– Entonces, ¿si ve que meten a Posner en un furgón policial cancelará la donación? Pero es que, si muere alguien que esté sufriendo un ataque cardíaco porque no puede llegar hasta el hospital, vais a tener que hacer frente a una demanda que superará cualquier ayuda económica que os haya hecho esa mujer.
– Es lo que ha decidido Max. El y la junta directiva. Y claro que son conscientes de los riesgos.
Su terminal telefónica empezó a parpadear. Apretó uno de los botones.
– Oficina del señor Loewenthal… No, ya sé que usted sólo va a estar hasta la una y media. En cuanto quede libre el señor Loewenthal, le transmitiré su mensaje… Sí, ojalá no nos dedicáramos a salvar vidas; así nos sería más fácil dejar todo a un lado para poder atender a los medios de comunicación. Oficina del señor Loewenthal, un momento, por favor… Oficina del señor Loewenthal, un momento, por favor -me miró, exasperada, tapando el auricular con la mano-. En este lugar funciona todo mal. Esa tonta de telefonista temporal que me mandaron los del Departamento de Personal ha salido a almorzar hace una hora. Seguro que está ahí fuera disfrutando del espectáculo y, a pesar de que soy la secretaria del director ejecutivo, los de Personal no me mandan a nadie más.
– Bueno, bueno, te dejo con tus cosas. Tengo que hacerle algunas preguntas a Posner. Dile a Max, si lo ves, que no implicaré al hospital.
Cuando llegué al vestíbulo me abrí paso a codazos entre la multitud, que otra vez estaba obstruyendo las puertas giratorias. Nada más salir, comprendí la razón de su avidez: los manifestantes habían dejado de dar vueltas y se habían apiñado detrás de Joseph Posner, que le estaba gritando a una mujer bajita, enfundada en una chaqueta del hospital.
– Usted pertenece a la peor clase de antisemitas, a los que traicionan a su propio pueblo.
– Y usted, señor Posner, pertenece a la peor calaña, a los que abusan de los sentimientos de los seres humanos, explotando los horrores de Treblinka para engrandecimiento propio.
Hubiera reconocido aquella voz en cualquier parte, por la forma en que la rabia cortaba las palabras como si fuese una cuchilla rebanando el extremo de un puro. Empujé a dos de los macabeos de Posner para llegar hasta mi amiga.
– Lotty, ¿qué estás haciendo aquí? Esta es una batalla perdida, prestarle atención a este tipo es como echar leña al fuego.
Posner, con las aletas de la nariz dilatadas por la rabia y la boca torcida en gesto de desafío, parecía uno de esos dibujos titulados El gladiador que espera al león que aparecían en mi libro de Historia Ilustrada de Roma de cuando era niña.
Lotty, que era un león pequeño, pero feroz, me apartó.
– Tú métete en tus propios asuntos, Victoria. Este hombre está difamando a los muertos en su propio beneficio. Y me está difamando a mí.
– Entonces le llevaremos ante un tribunal -le dije-. Hay cámaras de televisión grabándolo todo.
– Adelante, lléveme a los tribunales si se atreve -dijo Posner, girándose hacia donde estaban sus seguidores y los periodistas para que pudieran oírle-. No me importa pasar cinco anos en la cárcel, si eso sirve para que el mundo entienda la causa de mi pueblo.
– ¿Su pueblo? -dije con tono irónico-. ¿Es que ahora es usted Moisés?
– ¿Cómo prefiere que los llame? ¿Mis «seguidores», mi «equipo»? Da igual el nombre que les dé, ellos saben que posiblemente tengamos que soportar sufrimientos y sacrificios para llegar a donde queremos. Comprenden que parte de ese sufrimiento es tener que aguantar los insultos de ignorantes descreídos como usted o como esta doctora.
– ¿Y qué pasa con el sufrimiento de los pacientes? -le pregunté-. Hay una anciana que no puede volver a su casa después de una operación porque usted tiene bloqueada la puerta principal. Si su familia le pone una demanda de varios millones de dólares por daños y perjuicios, ¿también comprenderá eso «su pueblo»?
– Victoria, no necesito que intervengas en mi guerra -dijo Lotty, con la voz tensa por la furia-. O que dispares con la misma pólvora que este imbécil.
No le hice caso.
– Por cierto, señor Posner, usted sabe que «su pueblo» tiene que circular, que la policía se los puede llevar a todos detenidos si se quedan aquí papando moscas y bloqueando la entrada.
– No necesito que venga ninguna extraña a darme clases de leyes -dijo Posner, pero le hizo un gesto a sus seguidores para que se pusieran otra vez a andar en círculos.
Paul Radbuka estaba pegado a su lado. Su expresiva cara de payaso transida de placer al principio, cuando hablaba Posner, pasó después al desdén cuando habló Lotty, y cuando, de pronto, me reconoció, se llenó de furia.
– Rabino Joseph, ésa es la mujer, la detective, mi enemiga, la que está poniendo a mi familia en mi contra.
Los equipos de televisión, que habían estado enfocando sus cámaras a Lotty y a Posner, se volvieron de repente hacia Radbuka y hacia mí. Oí a alguien que decía detrás de los focos:
– ¿Es esa Warshawski, la detective? Pero ¿qué está haciendo aquí? -era Beth Blacksin, que me gritó, entusiasmada-. Vic, ¿te ha contratado el hospital para investigar las denuncias de Posner? ¿Estás trabajando para Max Loewenthal?
Intenté ver más allá de la luz de los focos colocando las manos a modo de visera encima de mis ojos.
– Tengo que hacerle una pregunta privada al señor Posner, Beth, que no tiene ninguna relación con el hospital.
Le di unos golpecitos en el brazo a Posner y le dije que me gustaría hablar con él lejos de las cámaras. Posner dijo con tono severo que él no podía hablar a solas con una mujer.
Sonreí, divertida.
– No se preocupe, si en algún momento no puede dominar sus impulsos, no tendré problemas en romperle un brazo. O, tal vez, los dos. Pero, si prefiere, puedo hacer mi pregunta en voz alta y frente a las cámaras.
– Todo lo que tengo que decir sobre Lotty Herschel y también sobre usted puedo decirlo delante de las cámaras -dijo Radbuka, metiéndose en la conversación-. Usted piensa que puede venir y apartarme de mi familia, igual que contrató a ese matón en casa de Max para que estuviese siempre con mi primita, pero no se va a salir con la suya. Rhea y Don me van a ayudar para que el mundo conozca mi historia.
Posner intentó hacer callar a Radbuka, diciéndole que él se encargaría de la detective. A mí me dijo que él no tenía nada que ocultar.
– Bertrand Rossy -dije por lo bajo y después miré hacia donde estaban las cámaras y dije en voz alta-. Beth, vengo a preguntarle al señor Posner sobre la reunión que tuvo…
Posner se puso de espaldas a las cámaras con un gesto brusco.
– No sé qué se cree usted que sabe, pero cometerá un gran error mencionando su nombre en televisión.
– ¿Qué reunión, señor Posner? -preguntó uno de los periodistas-. ¿Tiene alguna relación con la derrota que sufrió el proyecto de ley sobre la Recuperación de los Bienes de las Víctimas del Holocausto el martes pasado?
– Usted ya sabe que le voy a preguntar sobre Rossy y sobre la razón por la que suspendió la manifestación que había organizado en Ajax -le dije a Posner por lo bajo-. De usted depende que lo hagamos delante de los micrófonos o no. A usted le gusta la publicidad y ellos tienen micrófonos direccionales así que, si hablo en voz alta, podrán grabar nuestra conversación aunque no estén al lado nuestro.