– Deje eso, por favor -dijo con la voz más tranquila posible. Se desató las trenzas y volvió a atárselas con fuerza antes de seguir hablando. Entonces sólo dijo-: Llamé… Llamé en cuanto me lo dijeron.
– ¿Así que sabía que había muerto? -Havers dejó la fotografía en su sitio, pero hacia fuera para que Lynley pudiera verla: una Ulrike muy joven, un hombre mayor en atuendo de ministro que quizá era su padre y, en medio de los dos, Nelson Mándela, vestido con ropa alegre.
– No, no -dijo Ulrike-. No quería decir… Cuando Kimmo dejó de venir el quinto día de su curso de orientación, Griff Strong me informó, como debía hacer. Llamé al agente de la condicional de Kimmo enseguida. Es lo que hacemos si uno de nuestros chicos viene aquí por orden del juez o a través de servicios sociales.
– ¿Griff Strong es…?
– Un trabajador social. Tiene formación de trabajador social, quiero decir. En Coloso no somos trabajadores sociales propiamente dichos. Griff dirige uno de nuestros cursos de orientación. Se le da muy bien trabajar con los chicos. Muy pocos abandonan cuando han tenido a Griff.
Lynley vio que Havers anotaba aquella información.
– ¿Griff Strong también está aquí? -preguntó Lynley-. Si conocía a Kimmo, queremos hablar con él.
– ¿Con Griff? -Ulrike miró el teléfono por algún motivo, como si fuera a darle la respuesta-. No. No está aquí. Tiene que traer un reparto… -Pareció necesitar colocarse las trenzas en una posición más cómoda-. Me dijo que hoy llegaría tarde, así que no lo esperamos hasta… Verán, hace nuestras camisetas y sudaderas. Es un empleo complementario que tiene. Puede que las hayan visto fuera en la recepción. En la vitrina. Es un trabajador social excelente. Es una suerte tenerlo entre nosotros.
Lynley notó que Havers lo miraba. Sabía qué estaba pensando: más piedra que picar.
– Tenemos otro chico muerto -dijo-. Jared Salvatore. ¿También era uno de los suyos?
– Otro…
– Estamos investigando cinco muertes en total, señorita Ellis.
– ¿Lee los periódicos, por casualidad? -preguntó Havers-. ¿Los lee alguien por aquí, en realidad?
Ulrike la miró.
– Esa pregunta no es justa.
– ¿Cuál? -dijo Havers, pero no esperó la respuesta-. Estamos hablando de un asesino en serie. Va tras chicos de la edad de los que tiene ahí fuera en el aparcamiento, fumando. Uno de ellos podría ser el siguiente, así que disculpe mis modales, pero me da igual que crea que es justo.
En otras circunstancias, Lynley habría frenado a la detective. Pero vio que la demostración de impaciencia de Havers sur tía efecto. Ulrike se puso en pie y se dirigió al archivador. Se puso en cuclillas y abrió uno de los atiborrados cajones, cuyas carpetas fue pasando deprisa.
– Por supuesto que leo… Compro el Guardian. Todos los días. O siempre que puedo.
– Pero últimamente no, ¿verdad? -dijo Havers-. ¿Por qué?
Ulrike no respondió. Siguió repasando los archivos. Por fin cerró el cajón de un golpe y se levantó con las manos vacías.
– No hay ningún Salvatore entre nuestros chicos -dijo-. Espero que estén satisfechos. Y ahora déjenme que les pregunte algo yo a ustedes. ¿Quién les ha mandado a Coloso?
– ¿Quién? -preguntó Lynley-. ¿Qué quiere decir?
– Vamos, venga. Tenemos enemigos. Cualquier organización como ésta… que intenta realizar el mínimo cambio en este puto país atrasado… ¿De verdad creen que no hay gente que quiere que fracasemos? ¿Quién les ha puesto sobre la pista de Coloso?
– El trabajo policial nos ha puesto sobre la pista de Coloso -dijo Lynley.
– La comisaría del distrito de Borough High Street, para ser exactos -añadió Havers.
– De verdad quieren que crea… Están aquí porque creen que la muerte de Kimmo tiene algo que ver con Coloso, ¿verdad? Bien, eso no se les habría ni ocurrido si no se lo hubiera sugerido alguien de fuera de estas paredes, ya sea alguien de la comisaría de Borough High Street o alguien de la vida de Kimmo.
