Ralph apretó los dientes y soltó un gruñido.
– No me extrañaría que lo consiguieras, si crees que eso te serviría para algo.
– Eso nos vuelve a situar en el punto de partida. ¿Por qué no dejas que hojee la carpeta de Sommers para que me pueda largar de aquí y dejarte en paz?
– Nunca me has dejado precisamente en paz, Vic.
Me pareció que ya tenía bastante de aquel tonito y su doble sentido, así que le quité la carpeta y empecé a hojear su contenido. Él se inclinó sobre mí mientras yo miraba con mucha atención cada uno de los papeles. No veía nada extraño en los informes de los pagos del tomador del seguro ni en el registro de reclamaciones. Aaron Sommers había comenzado a hacer pagos semanales el 13 de mayo de 1971 y había acabado de pagar íntegramente la póliza en 1986. Había una solicitud por defunción, firmada por su viuda y protocolarizada ante notario, fechada en septiembre de 1991 y pagada unos días más tarde. Había dos copias del cheque cobrado: la que Connie había impreso a partir de la microficha y la que Fepple le había pasado por fax. Parecían idénticas.
Adjunta a una carta dirigida a Ajax en la que se les comunicaba la formalización del seguro, figuraba una copia de la hoja de trabajo de Rick Hoffman en la que éste había anotado las cantidades de los pagos semanales. Yo había supuesto que la firma tendría una letra tan historiada como la de la hoja que había encontrado en el maletín de Fepple, pero se trataba de una caligrafía común y corriente.
Ralph miraba detalladamente cada una de las hojas, en cuanto yo acababa con ellas.
– Supongo que está todo en orden -dijo cuando acabamos de verlas todas.
– ¿Sólo supones? ¿Es que hay algo que no esté bien?
Negó haciendo un movimiento de cabeza, pero tenía aspecto de desconcierto.
– Está todo. Todo en orden. Todo como los diez mil expedientes que habré inspeccionado a lo largo de los últimos veinte años, pero no sé por qué hay algo que me resulta raro. Bueno, tú vete, que yo me voy a quedar con Denise mientras hace fotocopias de todos los documentos para que haya dos testigos del contenido del expediente.
Ya eran más de las seis. Por si acaso Posner continuaba estando ante las puertas, decidí bajar a ver si todavía podía seguirle el rastro a Radbuka. Ya casi estaba en el ascensor, cuando Ralph me alcanzó.
– Perdona, Vic. Antes me pasé un poco, pero es que la coincidencia de que tú estuvieras en la planta al tiempo que se había perdido una microficha, sabiendo que, a veces, utilizas métodos poco ortodoxos…
Torcí el gesto.
– Tienes razón, Ralph, pero te juro que no me acerqué a tu microficha. ¡Palabra de scout!
– Me gustaría saber qué demonios tenía de importante ese condenado seguro de vida -dijo, dando un golpe con la palma de la mano contra la pared del ascensor.
– El agente que vendió el seguro, Rick Hoffman, lleva muerto siete años. ¿Seguirá teniendo tu compañía un registro con su dirección o la de su familia o algo sobre él? Tenía un hijo que ahora, no sé, debe de andar por los sesenta años y quizás él tenga algunos papeles que arrojen un poco de luz sobre esta situación -era como buscar una aguja en un pajar, pero tampoco contábamos con ningún otro material consistente.
Ralph sacó una agendita del bolsillo de la camisa y garabateó una nota.
– He empezado la tarde acusándote de robo y la voy a acabar como si fuera tu chico de los recados. Veré qué puedo averiguar, aunque no me hace ninguna gracia que hayas llamado a la policía. Ahora querrán andar por aquí e interrogar a Connie y me niego a creer que matara a ese tipo. Podría haberle disparado si hubiera tenido una pistola y si hubiera quedado con él para ir a verlo y si él se hubiera pasado de la raya, pero ¿tú te la puedes imaginar planeando un asesinato e intentando que pareciese un suicidio?
