– Y ése es otro punto clave en el funcionamiento de Coloso -añadió Havers-. La confianza, y aprender a confiar. Señor, Griff Strong me contó que la confianza incluso forma parte de su curso de orientación. Y precisamente él dirige los juegos de confianza que algunos de los chicos hacen juntos. Dios santo, tendríamos que ir allí con un equipo y acribillarlo a preguntas, y a esos otros tres tipos también, Veness, Kilfoyle y Greenham: todos tienen relación con al menos una de las víctimas; uno de ellos no es trigo limpio, se lo aseguro.
– Podría ser el caso, y agradezco tu entusiasmo por esta tarea -dijo Lynley secamente-; pero ya tienes un trabajo asignado, el mercado de Camden Lock, creo.
Havers tuvo la cortesía de poner cara de haber aprendido la lección.
– Ah, vale -dijo.
– ¿Crees que es éste es un buen momento para hacerlo?
No parecía satisfecha, pero no discutió. Se puso en pie y se dirigió lenta y cansinamente hacia la puerta.
– Me alegro de verte, Simón -le dijo a St. James-. Adiós.
– Yo también -dijo St. James mientras Barbara los dejaba. Se volvió hacia Lynley-. ¿Problemas con Barbara?
– ¿Cuándo no los hay cuando se trata de Havers?
– Siempre he pensado que considerabas que merecía la pena.
– Y así es por lo general.
– ¿Está cerca de recuperar su rango?
– Yo se lo devolvería, a pesar de su empecinamiento; pero no soy yo quien toma la decisión. – ¿Hillier?
– Como siempre. -Lynley se recostó en la silla y se quitó las gafas-. Me ha acorralado esta mañana incluso antes de que entrara en el ascensor; está intentando dirigir la investigación a través de maquinaciones del departamento de prensa, pero los periodistas no se muestran tan dispuestos a colaborar como al principio, ya han dejado de dar las gracias por el café, los cruasanes y los cuatro datos que Hillier les está proporcionando. Parece que ya están atando cabos: tres chicos mestizos asesinados de un modo similar antes que Kimmo Thorne y, por ahora, nadie de la Met ha aparecido en Alerta criminal. Y quieren saber cómo es eso posible. ¿Qué mensaje manda eso a los ciudadanos sobre la importancia relativa de estas muertes respecto a otras en las que la víctima era blanca, rubia, de ojos azules y anglosajona ciento por ciento? Comienzan a formular las preguntas difíciles, y se arrepiente de no haber luchado por mantener al departamento de prensa más alejado de todo esto.
– Orgullo desmesurado -observó St. James. -El orgullo desmesurado de alguien causa estragos -añadió Lynley-; y las cosas van a empeorar: el último chico asesinado, Sean Lavery, estaba en acogida; vivía en Swiss Cottage con un activista social que va a dar una rueda de prensa hoy hacia el mediodía, según me ha contado Hillier. Ya puedes imaginar lo que va a suponer eso para la sed de sangre colectiva de los medios.
– Trabajar con Hillier es el mismo placer de siempre, ¿no? -Amén. La presión está en todas partes. -Lynley miró la fotografía del símbolo alquímico, y se planteó las posibilidades que ofrecía de arrojar luz a la situación-. Voy a hacer una llamada -le dijo a St. James-. Me gustaría que te quedaras a escuchar si tienes tiempo.
Buscó el número de Hamish Robson y lo encontró en la cubierta del informe que el psicólogo de perfiles le había dado. Cuando tuvo a Robson al teléfono, conectó el altavoz y le presentó a St. James.
Le trasladó la información que St. James le había proporcionado y le reconoció sus dotes adivinatorias: le contó que el asesino se había puesto en contacto con él.
– ¿De verdad? -dijo Robson-. ¿Por teléfono? ¿Por carta?
Lynley le leyó la nota.
– Hemos llegado a la conclusión de que el símbolo de purificación en la frente y las manos quemadas están relacionados. Además, tenemos información sobre el aceite de ámbar gris que encontramos en los cuerpos. Al parecer, se utiliza para ceremonias de ira o venganza.
– Ira, venganza, pureza y salvación -dijo Robson-. Diría que está mandando un mensaje bastante claro, ¿no le parece?
– Nosotros pensamos que el origen de todo es un programa de ayuda a la comunidad al otro lado del río -dijo Lynley-. Se llama Coloso; trabajan con jóvenes difíciles. ¿Quiere añadir algo?
