– Barry Minshall, en realidad. No tardo nada. Gracias.
Accedió por la entrada lateral del mercado de Stables, uno de los cuatro mercados que, como mínimo, había en las inmediaciones, y Barbara aprovechó la oportunidad para examinar la furgoneta. No era una Ford Transit, pero no importaba porque no pensaba que fuera la que estaban buscando. Sabía lo improbable que era que un policía que trabajaba en el caso tuviera la suerte de tropezarse en la calle con el asesino en serie que resultaba estar buscando. Pero el color de la furgoneta la intrigó por todo lo que sugería sobre la información errónea que se disfrazaba de verdad.
Barry Minshall regresó y le dio las gracias. Barbara aprovechó la oportunidad para preguntarle qué vendía en su tenderete. Le contestó que juegos, vídeos de magia y artículos de broma. No mencionó ningún tipo de aceite. Barbara lo escuchó, y se preguntó por qué llevaría gafas de sol, teniendo en cuenta el tiempo; en todo caso, después de su encuentro con Wendy, sabía que lo que podía verse por aquella zona no tenía límite.
Se marchó a su coche pensativa. Alguien había hablado de una furgoneta roja, así que a lo largo de toda la investigación habían pensado en una furgoneta roja. Pero el rojo sólo era una parte del espectro del color. ¿Por qué no podía tratarse de un tono más próximo al azul? Sin duda, era algo que debían tener en cuenta.
El sargento Winston Nkata fue con los deberes hechos a Sintoniza con el Señor: había investigado, como era indispensable, los antecedentes del reverendo Bram Savidge. La información que encontró le bastó para preparar su encuentro con el hombre, que había recibido el apodo de el Campeón de Finchley Road en reportajes especiales sobre su parroquia en la revista del Sunday Times y en el Mail on Sunday.
Cuando Nkata entró en la iglesia-comedor con fachada de tienda, estaba en marcha una rueda de prensa. Los pobres y los sin techo a los que habitualmente atendían en el comedor durante el día habían formado una cola alicaída en la acera. La mayoría se había puesto en cuclillas con la paciencia inevitable propia de la gente que ha pasado demasiado tiempo al margen de la sociedad.
Nkata sintió remordimiento al pasar por delante de ellos. «Todo depende de un giro de los acontecimientos», pensó. Era consciente de que lo que lo había alejado de una vida como la de aquellos hombres era el amor inquebrantable de sus padres y la intervención de un policía preocupado. Sintió la misma opresión en el pecho que sentía siempre que tenía que llevar a cabo una misión entre su propia gente. Se preguntó si alguna vez superaría la sensación de que, de algún modo, los había traicionado al tomar un camino que la mayoría de ellos no comprendía.
Había visto la misma reacción en los ojos de Sol Oliver cuando había entrado en su destartalado taller de reparación hacía menos de una hora. Estaba en un edificio de un barrio pobre que ocupaba la estrecha calle de Munro Mcws en North Kensington, llena de grafitos, oscurecida por generaciones de hollín y por los restos de un incendio que había destruido la estructura del edificio contiguo. La parte trasera de las caballerizas daba a Golborne Road, donde Nkata había aparcado su Escort. Allí, el tráfico avanzaba lentamente por un barrio de tiendas lúgubres y puestos de mercado mugrientos, entre aceras rotas y alcantarillas rebosantes de basura.
Sol Oliver estaba trabajando en un escarabajo antiguo cuando Nkata se acercó a él. Al oír su nombre, el mecánico levantó la vista del minúsculo motor del coche. Su mirada analizó a Nkata de los pies a la cabeza y, cuando vio la placa que le mostró el sargento, las sospechas de Sol Oliver respecto a Nkata se tradujeron en una expresión de permanente desconfianza en sus facciones.
Le dijo que le habían puesto al corriente de lo que le había ocurrido a Sean Lavery aunque no pareció especialmente afligido por la noticia. El reverendo Savidge le había telefoneado para informarle. No tenía nada que decirle a la policía sobre Sean respecto a los días anteriores a su muerte. Hacía meses que no veía a su hijo.
– ¿Cuándo fue la última vez? -preguntó Nkata
Oliver miró un calendario que había en la pared como para estimular su memoria. Colgaba debajo de una auténtica hamaca de telarañas y encima de una cafetera mugrienta. Al lado de ésta, había una taza en la que un niño había pintado balones de fútbol y una sola palabra: «Papá».
– A finales de agosto -dijo.
– ¿Está seguro? -preguntó Nkata.
