Me pregunté dónde habría metido Fepple mi tarjeta de visita. No la había visto sobre su escritorio, aunque tampoco había estado buscando algo tan pequeño. Los polis vendrían directos a mí en cuanto descubriesen que yo era la detective a la que aludía Fepple en su nota de suicidio. Si es que era una nota de suicidio.
Claro que lo era. La pistola había caído de su mano al suelo después de haberse pegado un tiro. Se sentía fracasado y ya no podía soportarlo más, así que se voló la mitad de la cara de un balazo. Me detuve junto a la ventana de la cocina a mirar a los perros. El señor Contreras los había soltado en el jardín. Debería sacarlos para que corriesen un poco.
Como si sintiera mi mirada, Mitch levantó los ojos y me dirigió una sonrisa canina. Aquella sonrisilla desagradable de Fepple cuando leyó el expediente de Sommers, cuando dijo que se iba a ocupar de la lista de clientes de Rick Hoffman. Aquélla era la sonrisa de alguien que pensaba que podía sacar provecho de la debilidad de los demás y no la sonrisa de un hombre que se odiaba tanto a sí mismo como para acabar suicidándose.
Aquella mañana llevaba el mismo traje y la misma corbata del viernes. ¿Para quién se había vestido con tanta elegancia? ¿Para una mujer, como había dado a entender? ¿Alguien a quien había intentado conquistar pero que le había dicho cosas tan horribles sobre su persona que regresó a la oficina y se suicidó? ¿O se había vestido así para encontrarse con quien le había llamado cuando estaba hablando conmigo? Aquel que le había dicho cómo despistarme: yendo a un teléfono público y llamándole desde allí para recibir más instrucciones. Fepple se había metido en el pequeño centro comercial, donde le recogió su misterioso interlocutor. Fepple había creído que podría sacar tajada de algún secreto que había descubierto en el expediente de Sommers.
Intentó chantajear a su misterioso interlocutor. Éste le dijo a Fepple que era mejor que hablasen en privado en su oficina, donde lo mató y organizó todo para que pareciese un suicidio. Muy al estilo de Edgar Wallace. En cualquier caso, el misterioso interlocutor se había llevado el expediente de Sommers. Regresé, inquieta, al salón. No, lo más probable sería que Fepple hubiese dejado el expediente en su mesilla de noche, junto a sus viejas revistas de Consejos útiles para el juego del pingpong.
Me hubiera gustado saber qué estaba haciendo la policía, si había aceptado la teoría del suicidio, si estaba comprobando la existencia de residuos de pólvora en las manos de Fepple. Finalmente, a falta de algo mejor que hacer, salí al patio a buscar a los perros. El señor Contreras había dejado abierta la puerta de atrás de su casa. Cuando estaba subiendo las escaleras para decirle que me llevaba los perros a pasear y después a mi oficina, oí que decían por la radio:
La noticia importante de hoy: esta mañana se ha encontrado el cadáver del agente de seguros Howard Fepple en su oficina de Hyde Park, después de que la policía recibiese una llamada anónima. Parece ser que Fepple, de cuarenta y tres años de edad, se suicidó porque la Agencia de Seguros Midway, fundada por su abuelo en 1911, estaba a punto de quebrar. El difunto vivía con su madre, Rhonda, quien se quedó atónita ante la noticia. «Howie ni siquiera tenía pistola. ¿Cómo es posible que la policía ande diciendo que se ha suicidado con una pistola que no tenía? Hyde Park es una zona muy peligrosa. Yo siempre le decía que trasladara la agencia aquí, a Palos, que es donde realmente la gente contrata seguros; creo que alguien entró en su oficina, lo mató y después arregló todo para que pareciese un suicidio.»
La policía del Distrito Cuarto dice que no descarta la posibilidad de un asesinato pero que, hasta que no esté completo el informe de la autopsia, están tratando la muerte de Fepple como si fuese un suicidio. Ha informado Mark Santoros, Global News, Chicago.
– Qué cosa tan rara, cielo -el señor Contreras levantó la mirada del Sun Times, donde estaba marcando con un círculo los resultados de las carreras de caballos-. ¿Un tipo que se suicida sólo porque le va mal en los negocios? Estos chavales son unos flojos.
