lado ir y más allá había árboles, y Horace se fue corriendo y yo intenté ser valiente y pensé en brujas pero sabía que no había ninguna, y entonces Horace volvió y llegamos aquí, pero no sabía quiénes vivían aquí ni si serían amables o crueles, y cuando llegaste creí que eran ellos y tal vez me comerían viva, aunque sé que eso es tonto y…

– Cariño -le interrumpió él. Le besó la mejilla y la meció mientras ella volvía a chuparse los nudillos de la mano cerrada, algo que no hacía, que supiera él, desde que tenía cuatro o cinco años-. Sólo estamos contigo la señorita Martin y yo.

– Pero qué valiente has sido, Lizzie -dijo Claudia-, al aventurarte sola y luego no aterrarte cuando te encontraste perdida. Tendremos que adiestrar más a Horace y sólo después de eso podrás intentar algo así otra vez, pero de todos modos estoy inmensamente orgullosa de ti.

– Yo siempre estoy orgulloso de ti -dijo Joseph-, pero en especial hoy. Mi niñita está creciendo y haciéndose independiente.

Ella había dejado de chuparse el dorso de la mano. Se acurrucó apretándose más a él y dio un largo bostezo. Había tomado mucho aire fresco y hecho mucho ejercicio; no era de extrañar que estuviera agotada, y eso aparte del susto que se había llevado.

Él continuó meciéndola, como hacía cuando era un bebé, una niña pequeña. Echó atrás la cabeza y cerró los ojos. Le brotaron lágrimas otra vez y sintió bajar una por la mejilla.

Entonces sintió un suave roce en esa mejilla y al abrir los ojos vio que Claudia le estaba pasando el dorso de la mano para secarle la lágrima.

Se miraron y a él le pareció que en la profundidad de sus ojos le podía leer la mente, su ser más profundo, su alma. Y descansó ahí.

– Te amo -dijo, intentando hablar, pero no le salió el sonido por los labios.

Pero ella le leyó las palabras en los labios. Echó atrás la cabeza, tal vez uno o dos dedos, alzó un poquitín el mentón y apretó los labios formando una línea casi severa. Pero sus ojos no cambiaron; sus ojos «no podían» cambiar. Eran la ventana de la armadura con que ella intentaba revestirse. Sus ojos le contestaron aun cuando el resto de ella negaba lo que decían: