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– La verde me la puse ayer, Helen.

– Bah -dijo-. Nadie se fijará. Créeme. Nadie se fija nunca en las corbatas de los hombres.

No le hizo ver a Helen que se estaba contradiciendo. Simplemente sonrió. Fue hacia la cama y se sentó.

– ¿Qué vas a hacer hoy? -le preguntó.

– Le he prometido a Simón que trabajaría unas horas. Ha vuelto a comprometerse con demasiadas cosas.

– ¿Y cuándo no lo hace?

– Bueno, me ha suplicado que lo ayudara a preparar un artículo sobre no sé qué sustancia química aplicada a no sé qué para producir yo qué sé qué. No lo entiendo. Yo sólo voy a donde me indica e intento estar atractiva. Aunque pronto va a ser imposible -dijo, mirándose la barriga con cariño.

Lynley le dio un beso en la frente y luego en la boca.

– Para mí siempre serás atractiva -le dijo-. Incluso cuando rengas ochenta y cinco años y se te hayan caído todos los dientes.

– Tengo pensado conservar los dientes hasta que me muera -le informó-. Estarán perfectamente blancos, totalmente rectos y mis encías no habrán retrocedido ni un milímetro.

– Estoy impresionado -le dijo.

– Una mujer debería de tener siempre alguna «ambición» en la vida -contestó ella.

Lynley se rió. Ella siempre le hacía reír. Por eso era una necesidad para él. De hecho, le hacía mucha falta aquella mañana, para dejar de pensar en Barbara Havers y su indudable deseo de suicidarse.

Si Helen era un milagro para él, Barbara era un enigma. Cada vez que creía que por fin la había puesto en el camino de la redención profesional, hacía algo para sacarle de su error. No trabajaba en equipo. Si le asignaba una tarea como a cualquier otro miembro de una investigación, era probable que optara por uno de estos dos caminos: adornar la tarea hasta que quedaba irreconocible o ir a lo suyo y pasar olímpicamente. Pero ahora mismo, con cinco asesinatos que exigían una actuación antes de que se convirtieran en seis, había demasiado en riesgo como para que Barbara no hiciera exclusivamente lo que se le pedía.

Aun así, a pesar de sus costumbres exasperantes, Lynley había tenido la sabiduría de aprender a valorar la opinión de Barbara. Francamente, no tenía un pelo de tonta. Así que permitió que se quedara en su despacho mientras Dee Harriman iba a buscar a St. James al vestíbulo.

Cuando los tres estuvieron juntos y St. James rechazó el café que le ofrecía Dee, con lo que la secretaria regresó a su mesa, Lynley señaló la mesa de reuniones y se sentaron como habían hecho tan a menudo en el pasado y en tantos otros lugares. Las primeras palabras de Lynley también fueron las mismas.

– ¿Qué tenemos?

St. James cogió un fajo de papeles del sobre de papel manila que llevaba con él e hizo dos pilas. En una estaban los informes de las autopsias. La otra consistía en una ampliación de la mancha realizada con sangre en la frente de Kimmo Thorne, una fotocopia de un símbolo similar y un informe cuidadosamente mecanografiado aunque breve.

– Ha llevado su tiempo -dijo St. James-. Hay una cantidad exorbitante de símbolos ahí fuera. Desde señales de tráfico universales a jeroglíficos. Pero, en general, diría que es un tema bastante sencillo.

Le entregó a Lynley la fotocopia y la ampliación de la marca que le habían hecho a Kimmo Thorne. Lynley las puso una al lado de la otra mientras buscaba en su chaqueta las gafas de lectura. Todos los elementos del símbolo estaban presentes en ambos documentos: el círculo, las dos líneas entrecruzándose dentro y luego, extendiéndose más allá del círculo, las puntas en forma de cruz al final de las dos líneas.

– Lo mismo -dijo Barbara Havers, estirando el cuello para ver los dos documentos-. ¿Qué es, Simón?

– Un símbolo alquímico -dijo St. James.

– ¿Qué significa? -preguntó Lynley.

– Purificación -contestó-. En concreto, un proceso de purificación que se logra eliminando las impurezas con fuego. Diría que por eso les quema las manos.