Como Blinker, pensó Lynley. Excepto que el amigo lleno de piercings de Kimmo no había mencionado Coloso, si es que saina algo del tema.
– Díganos qué ocurre en el curso de orientación -dijo Lynley.
Ulrike volvió a su mesa. Por un momento, se quedó mirando el teléfono, como si esperara una salvación concertada previamente. Detrás de ella, Havers se había movido hacia una pared con títulos, certificados y distinciones, donde había estado.morando detalles destacados de los objetos expuestos. Ulrike la observó.
– Nos preocupamos de verdad por estos chicos -dijo-. Queremos influirles. Creemos que el único modo de hacerlo es estableciendo una conexión: una vida con otra vida.
– ¿La orientación es eso, pues? -preguntó Lynley-. ¿Intentar conectar con los jóvenes que vienen aquí?
Era eso y mucho más que eso, les dijo. Era la primera experiencia que vivían los jóvenes con Coloso: dos semanas durante las cuales se reunían todos los días con un grupo de diez jóvenes más y con un orientador: Griffin Strong, en el caso de Kimmo. El objetivo era captar su interés, demostrarles que podía irles bien en una cosa u otra, crear en ellos una sensación de confianza y animarles a comprometerse a participar en el programa Coloso. Comenzaban desarrollando un código personal de conducta para el grupo y cada día evaluaban lo que había sucedido -y lo que habían aprendido- el día anterior.
– Primero, juegos para romper el hielo -dijo Ulrike-. Luego, actividades de confianza. Luego, un reto personal, como escalar la pared de roca que hay atrás. Luego, una excursión que planean y hacen juntos. Al campo o a la costa. A caminar por los montes Peninos. Algo así. Al final, les invitamos a que vuelvan a tomar clases. De informática. De cocina. De salud. Sobre cómo vivir solos. Se forman para ganarse la vida.
– ¿A trabajar, quiere decir? -preguntó Havers. -No están preparados para trabajar. No al principio de llegar aquí. La mayoría hablan en monosílabos o ni siquiera hablan. Están vencidos. Lo que intentamos es mostrarles que hay otra forma de hacer las cosas que la que han visto en las calles. Que vuelvan a estudiar, que aprendan a leer, que acaben el instituto, que se alejen de las drogas. Que crean en su futuro. Que controlen sus sentimientos. Que tengan sentimientos, en primer lugar. Que desarrollen su autoestima. -Los miró a los dos con dureza, como si intentara leerles el pensamiento-. Ya sé qué piensan. El rollo sensiblero. Lo último en jerga de psicología barata. Pero la verdad es que si van a cambiar de conducta, lo harán desde dentro hacia fuera. Nadie elige un camino distinto hasta que se siente distinto.
– ¿Era el plan que tenían para Kimmo? -preguntó Lynley-. Por lo que sabemos, parecía que ya se sentía bastante bien consigo mismo, a pesar de las decisiones que tomaba.
– Nadie que tome las decisiones que tomaba Kimmo se siente bien consigo mismo en el fondo, comisario.
– ¿Así que esperaba que cambiara con el tiempo y asistiendo a Coloso?
– Nuestro nivel de éxito es muy alto -dijo-. A pesar de lo que obviamente piensa de nosotros. A pesar de que no supiéramos que Kimmo había sido asesinado. Hicimos lo que teníamos que hacer cuando dejó de venir.
– Como ya ha dicho -asintió Lynley-. ¿Y qué hacen con los demás?
– ¿Los demás?
– ¿Todos llegan aquí a través de Menores?
– En absoluto. La mayoría vienen porque han oído hablar de nosotros por una vía totalmente distinta. En la iglesia o el colegio, a través de alguien que ya participa en el programa. Si se quedan es porque comienzan a confiar en nosotros y comienzan a creer en sí mismos.
– ¿Qué pasa con los que no? -preguntó Havers.
– ¿Los que no qué?
– ¿Los que no comienzan a creer en sí mismos?
– Obviamente, este programa no funciona para todos. ¿Cómo podría hacerlo? Tenemos en contra todos sus antecedentes, desde abusos a xenofobia. A veces, un chico no se adapta aquí mejor de lo que pueda adaptarse a cualquier otro sitio. Así que entra y luego abandona, las cosas son así. No obligamos a quedarse a nadie que no esté aquí por un mandato judicial. En cuanto al resto, mientras obedezcan las normas, tampoco los obligamos a marcharse. Pueden pasarse años aquí, si quieren.