Durante las tinieblas nocturnas, contemplaba las estrellas y me decía a mí mismo: -Yo, Sinuhé, soy un extranjero en este mundo, y no se siquiera quien me engendró. Por propia voluntad soy médico de los pobres, porque el oro no tiene valor para mí, pese a que prefiera una oca guisada a un mendrugo de pan y el vino al agua. Pero nada de todo esto me es tan caro que no pueda renunciar a ello. De manera que, no teniendo otra cosa que perder que mi espíritu, ¿por qué no sostenerlo en su debilidad, situándome a su lado y dándole ánimos sin plantear dudas? Es el faraón y el poder está en sus manos; no existe país más rico que Egipto y quizás Egipto pudiera soportar esta prueba. De ser así, el mundo será renovado y un nuevo año del mundo comenzará entonces, y los hombres serán todos hermanos y no habrá ya ricos ni pobres. Jamás se había ofrecido todavía al hombre una ocasión tal de realizar sus aspiraciones, porque ha nacido faraón y no creo que esta ocasión se renueve, de manera que este instante es el único en el cual la verdad pueda realizarse.»
Así, en la barca real mecida sobre el río, soñaba con los ojos abiertos y el viento de la noche llevaba hasta mi olfato el olor del trigo maduro y de las eras. Pero el viento refrescó y mi sueño se apagó y le dije melancólicamente a mi corazón: -Si tan sólo Kaptah estuviese aquí y hubiese oído estas palabras… Porque, pese a que sea un médico hábil y sepa curar muchas enfermedades, la enfermedad y la miseria de este mundo son tan grandes que todos los médicos del mundo no las pueden curar, pese a todo su saber, y hay enfermedades contra las cuales los médicos son impotentes. Es posible que el faraón sea el médico de los corazones humanos, pero no puede estar en todas partes y los médicos de corazones que el trata de formar no entienden más que a medias sus palabras y deforman su pensamiento cada cual según su propio entender, y no conseguirá en toda su vida llegar a formar número suficiente de médicos para curar los corazones de la humanidad. Hay, además, corazones que se han endurecido de tal manera que incluso la verdad permanece estéril. Y Kaptah diría seguramente: ‹si llega un día en que no haya ricos ni pobres, existirán siempre cuerdos e imbéciles, astutos e ingenuos. Así ha sido siempre y siempre será. El fuerte pone su pie sobre la nuca del débil; el astuto se lleva la bolsa del cándido y hace trabajar al simple por su cuenta, porque el hombre es un animal engañador, e incluso su bondad es incompleta, de manera que sólo el hombre que está tendido para no levantarse más es completamente bueno.
Ya ves lo que la bondad del faraón ha causado. Los que más le bendicen son seguramente los cocodrilos del río y los cuervos ahítos de las cornisas del templo."»
Así era como me hablaba el faraón Akhenatón y así hablaba yo a mi corazón, y mi corazón era débil e impotente, pero el decimoquinto día vimos un país que no pertenecía a nadie ni a ningún dios. Las colinas azuleaban a lo lejos y la tierra era inculta y sólo algunos pastores apacentaban sus rebaños alrededor de sus cabañas de juncos cerca de la ribera. Entonces el faraón descendió de su barca y consagró aquella tierra a Atón para construir en ella una nueva capital, a la cual dio el nombre de -Ciudad del Horizonte de Aton-.
Una tras otra fueron llegando las barcas y el rey reunió a sus arquitectos y contratistas y les indico la dirección de las calles principales, y el emplazamiento de su palacio y del templo de Atón, y a medida que sus favoritos iban llegando designaban en las calles principales un sitio para la casa de cada uno. Los constructores echaron a los pastores con sus rebaños, derribaron sus cabañas e instalaron unos muelles. Akhenatón ordenó a los constructores construir sus casas fuera de la villa, cinco calles de Norte a Sur y cinco de Este a Oeste, y cada casa tenía la misma altura y en cada una había dos habitaciones idénticas y el hogar estaba en el mismo sitio y cada taza y cada utensilio era igual a los otros y ocupaba el mismo sitio en todas las casas, porque el faraón quería la igualdad entre todos los constructores a fin de que viviesen felices en su villa bendiciendo el nombre de Atón.