Se hizo el silencio durante un momento mientras Robson pensaba.
– Sabemos que su inteligencia está por encima de la media -dijo por fin-, pero está frustrado porque el mundo no ve su potencial. Si la investigación les está acercando a él, no va a dar un paso en falso para permitir que se acerquen más. Así que, si está eligiendo a los chicos a través de una fuente…
– Como Coloso -añadió Lynley.
– Sí. Si está eligiendo a chicos de Coloso, dudo mucho que siga haciéndolo cuando los vea por allí haciendo preguntas.
– ¿Está diciendo que acabarán los asesinatos?
– Puede, pero sólo por un tiempo. Matar le proporciona demasiada gratificación como para dejarlo completamente, comisario. La obligación de matar y el placer que le produce siempre superarán el temor a ser capturado, pero imagino que ahora tendrá mucho más cuidado. Puede que cambie de territorio, que se vaya más lejos.
– Si cree que la policía está cercándolo -dijo St. James-, ¿por qué se pone en contacto por carta?
– Bueno, eso forma parte de la sensación de ser invencible que tiene el psicópata, señor St. James -dijo Robson-. Es una prueba de lo que él considera su omnipotencia.
– ¿El tipo de cosa que conduce a su perdición? -preguntó St. James.
– El tipo de cosa que lo convence de que no puede cometer el error que lo condenará. Es como cuando Brady intentó que su cuñado se sumara a la diversión: cree que tiene una personalidad tan poderosa que nadie que lo conozca pensará en entregarlo, menos aún atreverse a hacerlo. Es el gran defecto que tiene la personalidad ya defectuosa de por sí del psicópata. En este caso, su asesino cree que es intocable por mucho que se acerquen a él. Les preguntará directamente qué pruebas tienen contra él si le interrogan y procurará no darles ninguna en lo sucesivo.
– Creemos que no hay un componente sexual en los crímenes -dijo Lynley-, lo que descarta anteriores delincuentes de la categoría A.
– En este caso lo más importante es el poder -asintió Robson-, pero lo mismo pasa con los crímenes sexuales. Así que puede ser perfectamente que más adelante encuentren algo sexual, una degradación sexual del cuerpo, por ejemplo, si el asesinato en sí mismo no le sigue proporcionando al asesino el nivel requerido de satisfacción y liberación.
– ¿Es lo que pasa normalmente -preguntó St. James- en asesinatos como éstos?
– Es una forma de adicción -dijo Robson-. Cada vez que satisface su fantasía de salvación mediante la tortura, necesita un poco más para obtener esa satisfacción. El cuerpo se hace más tolerante a la droga -sea ésta cual sea- y es necesario aumentar la dosis para alcanzar el nirvana.
– Así que está diciéndonos que esperemos más, y con posibles variaciones.
– Sí. Eso es exactamente lo que estoy diciendo.
Quería sentirlo de nuevo: el subidón que venía de dentro. Quería la sensación de libertad que lo envolvía en el momento final. Quería oír cómo su alma gritaba «¡sí!», justo cuando el chillido apagado debajo de él luchaba por emitir su último y débil «¡no!». Lo necesitaba, más aún, lo merecía; pero, cuando el ansia despertaba en su interior como una presencia exigente, sabía que no podía precipitarse. Eso lo dejaba con la mezcla apremiante y burbujeante de necesidad y deber que sentía corriendo por sus venas. Era como un buceador que sube demasiado deprisa a la superficie. El anhelo se transformaba rápidamente en dolor.
Se tomó algo de tiempo para intentar aplacarlo. Condujo hacia el pantano, donde podría pasear por el camino de sirga a lo largo del río Lea. Pensó que allí trataría de encontrar alivio.
Siempre les entraba el pánico cuando recobraban la conciencia y se veían amarrados a la tabla, las manos y los pies atados y la boca tapada con cinta aislante. Mientras cruzaba la noche en la furgoneta, los oía revolverse en vano detrás de él; algunos, aterrorizados; otros, enfadados. Cuando llegaba al lugar señalado, sin embargo, todos habían superado su reacción preliminar e instintiva y llegado a la mesa de negociaciones. «Haré lo que quieras, pero no me mates.» Nunca lo decían directamente; pero estaba ahí, en sus ojos frenéticos: «Haré lo que sea, seré lo que sea, diré lo que sea, pensaré lo que sea; pero no me mates».