Farfullé que estaba de acuerdo, sin mucho convencimiento -en otro momento le confesaría que había sido yo quien había encontrado el cuerpo de Fepple, pero eso requería de una larga charla que en aquellos momentos no me apetecía mantener-. Metí a los perros en el coche y los llevé hasta el lago, donde echamos una carrera de ida y vuelta hasta la bahía de Montrose. Me dolía la cabeza por la falta de sueño pero correr siete kilómetros relajó mis agarrotados músculos. Llevé a los perros conmigo a la oficina, donde corretearon de un lado a otro, olfateando y ladrando como si nunca antes hubiesen estado allí. Tessa me pegó un grito desde su estudio para que los calmase de inmediato antes de que les tirase un mazo de esculpir.
Cuando los hube encerrado en mi despacho, me senté a mi mesa y me quedé allí, inmóvil, durante un buen rato. Cuando yo era pequeña, mi abuela Warshawski tenía un juguete de madera con el que me dejaba jugar cuando iba a visitarla. En el centro había un cazador que tenía a un lado un oso y al otro un lobo. Si apretabas el botón una vez, el cazador giraba y apuntaba con su rifle al lobo mientras el oso saltaba sobre él. Si apretabas el botón de nuevo, el cazador se volvía hacia el oso y, entonces, era el lobo el que le atacaba. Sommers. Lotty. Lotty. Sommers. Era como si yo fuese el cazador que estaba en medio y que no dejaba de volverse hacia una y otra imagen. Nunca tenía el tiempo suficiente para concentrarme en ninguno de los dos casos antes de que saltase el otro.
Por fin, agotada, encendí el ordenador. Sofie Radbuka. Paul había dado con ella a través de un chat en la web. Me puse a buscar en Internet y en ese momento llamó Rhea Wiell.
– Señora Warshawski, ¿qué le hizo usted anoche a Paul? Esta mañana cuando llegué a mi consulta estaba esperándome en la puerta, llorando y diciendo que usted le había puesto en ridículo y le había apartado de su familia.
– Quizás pueda usted hipnotizarlo para que recupere la memoria y diga la verdad -le contesté.
– Si piensa que eso es gracioso, quiere decir que tiene un sentido del humor tan perverso que puedo llegar a creer cualquier cosa de usted -la vestal se había vuelto tan gélida que su voz podía extinguir el fuego sagrado.
– Señorita Wiell, ¿no habíamos quedado en que el señor Loewenthal tenía tanto derecho a la intimidad como el que usted exigía para Paul Radbuka? Pero Paul siguió a Max Loewenthal hasta su casa. ¿Todo eso se le ocurrió a él sólito?
Era lo bastante humana como para avergonzarse y contestó con un tono más calmado:
– Yo no le di el nombre de Max Loewenthal. Desgraciadamente, Paul lo vio escrito en la agenda que está sobre mi mesa. Cuando le dije que existía la posibilidad de que usted conociese a un pariente suyo, ató cabos. Es muy listo. Pero eso no da derecho a que se burlen de él -añadió, intentando recuperar la ventaja.
– Paul irrumpió en una fiesta privada y enervó a todo el mundo inventándose tres versiones diferentes de su vida en igual cantidad de minutos -sabía que no tenía que perder los nervios, pero no pude evitar ser cortante-. Es un desequilibrado peligroso. Tenía ganas de hablar con usted para preguntarle qué le hizo pensar que era un buen candidato para la hipnoterapia.
– Cuando nos conocimos el viernes no mencionó usted que hubiera hecho una especialidad en psicología clínica -dijo Rhea Wiell con un tono meloso que resultaba aún más irritante que su gélida furia-. No sabía que pudiese evaluar si un candidato es apto o no para la hipnosis. ¿Le parece que es un desequilibrado peligroso porque amenazó la paz mental de unas personas que se avergonzaban de tener que admitir que estaban emparentadas con él? Hoy por la mañana Paul me dijo que todos sabían quién era Sofie Radbuka, pero que se negaron a decírselo y que usted les incitaba a comportarse de esa forma. Para mí eso es inhumano.