– Siempre he sido demasiado impulsiva, Ralph, pero no puedes andar acusándome por ahí basándote simplemente en que mis métodos no son ortodoxos. Además, tienes que enfrentarte al hecho de que alguien estuvo revolviendo en ese archivo. La solución a la que habéis llegado la señorita Bigelow y tú no es más que poner un parche, tenéis que contarle a los policías que están investigando la muerte de Fepple que alguien ha robado esa microficha. Deberías hacer que vinieran por aquí, independientemente de cómo pueda afectar a la imagen de tu empresa. Y, en cuanto a Connie Ingram, debería contestar a sus preguntas, pero demuéstrale que eres un buen tipo poniéndola en contacto con los de vuestra asesoría jurídica. Asegúrate de que alguien de ese Departamento esté presente cuando la interroguen. Parece que confía en la señorita Bigelow, que ella también la acompañe durante el interrogatorio. Todo dependerá de cuándo se introdujo su nombre en el ordenador de Fepple y de si tiene alguna coartada para la noche del viernes.
Sonó la campanita de llegada del ascensor. Mientras entraba, Ralph me preguntó, como de pasada, que dónde había estado yo el viernes por la noche.
– Con unos amigos que responderán por mí.
– Estoy seguro de que tus amigos responderán por ti -dijo Ralph con tono agrio.
– ¡Levanta ese ánimo! -dije yo poniendo una mano para evitar que las puertas del ascensor se cerraran-. La madre de Connie hará lo mismo por ella. Y otra cosa, Ralph, en lo del expediente de Sommers, sigue tu instinto. Si tu sexto sentido te dice que hay algo que no está bien, intenta ver qué puede ser. ¿Lo harás?
Para cuando llegué al vestíbulo de entrada, la calle estaba tranquila. La mayor parte de los empleados ya se habían ido, con lo cual no tenía sentido que Posner y Durham siguieran haciendo desfilar a sus tropas. Todavía quedaban unos cuantos polis en la intersección, pero, salvo por los folletos tirados por las aceras, no había rastros de la multitud que estaba allí cuando llegué. Había perdido la oportunidad de seguir a Radbuka hasta su casa, al Radbuka cuyo apellido paterno no había sido Ulrich.
De camino al aparcamiento me paré en una entrada para llamar a Max, en parte para decirle que pensaba que Radbuka no iría por allí aquella noche y, en parte, para saber si estaba dispuesto a enseñarle a Don los papeles sobre su búsqueda de la familia Radbuka.
– Ese tal Streeter es estupendo con la pequeña -me dijo-. Está siendo de gran ayuda. Aunque pienses que ese hombre que se hace llamar Radbuka no va a venir por aquí, creo que le vamos a pedir que se quede esta noche.
– Sí, debes quedarte a Tim, sin duda. Yo no puedo garantizarte que Radbuka no vaya a molestarte, sino, solamente, que de momento anda pegado a Joseph Posner. Le he visto a su lado en la manifestación a las puertas del edificio Ajax hace una hora. Apuesto a que eso le hace sentirse lo suficientemente aceptado como para mantenerlo alejado de tu casa esta noche, pero ese tipo es como una bala perdida que puede salir rebotando por cualquier sitio.
También le conté la entrevista que había tenido con Rhea Wiell.
– Es la única persona que parece capaz de ejercer algún control sobre Radbuka pero, por alguna razón, no está dispuesta a hacerlo.
Si le dejas a Don ver las notas de ese penoso viaje que hiciste a Europa después de la guerra, tal vez él persuada a Rhea de que es cierto que tú no estás emparentado con Paul.
Después de que Max me dijera que estaba de acuerdo, dejé un mensaje en el buzón de voz del teléfono móvil de Don diciéndole que lo llamase. Eran las seis y media y no me quedaba tiempo suficiente para pasar por casa o por la oficina antes de ir a la cena. Después de todo, podía intentar pasarme por casa de Lotty antes de ir a la de los Rossy.
Las seis y media de la tarde en Chicago, la una y media de la mañana en Roma, donde Morrell estaría a punto de aterrizar. Pasaría el día siguiente allí con los del equipo de Médicos para la Humanidad, volaría a Islamabad el jueves y luego iría por tierra a Afganistán. Durante un momento me sentí vencida por la desolación: mi cansancio, las preocupaciones de Max, la agitación de Lotty… y todo aquello con Morrell casi al otro lado del mundo. Estaba demasiado sola en aquella gran ciudad.