Выбрать главу

– ¿Donde la encontrasteis, Joseph? -preguntó la vizcondesa en voz baja.

– Hay una cabañita en el bosque al otro lado del puente -dijo él-. Ahí estaba.

– Ah -dijo el vizconde-, debió olvidársenos cerrar la puerta con llave la última vez que estuvimos ahí, Lauren. A veces nos olvidamos.

– Y menos mal que nos olvidamos -dijo ella-. Es tan encantadora, Joseph, y, claro, se parece a ti.

Entonces llegaron a la casa y el vizconde los llevó a todos a la biblioteca.

Joseph no los siguió. Subió la escalera y Claudia lo acompañó hasta su habitación, un cómodo dormitorio para huéspedes con vistas al jardín de flores del lado este y las colinas más allá. Claudia echó atrás las mantas de la cama con dosel y él depositó a Lizzie en el centro. Después se sentó a su lado y le cogió la mano.

– Papá, se lo has dicho a todos -dijo ella.

– Sí, lo he hecho, ¿no?

– Y ahora todos me van a odiar.

– Mi madre no te odia, y el primo Neville tampoco. Tampoco te odia la prima Lauren, que acaba de decirme que eres encantadora y te pareces a mí. Si hubieras podido ver hace unos minutos, te habrías dado cuenta que la mayoría de las personas te miraban con simpatía y compasión, y felicidad porque estabas a salvo.

– «Ella» me odia. La señorita Hunt.

– Creo que en estos momentos es a mí a quien odia, Lizzie.

– ¿Las niñas me van a odiar?

Contestó Claudia:

– Molly no. Sólo hace un momento estaba llorando, de felicidad por volver a verte. De las demás no sabría decirlo, pero te diré lo siguiente. No creo que sea bueno intentar ganar el amor de los demás simulando ser lo que no somos. Tú no eres una huérfana mantenida por la caridad, ¿verdad? Tal vez es mejor que nos arriesguemos a que nos quieran, o no, por lo que verdaderamente somos.

– Soy hija de mi papá.

– Sí.

– Su hija «bastarda».

Claudia vio que él fruncía el ceño y abría la boca para hablar. Se le adelantó:

– Sí -concedió-, pero esa palabra sugiere a una persona a la que se considera una molestia y no es amada. A veces es importante elegir bien las palabras, y una de las maravillas de la lengua es que casi siempre hay varias palabras para expresar lo mismo. Sería más apropiado, tal vez, decir que eres la hija ilegítima de tu papá o, mejor aún, su hija del amor. Eso es exactamente lo que eres. Aunque no es necesariamente «quien» eres. A ninguno de nosotros se nos puede definir por etiquetas, ni siquiera por cien o mil de ellas.

Lizzie sonrió y le acarició la cara a su padre.

– Soy tu hija del amor, papá.

– Ciertamente -dijo él. Le cogió la mano y le besó la palma-. Ahora debo bajar, cariño. La señorita Martin se quedará contigo, aunque creo que no tardarás en quedarte dormida. Has tenido un día ajetreado.

Ella abrió la boca en un largo bostezo, como para confirmar que tenía razón.

Él se levantó y miró a Claudia. Ella le sonrió pesarosa. Él medio se encogió de hombros y salió de la habitación sin decir otra palabra.

– Mmm -musitó Lizzie, al mismo tiempo en que Horace subía de un salto a la cama y se echaba a su lado-, la almohada huele a mi papá.

Claudia miró a Horace, que la estaba mirando como si se sintiera absolutamente feliz, con la cabeza apoyada en las patas. Si no se hubiera precipitado a defenderlo esa tarde en Hyde Park, pensó, tal vez no habría sucedido nada de lo ocurrido. Qué extraño es el destino y la cadena de incidentes aparentemente sin importancia y no relacionados que llevan inexorablemente a un desenlace importante.

Lizzie volvió a bostezar y casi al instante se quedó dormida.

¿Y ahora qué?, pensó Claudia. ¿Se llevaría a Lizzie con ella cuando volviera con Eleanor y las niñas a la escuela dentro de una semana o algo así? ¿Aun sabiendo que la niña no quería ir? ¿Había alguna otra opción para la niña y para ella? ¿Qué opciones tenía esta niña? Sólo podía imaginarse lo que estaba ocurriendo abajo en la biblioteca. Y ella, ¿qué opción le quedaba? Quería a Lizzie.

