Y ahora ya no podía seguir negándoles la verdad, pensó Claudia. Sería el objeto de su lástima eternamente. Cuadró los hombros y apretó los labios.
Un lacayo abrió la puerta de la biblioteca, Joseph entró y descubrió que ahí sólo se encontraban sus padres. Su madre estaba sentada junto al hogar; su padre paseando con las manos cogidas a la espalda, pero se detuvo al verlo, con un marcado entrecejo.
– ¿Bien? -dijo, pasados unos segundos en que se miraron en silencio-. ¿Qué tienes que decir?
Joseph continuó donde estaba, junto a la puerta cerrada.
– Lizzie es mi hija -dijo-. Tiene casi doce años, aunque parece más pequeña. Nació ciega. La he albergado y mantenido. He formado parte de su vida desde el principio. La quiero.
– La encuentro una niña muy linda y encantadora, Joseph -dijo su madre-. Pero qué lástima que sea…
El duque la hizo callar con una mirada.
– No te he pedido una historia, Joseph -dijo-. Por supuesto que has asumido la responsabilidad de mantener a tu hija bastarda. No esperaría menos de un caballero ni de un hijo mío. Lo que «necesito» que me expliques es la presencia de esa niña en este vecindario y su aparición en Alvesley esta tarde, donde era seguro que la verían tu madre, tu hermana y tu prometida.
Como si Lizzie fuera algo contaminado, pensó Joseph. Pero claro, lo era en opinión de la buena sociedad.
– Tengo la esperanza de inscribirla en la escuela de la señorita Martin -explicó-. Su madre murió a fines del año pasado. Lauren invitó a la señorita Martin y a la señorita Thompson a traer a las niñas a la merienda de esta tarde.
– ¿Y a ti no se te ocurrió informarlas de que sería el colmo de la vulgaridad traer a la niña ciega con ellas? -preguntó su padre; tenía la cara roja de furia y le palpitaba una vena visible en la sien-. No intentes responder; no deseo oír la respuesta. Y no intentes explicar tu horrorosa declaración después que Wilma y la señorita Hunt reprendieron a esa maestra de escuela. No puede haber explicación para eso.
– Webster, cálmate -dijo su madre-. Te vas a poner enfermo otra vez.
– Entonces sabrás, Sadie, de quien será la culpa.
Joseph frunció los labios.
– Lo que exijo -continuó su padre volviendo la atención a él-, es que a partir de hoy ni tu madre, ni Wilma ni la señorita Hunt oigan otra palabra más de tus asuntos privados. Le pedirás disculpas a tu madre, estando yo presente. Pedirás disculpas a Wilma, a lady Redfield, a Lauren y a la duquesa de Bewcastle, cuya casa has mancillado atrozmente. Harás las paces con la señorita Hunt y le asegurarás que nunca volverá a oír hablar de este asunto.
– Mamá -dijo Joseph, mirándola; ella tenía juntas las manos en el pecho-. Hoy te he causado aflicción, en la merienda y ahora. Lo siento mucho.
– Vamos, Joseph -dijo ella-, tienes que haberte sentido desesperado, más preocupado que ninguno de nosotros cuando esa pobre niña desapareció. ¿Se ha hecho daño?
– Sadie -dijo el duque, con un ceño feroz.
– Conmoción y agotamiento, mamá -dijo Joseph-, pero ninguna lesión física. La señorita Martin la está acompañando. Supongo que ya se ha dormido.
– Pobre niña -repitió ella.
Joseph miró a su padre.
– Iré a buscar a Portia -le dijo.
– Está con tu hermana y Sutton en el jardín de flores.
Era a él a quien censuraba su padre, se dijo cuando salió de la biblioteca: su conducta al permitir que trajeran a Lizzie a Lindsey Hall y a Alvesley ese día, donde necesariamente estaría en compañía de sus familiares y su prometida. Y su conducta al permitirse responder a una provocación reconociendo públicamente que Lizzie era su hija.
No era a Lizzie a quien había censurado su padre. Aunque, condenación, era como si lo fuera.
«Tu hija bastarda.»
«La niña ciega.»
