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De camino a casa me paré en Gristede's y compré unas bolsas grandes de patatas chip y cervezas. Una vez llegué al piso, me senté a la mesa, saqué la gruesa carpeta que Van Loon había enviado la semana anterior y organicé mis notas. Creí que si podía asimilar aquel material todo iría bien. Estaría tan bien informado y al día como cuando impresioné a Van Loon con mi propuesta de estructuración para el acuerdo de compra.

Empecé por los informes trimestrales de MCL-Parnassus. Los dejé sobre la mesa, abrí la primera bolsa de patatas y una cerveza, y me dispuse a leer.

Estuve dos horas avanzando y retrocediendo y acabé admitiendo que aquel material no sólo me resultaba sumamente tedioso, sino que apenas entendía nada. El problema era muy simple: no recordaba cómo se interpretaban aquellas cosas. Eché un vistazo a otros documentos, y aunque eran algo menos densos e impenetrables que los informes trimestrales, el aburrimiento era el mismo. Pero perseveré, y me cercioré de que lo leía todo o, al menos, de que al pasear la vista por encima de cada palabra y cada línea no se me escapaba nada.

Me terminé las patatas y la cerveza y pedí comida china hacia las diez. Poco después de la medianoche, me derrumbé y me fui a la cama.

A la mañana siguiente realicé un rápido y aterrador cálculo. El día anterior me había llevado ocho horas leer lo que antes habría despachado en cuarenta y cinco minutos. Entonces intenté recordar algo, pero sólo pude evocar fragmentos y generalidades. Días atrás habría podido recordarlo todo, de la portada a la contraportada, de arriba abajo.

En ese momento me tentó la idea de tomar un par de píldoras de MDT, pero desistí. Si volvía a consumir desaforadamente, acabaría sufriendo más desvanecimientos, y ¿adónde me llevaría eso? De modo que mantuve esa pauta dos días más. Me quedé en casa y hojeé centenares de páginas de material, y sólo salí de casa para comprar patatas fritas, hamburguesas con queso y cerveza. Vi mucho la televisión, pero evitaba a conciencia los informativos y los programas de actualidad. Desconecté el teléfono. Supongo que, en cierto modo, me había creado la ilusión de que estaba intentando comprender todo aquello, pero al paso que iban desgranándose los días, tuve que reconocer que había asimilado muy poco.

El miércoles por la noche detecté un incipiente dolor de cabeza. No estaba seguro de qué lo había provocado. Quizá se debía a la cerveza y la comida basura, pero al no remitir el jueves por la mañana, decidí aumentar la dosis mínima de MDT a una píldora diaria. Por supuesto, a los veinte minutos de haber tomado una dosis más elevada, el dolor de cabeza había desaparecido y empecé a preocuparme. ¿Cuánto tardaría en incrementar de nuevo la dosis? ¿Cuánto tardaría en tomar tres o incluso cuatro pastillas cada mañana para evitar los dolores de cabeza?

Cogí de nuevo la pequeña agenda de Vernon y la examiné. No sentía el menor deseo de reproducir la misma rutina, pero si había alguna esperanza en aquella situación, debía de estar entre aquellos teléfonos. Decidí llamar a algunos números que estaban tachados y no habían sido sustituidos por otros. Acaso pertenecían a personas que seguían vivas y ni siquiera estaban enfermas, personas que hablarían conmigo, ex clientes. O quizá, lo cual era más probable, descubriría que la razón por la que eran ex clientes era que habían fallecido. Pero valía la pena intentarlo.

Llamé a cinco números. Los tres primeros ya no existían. El cuarto no respondió, o saltó el contestador automático. El quinto cogió el teléfono después de dos tonos.

– ¿Sí?

– Hola. ¿Puedo hablar con Donald Geisler, por favor?

– Él habla. ¿Qué quiere?

– Soy amigo de Vernon Gant. No sé si lo sabe, pero fue asesinado hace unas semanas y… Había colgado.

Sin embargo, era una respuesta. Y, obviamente, aquel tipo no estaba muerto. Esperé diez minutos y llamé de nuevo.

– ¿Sí?

– Por favor, no cuelgue. Se lo ruego.

