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Respiré hondo, intentando aplacar mi furia, puesto que necesitaba su ayuda y sería imposible obtenerla si seguía cabreada conmigo.

– Hace cincuenta años el señor Loewenthal buscó a una familia apellidada Radbuka que había vivido en Viena antes de la guerra. No los conocía personalmente sino que eran conocidos de la doctora Herschel. El señor Loewenthal emprendió la búsqueda de cualquier rastro sobre ellos cuando regresó a Europa en 1947 o 1948 para buscar a su propia familia.

Mitch soltó un ladrido breve y corrió hacia la puerta. Entró Mary Louise y me gritó algo sobre Fepple. La saludé con la mano pero seguí con la atención puesta en el teléfono.

– Cuando Paul comentó que había nacido en Berlín, el señor Loewenthal le dijo que entonces era muy difícil que estuviese emparentado con los Radbuka que él había estado buscando tantos años atrás. Así que Paul ofreció al instante dos posibles alternativas: que tal vez él había nacido en Viena o incluso en el gueto de Lodz, adonde habían sido enviados los Radbuka de Viena en 1941. Todos, el señor Loewenthal, yo y un defensor de los derechos humanos llamado Morrell, opinábamos que si pudiésemos ver los documentos que Paul encontró en el escritorio de su padre, bueno, de su padre adoptivo, después de que éste muriera, se podría llegar a alguna conclusión sobre un posible parentesco o no. También le sugerimos que se hiciese una prueba de ADN. Paul rechazó ambas propuestas con igual vehemencia.

Rhea Wiell hizo una pausa y luego dijo:

– Paul dice que usted intentó impedirle la entrada en la casa y que luego llevó a un grupo de niños para que se burlaran de él y le insultasen.

Me contuve para no ponerme a gritar por teléfono.

– Cuatro niños pequeños bajaron la escalera a todo correr, vieron a su paciente y empezaron a gritar que era el lobo malo. Créame, todos los adultos que estaban cerca actuaron de inmediato para hacerlos callar, pero eso le molestó a Paul. A cualquiera le molestaría tener que aguantar las burlas de un grupo de niños desconocidos, pero supongo que el incidente provocó en la mente de Paul unas asociaciones desagradables con su padre, bueno, con su padre adoptivo… Señorita Wiell, ¿podría convencer a Paul para que nos permita, al señor Loewenthal o a mí, ver esos documentos que encontró entre los papeles de su padre? ¿De qué otro modo podríamos investigar esa relación que Paul establece entre él y el señor Loewenthal?

– Lo pensaré -dijo con tono mayestático-, pero después del desastre de anoche no confío en que usted vaya a respetar los intereses de mi paciente.

Hice el gesto más desagradable que me fue posible con la cara, pero mantuve un tono de voz calmado.

– No haría nada deliberado para causarle ningún daño a Paul Radbuka. Sería de gran ayuda que el señor Loewenthal pudiese ver esos documentos, ya que es la persona que más sabe de la historia familiar de sus amigos.

Cuando colgó, tras contestar con poco entusiasmo que lo pensaría, le hice una pedorreta bien fuerte.

Mary Louise me miró extrañada.

– ¿Estabas hablando con Rhea Wiell? ¿Cómo es en persona?

Pestañeé un par de veces, intentando recordar la mañana del viernes.

– Amable. Enérgica. Muy segura de su capacidad. Lo suficientemente humana como para entusiasmarse con la propuesta de Don de escribir un libro sobre ella.

– ¡Vic! -Mary Louise se sonrojó-. Es una terapeuta destacada. No empieces a atacarla. Puede que sea un poco agresiva defendiendo su punto de vista, pero es que… tiene que enfrentarse en público a un montón de insultos. Además… -añadió con astucia-, tú también eres así. Puede que ésa sea la razón por la que chocáis.

Torcí el gesto.