– ¿Por qué? ¿Cree que lo maté o algo así? -Oliver dejó la llave inglesa que sujetaba. Se limpió las manos en un trapo mustio azul lleno de manchas-. Mira, tío, ni siquiera conocía al chico. Ni siquiera quería conocerlo. Ahora tengo una familia V lo que pasó entre su madre y yo son cosas que pasan. Le dije al chico que sentía que Cleo estuviera en la trena, pero que era imposible que viniera a vivir aquí, por mucho que él quisiera. Así son las cosas. No es que estuviéramos casados ni nada por el estilo.
Nkata hizo lo que pudo para mantener una expresión imparcial, aunque, de hecho, lo último que sentía era desinterés.
Oliver era la personificación del problema de sus hombres: plantar la semilla porque la mujer lo deseaba; eludir las consecuencias encogiéndose de hombros. La indiferencia se convertía en el legado que se transmitía de padres a hijos.
– ¿Y qué quería de usted? -preguntó-. No creo que viniera sólo para charlar.
– Ya se lo he dicho. Quería venir a vivir con nosotros, sí, conmigo, con mi mujer y los niños; tengo dos; pero no podía recogerlo. No me sobra ninguna habitación y aunque la tuviera… -Miró a su alrededor, como buscando una explicación oculta entre los confines acres del viejo taller-. Éramos unos desconocidos, tío, él y yo. Imaginaba que lo recogería porque teníamos la misma sangre, pero yo no podía, ya sabe: tenía que seguir adelante con su vida; es lo que hice yo; es lo que hacemos todos. -Le debió de parecer ver censura en el rostro de Nkata, porque continuó diciendo-: No es que su madre quisiera que estuviéramos juntos. Está en el trullo, de acuerdo, pero no me contó nada hasta que me tropecé con ella un día por la calle cuando estaba a punto de parir. Ahí fue cuando me dijo que el niño era mío; pero ¿yo cómo lo sé? De todos modos, tampoco vino nunca a verme después de que naciera el niño. Siguió su camino, y yo seguí el mío. Y, de repente, el niño tiene trece años y viene a verme porque quiere que le haga de padre; el problema es que yo no siento que sea su padre: no lo conozco. -Oliver volvió a coger la llave inglesa, obviamente dispuesto a ponerse a trabajar de nuevo-. Ya se lo he dicho, siento que hayan encerrado a su madre, pero yo no soy el responsable.
Estaba satisfecho: ahora Nkata tenía la seguridad de que podían tachar a Sol Oliver de cualquier lista de sospechosos que estuvieran elaborando. El mecánico no había mostrado suficiente interés en la vida de Sean Lavery como para ocuparse de matarlo.
Sin embargo, no se podía decir lo mismo del reverendo Savidge. Al investigar sobre él, descubrió que había episodios de su pasado que valía la pena investigar, y, en especial, la razón por la que había mentido al comisario Lynley acerca de los motivos para trasladar de su casa a tres de los chicos que había tenido en acogida.
Vestido con un caftán africano y un cubrecabeza, Savidge estaba frente a un atril con tres micrófonos. Las luces intensas del equipo de televisión lo iluminaban mientras hablaba directamente a los periodistas, que ocupaban cuatro filas de sillas. Había logrado congregar a un público numeroso, y le estaba sacando el mejor partido posible.
– Así que sólo tenemos preguntas -estaba diciendo-. Son preguntas razonables que se plantea cualquier comunidad preocupada, pero también son preguntas que normalmente se evita contestar cuando la respuesta de la policía está definida por el color de la comunidad. Bueno, nosotros exigimos que se ponga fin a esta situación. Cinco muertes y subiendo, señoras y señores, y la policía metropolitana esperó hasta la cuarta muerte para crear, por fin, un equipo de investigación. Y ¿por qué? -Recorrió sus rostros con la mirada-. Sólo la policía metropolitana puede decírnoslo. -Llegado a este punto, se puso a rugir, tocando todos los temas que cualquier persona razonable de color plantearía: desde por qué no se estaban investigando a conciencia los asesinatos anteriores hasta por qué no se habían colgado advertencias por las calles. En respuesta a aquellas palabras, un murmullo recorrió la sala, pero Savidge no se contuvo, sino que dijo-: Y vosotros, ¡qué vergüenza! Vosotros sois el sepulcro blanqueado de nuestra sociedad, puesto que habéis eludido la responsabilidad para con la gente tanto como la policía. Habéis clasificado estos asesinatos de noticias que no merecían la atención de las portadas. Así que, ¿cuánto tiempo vais a tardar en reconocer que una vida es una vida, independientemente del color? Que cualquier vida vale la pena; que hay personas que la quieren y la lloran. El pecado de la indiferencia debería pesar sobre vuestras conciencias como pesa en la conciencia de la policía. La sangre de estos chicos exige justicia y la comunidad negra no descansará hasta que se haga justicia. Es todo lo que tengo que decir.