Pero, ¿bendecían el nombre de Atón? No, lo maldecían, como maldecían también al faraón por su inconsciencia, porque los había sacado de una ciudad para llevarlos a un desierto sin calles ni tabernas, con solo arena y cañaverales. No había ninguna mujer que estuviese contenta de su cocina porque hubieran querido encender los fuegos delante de la puerta a pesar de la prohibición y continuamente cambiaban de sitio jarras y alfombras, y las que tenían muchos hijos sentían celos de las que no tenían. La gente acostumbrada a los suelos de tierra batida consideraba los de arcilla malsanos y polvorientos, mientras otros decían que el barro de la Ciudad del Horizonte no era como en los otros sitios, sino que debía de estar maldito, porque los utensilios hechos con él se partían al lavarlos.
Querían también hortalizas delante de sus casas, según su costumbre, y no estaban contentos de los terrenos que el faraón les había dado fuera de la villa y decían que faltaba agua y estaban demasiado lejos para llevar hasta ellos el estiércol. Tendían su colada a secar en unas cuerdas a través de la calle y tenían en sus casas cabras, a pesar de la prohibición dictada por el faraón por razones de higiene y a causa de los chiquillos, de manera que no he visto en mi vida ciudad mas descontenta y querellante que la de los constructores durante la edificación de la nueva capital. Pero acabaron acostumbrándose y resignándose y dejaron de maldecir al faraón, no pensando en sus antiguos hogares mas que con un suspiro, pero sin verdaderas ganas de regresar a ellos. Sin embargo, las mujeres siguieron teniendo las cabras en sus casas.
Después vino la inundación del invierno, Pero el faraón no regresó a Tebas, sino que siguió gobernando el País desde su barca. Cada piedra colocada y cada columna erigida lo alegraban, y a veces, al ver levantarse las bellas casas de madera a lo largo de las calles, se reía maliciosamente porque pensaba en Tebas. Consagro a la Ciudad del Horizonte todo el oro robado a Amón, pero las tierras del dios fueron repartidas entre los pobres que deseaban cultivar el suelo. Hizo detener todos los navíos que remontaban el río comprando todos sus cargamentos para así crear dificultades a Tebas y activó de tal manera los trabajos que el precio de la madera y de la piedra aumento de tal modo que un hombre podía ganar una fortuna con un cargamento de vigas desde la primera catarata a la Ciudad del Horizonte. Había acudido una muchedumbre de obreros que se alojaban en las cabañas de la ribera, donde amasaban la arcilla para fabricar ladrillos. Construían las calles y los canales de irrigación y excavaban el suelo para construir el lago sagrado de Atón en el jardín del palacio. Se llevaron también arbustos y árboles que se plantaron después de la primera crecida, así como árboles frutales en plena producción, de manera que en el verano siguiente el faraón pudo ya coger con su mano ávida los primeros dátiles, higos y granadas de su ciudad.
Yo estaba muy ocupado, pues mientras el faraón sanaba, prosperaba y gozaba viendo su ciudad brotar de la tierra, los constructores tuvieron que soportar muchas enfermedades antes de que el suelo se sanease por la filtración, y durante los trabajos se produjeron numerosos accidentes. Mientras no hubo muelles, los cocodrilos atacaban a los descargadores obligados a meterse en el agua. No hay nada tan horrible como oir los gritos de un hombre medio sumergido en las fauces de un cocodrilo que lo arrastra para dejarlo pudrir en su nido. Pero el faraón estaba tan poseído por su verdad que no veía nada de eso, y los armadores contrataron cazadores de cocodrilos del País Bajo, quienes no tardaron en limpiar el río de estos monstruos. Eran muchos los que pretendían que los cocodrilos habían seguido la barca de Akhenatón desde Tebas a la nueva ciudad, pero yo no me atrevería a opinar sobre este punto, pese a que sepa que el cocodrilo es un saurio terriblemente astuto y sagaz. Sin embargo, es difícil admitir que los cocodrilos hubiesen podido establecer una relación entre la barca del faraón y los cadáveres que flotaban sobre el agua, pero si es así, el cocodrilo es, en este caso, un animal terriblemente inteligente. Pero su inteligencia no le sirvió de nada contra los cazadores y juzgaron oportuno dejar en Paz la Ciudad del Horizonte, lo cual es una nueva prueba de su gran y terrible astucia. Pero se establecieron en grandes grupos mas abajo, hasta Menfis, donde Horemheb había instalado su cuartel general.