– Al menos Paul Radbuka está de acuerdo contigo. Dice que ella le salvó la vida. Con lo cual me pregunto cómo estaría antes de que le curase: nunca he visto a alguien tan terriblemente inseguro -le resumí con brevedad el comportamiento de Radbuka en la casa de Max la noche anterior, pero no sentía ganas de añadir la historia de Lotty y de Cari.

Mary Louise hizo un gesto de desaprobación al oír mi informe, pero insistió en que Rhea tendría una buena razón para haberlo hipnotizado.

– Si estaba tan deprimido que ni siquiera podía salir de su apartamento, al menos esto ha sido un paso adelante.

– ¿Andar persiguiendo a Max Loewenthal y afirmar que es su primo es un paso adelante? ¿Hacia dónde? ¿Hacia una cama en un manicomio? Lo siento -dije rápidamente cuando vi que Mary Louise me volvía la espalda malhumorada-. Está claro que ella se preocupa mucho por él. Pero es que anoche nos sentimos bastante intimidados cuando se presentó en la casa de Max sin haber sido invitado, eso es todo.

– Está bien, está bien -se encogió de hombros, pero se giró hacia mí con una sonrisa de determinación y cambió de tema para preguntarme qué sabía de la muerte de Fepple.

Le conté cómo encontré el cuerpo. Después de perder el tiempo sermoneándome por intentar forzar la puerta de la oficina de Fepple, consintió en llamar a su antiguo jefe en el Departamento de Policía y averiguar cómo iba el caso. Su crítica me recordó que había metido algunas de las viejas carpetas de Rick Hoffman en el portafolios de Fepple, que lo había guardado en el maletero del coche y que me había olvidado de ello. Mary Louise dijo que suponía que no tendría ningún problema en investigar a los beneficiarios y ver si la compañía les había pagado en regla, siempre y cuando no tuviese que andar explicando de dónde había obtenido sus nombres.

– Tú no estás hecha para este trabajo, Mary Louise -le dije cuando regresé de mi coche con el portafolios de Fepple-. Estás acostumbrada a ser poli, a que la gente conteste cualquier pregunta a la policía sin que ésta tenga que recurrir a la astucia, porque a todo el mundo le pone muy nervioso la posibilidad de que le detengan.

– Creía que se podía ser astuta sin tener que mentir -refunfuñó mientras recogía las carpetas-. ¡Qué asco, Vic! ¿Tenías que vomitarles tu desayuno encima?

Una de las carpetas tenía una mancha de gelatina, con la que también me había ensuciado las manos. Cuando revisé el interior del portafolios con más cuidado, vi que había una rosquilla de bizcocho y gelatina aplastada entre papeles y otros restos de basura. Era un asco. Me lavé las manos, me puse los guantes de goma y vacié el portafolios sobre una hoja de periódico. Mitch y Peppy estaban tremendamente interesados, sobre todo en la rosquilla, así que puse la hoja de periódico sobre un aparador.

Aquello despertó la curiosidad de Mary Louise. También se puso unos guantes de goma y me ayudó a revisar toda aquella basura. No era un botín apetitoso ni informativo. Había un suspensor, tan gris y arrugado que era casi irreconocible, mezclado con informes de la compañía y pelotas de pingpong. La rosquilla de gelatina. Otra caja de galletitas abierta. Líquido de enjuage bucal.

– ¿Sabes una cosa? Es muy raro que no haya ninguna agenda, ni aquí, ni sobre su escritorio -dije después de haberlo revisado todo.

– Tal vez tenía tan pocas citas que no necesitaba agenda.

– O tal vez el tipo con el que quedó el viernes por la tarde se la llevó para que nadie viese que tenía una cita con él. Se la llevó junto con el expediente de Sommers.

Me pregunté si borraría alguna prueba clave si limpiaba la gelatina del interior del portafolios con un paño húmedo, pero me negaba a volver a meter todas aquellas cosas en aquella mierda.

Cuando Mary Louise me vio encaminarme al cuarto de baño en busca de una esponja, lo festejó con fingido entusiasmo.

– ¡Pero bueno, Vic! Si puedes limpiar un portafolios, quizás también puedas aprender a archivar los papeles en sus carpetas.