Pasados unos diez minutos más o menos, sonó un suave golpe en la puerta, esta se abrió y entraron Susanna y Anne de puntillas, sin esperar respuesta.

– Ah -dijo Susanna en voz baja mirando hacia la cama-, está durmiendo. Me alegro por ella. Parecía estar conmocionada ahí junto al lago.

– Pobre niña -dijo Anne, mirando hacia Lizzie también-. Esto ha sido un triste final de la tarde para ella. Pero antes se lo ha pasado maravillosamente. Unas cuantas veces estuve a punto de llorar sólo con verla divertirse.

Las tres fueron a sentarse junto a la ventana, a cierta distancia de la cama.

– Todos se están marchando -dijo Susanna-. Todos los niños deben de estar agotadísimos. Ya es casi el crepúsculo. Han jugado horas y horas sin parar.

– Lizzie ha dicho que tiene miedo de que ahora todos la odien.

– Todo lo contrario -dijo Anne-. La revelación ha sido bastante impresionante, en especial para Lauren, Gwen y el resto de la familia de lord Attingsborough, pero creo que la mayoría de las personas están secretamente encantadas de que sea su hija. Todos le han tomado mucho cariño, en todo caso.

– He estado pensando -dijo Claudia-, si Lizzie seguirá siendo bien recibida en Lindsey Hall. Al fin y al cabo la llevé allí con engaños.

– Oí al duque de Bewcastle decirle a la duquesa que algunas personas piden a gritos un buen tapabocas y que es gratificante verlas recibir su merecido. Era evidente que se refería a lady Sutton y a la señorita Hunt.

– Y lady Hallmere declaró públicamente -añadió Anne-, que la revelación del marqués ha sido el momento más espléndido de esta o cualquier tarde que ella recuerde. Y todos deseaban saber qué le llevó a Lizzie a extraviarse y dónde la encontrasteis. ¿Dónde estaba?

Claudia lo explicó.

– Supongo que en Londres visitaste a Lizzie, Claudia -dijo Susanna.

– Varias veces.

– Tal como supuse -dijo Susanna, suspirando-. Y ahí se va mi teoría de que Joseph tenía que estar enamorándose de ti si te llevaba a pasear en coche tan a menudo. Pero tal vez sea mejor así. Vuestro romance habría tenido un trágico final, ¿verdad?, puesto que él estaba obligado por honor a proponerle matrimonio a la señorita Hunt. Aunque mi opinión de ella se deteriora más con cada día que pasa.

Claudia vio que Anne la estaba mirando fijamente.

– Yo no estoy tan segura de que se haya evitado la tragedia, Susanna -dijo Anne entonces-. Sin tomar en cuenta su apariencia, el marqués de Attingsborough es un caballero inmensamente encantador. Y el atractivo de cualquier hombre sólo puede aumentar cuando se le ve tan consagrado a su hija. ¿Claudia?

– ¡Qué tontería! -exclamó esta en tono enérgico, aunque sin olvidar no elevar el volumen de la voz-. Entre el marqués y yo sólo hay un asunto de negocios. Él desea colocar a Lizzie en mi escuela y yo la traje aquí a pasar unas semanas con Eleanor y las otras niñas a modo de prueba. No hay nada más entre nosotros. Nada en absoluto.

Pero sus dos amigas la estaban mirando con profunda compasión en los ojos, como si ella acabara de confesar una pasión eterna por él.

– Uy, Claudia, cuánto lo siento -dijo Susanna-. Con Frances nos reímos e hicimos bromas sobre eso en Londres, recuerdo, pero no tenía nada de divertido. Perdona.

Anne simplemente le cogió la mano y se la apretó.

– Bueno -dijo Claudia, con la voz todavía enérgica-, siempre he dicho que los duques no son otra cosa que un problema, ¿verdad? El marqués de Attingsborough no es duque todavía, pero de todos modos yo tendría que haber echado a correr y no parar hasta ponerme a mil millas de distancia en el instante mismo en que posé los ojos en él.

– Y eso fue por culpa mía -dijo Susanna.