Hubo una pausa, durante la cual Donald Geisler no colgó. Tampoco abrió la boca.

– Estoy buscando ayuda -dije-. Un poco de información, tal vez. No lo sé.

– ¿De dónde ha sacado este número?

– Estaba… entre las pertenencias de Vernon.

– ¡Mierda!

– Pero no hay na…

– ¿Es policía? ¿Es una investigación o algo así?

– No. Vernon era un viejo amigo.

– Esto no me gusta.

– De hecho, era mi ex cuñado.

– Eso no me tranquiliza.

– Mire, se trata…

– No lo diga por teléfono.

Me contuve de nuevo. Lo sabía.

– De acuerdo, no lo haré. Pero ¿cómo podría hablar con usted? Necesito su ayuda. Usted obviamente sabe…

– ¿Que necesita mi ayuda? Lo dudo.

– Sí, porque…

– Mire, voy a colgar ahora mismo. No vuelva a llamarme. Es más, jamás intente ponerse en contacto conmigo, y…

– Señor Geisler, puede que me esté muriendo.

– Oh, Dios mío.

– Y necesito…

– Déjeme en paz, ¿vale?

Colgó.

Me palpitaba el corazón. Si Donald Geisler no quería hablar conmigo, yo no podía impedirlo. Quizá no podía ayudarme de todos modos, pero aun así era frustrante establecer un contacto tan fugaz con alguien que sabía lo que era el MDT.

Ya no estaba de humor para seguir, así que dejé la agenda negra a un lado. Luego, en un esfuerzo por distraerme, volví a mi escritorio y cogí un documento que había impreso de una página web sobre economía.

Era un artículo muy técnico sobre legislación antimonopolística y, a la altura de la tercera página, ya me había distraído. Al cabo de un rato dejé de leer, aparqué el artículo y me encendí un cigarrillo. Permanecí allí una eternidad, fumando y mirando a la nada.

Aquella tarde fui al banco. Gennadi acudiría a la mañana siguiente a buscar el segundo pago del préstamo y quería estar preparado. Retiré más de 100.000 dólares en efectivo, con la intención de pagar el resto de una tacada, intereses incluidos. Así me lo quitaría de encima. Si Gennadi se había tomado las cinco pastillas de MDT, y esa era la única explicación posible para su desaparición, no quería que se presentara en mi casa cada viernes por la mañana.

Mientras esperaba que me preparasen el dinero, el director, Howard Lewis, un hombre medio calvo y con sobrepeso, me invitó a que pasara a su despacho para hablar un momento. Aquel infarto con patas parecía preocupado por que, después de mi febril actividad con Klondike y Lafayette, que había generado unos depósitos considerables, las cosas habían estado «digamos, tranquilas».

Lo miré con incredulidad.

– Y ha retirado usted mucho dinero en efectivo, señor Spinola.

– ¿Y qué? -dije en un tono que parecía insinuar: «No es asunto suyo».

– Nada, señor Spinola, faltaría más, pero… Bueno, a la luz de ese artículo aparecido en el Post el viernes pasado sobre…

– ¿Sobre qué?

– Bueno, es todo muy… irregular. En estos tiempos que corren no puedes ser demasiado…

– Gracias a los días que he trabajado en Lafayette, señor Lewis -dije, sin apenas contener mi irritación-, estoy en negociaciones para un cargo de corredor sénior en Van Loon & Associates.

El director me miró, respirando lentamente por la nariz, como si lo que acababa de decir hubiera confirmado sus peores miedos sobre mi persona.

Sonó el teléfono y, al cogerlo, movió ligeramente un músculo de la cara en señal de disculpa. Mientras atendía la llamada, observé lo que me rodeaba. Hasta ese momento estaba bastante indignado, pero me calmé un poco cuando vi mi reflejo en la parte posterior de un portarretratos de plata que había sobre la mesa de Lewis. Era una imagen parcialmente distorsionada, pero nada podía ocultar mi aspecto desaliñado. No me había afeitado esa mañana y llevaba unos vaqueros viejos y una camiseta, algo inverosímil para un corredor de Van Loon & Associates, incluso en su día libre.