Y casi le parecía que debería sentirse avergonzado. Había transgredido las leyes no escritas pero bien entendidas de la sociedad. «Tus asuntos privados» llamó su padre a sus secretos, como si se esperara que todos los hombres los tuvieran. Pero no se avergonzaría. Admitir que había actuado mal sería negarle a Lizzie el derecho a estar con los demás niños y con él.
La vida no es fáciclass="underline" profundo pensamiento para el día.
Tal como dijera su padre, encontró a Portia en el jardín de flores sentada con Wilma y Sutton. Wilma lo miró como si quisiera apuñalarlo con la mirada.
– Nos has insultado a todos de una manera intolerable, Joseph -dijo-. Hacer una confesión como esa habiendo tantas personas escuchando. Nunca en mi vida me había sentido más humillada. Espero que estés avergonzado.
Él deseó poder decirle que se callara, como le dijo Neville antes, pero ella tenía a su favor la moralidad. Incluso para Lizzie, su reconocimiento fue precipitado e inoportuno.
Aunque decir esas palabras había sido más liberador que cualquier otra cosa que hubiera dicho jamás, comprendió de repente.
– ¿Y qué le puedes decir a la señorita Hunt? -continuó Wilma-. Tendrás mucha suerte si ella se digna a escucharte.
– Creo, Wilma, que lo que tengo que decirle y lo que conteste ella deberá ser en privado.
Ella hizo una inspiración como si tuviera la intención de discutirle. Pero Sutton se aclaró la garganta y le cogió el codo; ella se levantó y, sin decir otra palabra, echó a andar con él en dirección a la casa.
Portia, todavía con el vestido de muselina amarillo prímula que llevaba en la merienda, se veía tan descansada y hermosa como estaba al comienzo de la tarde. También se veía serena y segura de sí misma.
Él la contempló, pensando en su dilema. La había agraviado. La había humillado delante de un numeroso grupo de familiares y amigos. Pero ¿cómo podía pedirle disculpas sin renegar en cierto modo de Lizzie?
Ella habló primero:
– Nos ordenó que nos calláramos a lady Sutton y a mí.
¡Santo Dios! ¿Eso hizo?
– Te pido perdón -dijo-. Fue cuando Lizzie estaba desaparecida, ¿verdad? Estaba loco de preocupación. Eso no disculpa la descortesía, por supuesto. Perdóname, por favor. Y tendrás la amabilidad de perdonarme…
– No deseo volver a oír «ese» nombre, lord Attingsborough -dijo ella con serena dignidad-. Esperaré que ordene que se la lleven de aquí y de Lindsey Hall mañana a más tardar, y entonces veré si decido olvidar todo este lamentable incidente. No me importa adonde la envíe o envíe a otros como ella ni a… ni a las mujeres que los produjeron. Eso no necesito ni deseo saberlo.
– No hay otros hijos, ni amantes -dijo él-. ¿La revelación de esta tarde te llevó a creer que soy promiscuo? Te aseguro que no lo soy.
– Las clamas no somos tontas, lord Attingsborough, por ingenuas que pueda creernos. Sabemos muy bien de las pasiones animales de los hombres y estamos muy contentas de que las desahoguen con toda la frecuencia que quieran, siempre que no sea con nosotras y siempre que no se sepa. Lo único que pedimos, lo único que «yo» pido, es que se respeten los cánones sociales.
¡Buen Dios! Se le heló la sangre. Pero sin duda la verdad la haría sentirse mejor, le quitaría un tanto la convicción de que se iba a casar con un animal bajo el delgado disfraz de caballero.
– Portia -dijo mirándola desde arriba, pues no se había sentado-. Soy firme partidario de las relaciones monógamas. Después que nació Lizzie continué con su madre hasta su muerte el año pasado. Por eso no me he casado. Después de nuestra boda te seré fiel todo el tiempo que vivamos.
Ella lo miró y de repente él cayó en la cuenta de que sus ojos eran muy distintos de los de Claudia; no tenían profundidad, y si había alguna fortaleza de carácter en ellos, alguna emoción, no se veían trazas.
– Usted hará lo que le plazca, lord Attingsborough, como todos los hombres tienen derecho a hacer. Lo único que pido es que lo haga con discreción. Y le pido la promesa de que esa niña ciega se marchará de aquí hoy y de Lindsey Hall mañana.