Barbara soltó un silbido.

– No existe la negación, sólo la salvación -murmuró. Y dirigiéndose a Lynley-: Eliminar las impurezas con fuego. Cree que está salvando sus almas, señor.

– ¿De qué habla? -dijo St. James, y miró a Lynley, quien le dio la copia de la nota que había recibido. St. James la leyó, frunció el ceño y miró pensativo hacia las ventanas-. Este hecho podría explicar por qué no hay un componente sexual en los crímenes, ¿no os parece?

– El símbolo que ha utilizado en la nota, ¿te resulta familiar? -le preguntó Lynley a su amigo.

St. James volvió a examinarlo.

– Cabría pensar que sí, después de todos los iconos que he mirado. ¿Puedo llevármela?

– Adelante -dijo Lynley-. Tenemos otras copias.

St. James guardó la hoja en su sobre de papel manila.

– Hay algo más, Tommy -dijo.

– ¿El qué?

– Llámalo curiosidad profesional. Las autopsias hacen referencia a una herida que presentan todos los cuerpos y que concordaría con un moratón en el costado izquierdo, entre tinco y quince centímetros por debajo de la axila. Excepto en uno de los cadáveres donde la herida también presentaba dos pequeñas quemaduras en el centro, la descripción es la misma en todos los casos: pálida en el medio, más oscura en los bordes, casi roja en el caso del cuerpo hallado en Saint George's Gardens…

– Kimmo Thorne -dijo Havers.

– Sí. Más oscura en los bordes. Me gustaría echar un vistazo a esa herida. Con una fotografía podría ser suficiente, pero prefiero ver uno de los cuerpos. ¿Sería posible? ¿Quizá el de Kimmo Thorne? ¿Ya se ha entregado el cuerpo a la familia?

– Puedo arreglarlo. Pero ¿adonde quieres llegar con esto?

– No estoy del todo seguro -admitió St. James-; pero quizá tenga alguna relación con la forma de someter a los chicos. En las pruebas toxicológicas, no aparecen restos de ninguna droga, así que no los sedó. No hay señales de lucha antes de que los atara por las muñecas y los tobillos, así que no hubo una agresión inicial. Si suponemos que no se trata de una especie de ritual sadomasoquista, de un joven tentado a realizar algún tipo de práctica sexual pervertida a instancias de un hombre mayor que lo mata antes de llevarla a cabo…

– Y no podemos descartarlo -observó Lynley.

– Exacto, no podemos; pero, si suponemos que este caso no tiene un componente sexual manifiesto, vuestro asesino tendrá un modo de lograr atarlos antes de torturarlos y matarlos.

– Estos chicos son espabilados -observó Havers-. No es probable que colaboraran con un tipo que quisiera atarlos porque sí.

– Sí, no es probable -asintió St. James-. Y la presencia de esta herida en los cuerpos sugiere que el asesino sabía desde el principio que ése sería el caso. Así que no sólo hay una conexión entre todas las víctimas…

– Que ya hemos encontrado -le interrumpió Havers. Comenzaba a sonar emocionada, lo que, como sabía Lynley, no era nunca una buena señal cuando se trataba de que no se descarriara-. Simón, existe un grupo de ayuda a la comunidad llamado Coloso. Samaritanos que trabajan con jóvenes de zonas urbanas deprimidas, chicos en situación de riesgo, delincuentes juveniles. Está cerca de Elephant and Castle, y dos de los chicos muertos participaban en su programa.

– Dos de los cuerpos identificados -la corrigió Lynley-. El otro que hemos identificado no está relacionado con Coloso. Y aún nos quedan otros por identificar, Barbara.

– Sí, pero yo digo una cosa -expuso Havers-. Que si investigamos los registros y encontramos qué chicos dejaron de ir a Coloso por las fechas en las que se produjeron estas otras muertes, podremos identificar los otros cuerpos. Este caso tiene que ver con Coloso, señor. Uno de esos tipos tiene que ser nuestro hombre.

– La teoría de que conocían a su asesino es sólida -dijo St. James, como si estuviera de acuerdo con Havers-. También es muy posible que confiaran en él.