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La reina Nefertiti regresó a Tebas para dar a luz, porque no se atrevía a prescindir de la asistencia de los médicos de Tebas y de los hechiceros negros, y dio a luz a una tercera hija, que fue llamada Anksenatón y tenía que ser reina. Pero para facilitar el parto, los hechiceros negros tuvieron también que estirarle del cráneo, y cuando]as princesas crecieron, todas las mujeres que querían ir a la moda, copiando a la familia real, llevaban cráneos postizos, para alargar su cabeza. Pero]as princesas se hacían afeitar la cabeza, porque estaban orgullosas de la forma elegante de su cráneo. Los artistas las admiraban también y esculpían sus retratos y dibujaban y pintaban las imágenes, sin darse cuenta de que todo aquello no había ocurrido más que por las prácticas de los hechiceros negros.

Después del nacimiento de esta hija, Nefertiti regresó a la Ciudad del Horizonte y se instaló en el palacio que había sido terminado entretanto. Dejó en Tebas el harén del faraón, porque estaba muy irritada por haber tenido otra hija y no quería que el faraón gastase sus fuerzas con otras mujeres. Akhenatón no tuvo nada que objetar, porque estaba cansado de sus obligaciones en el gineceo y no deseaba ninguna otra mujer, lo cual era muy comprensible para todo el que contemplase la belleza de Nefertiti, a quien su tercer embarazo no había para nada afeado, sino que parecía más joven y más resplandeciente que nunca. Mas no sé si esto provenía del amor de Akhenatón o de la hechicería de los negros.

Así fue como la Ciudad del Horizonte se elevó en el desierto en el transcurso de un solo año y las orgullosas cimas de las palmeras se balanceaban a lo largo de las avenidas, y los granados florecían en los parques y los lotos daban sus flores rosadas también en los estanques. Toda la villa era un jardín florido, porque las casas eran ligeras y de madera, como pabellones de placer, y sus columnas de palmera y junco eran graciosas y estaban pintadas. Los jardines penetraban hasta dentro de las casas, porque sobre los muros, los sicómoros y las palmeras pintadas eran dulcemente mecidos por el viento, y sobre los bancales, entre los cañaverales, los peces nadaban y los ánades remontaban el vuelo.

Nada faltaba de lo que pudiese alegrar el corazón del hombre; las gacelas domesticadas corrían por los parques y los caballos fogosos adornados con plumas de avestruz tiraban de coches ligeros, y las especias de fuertes olores venidas de todos los países del mundo embalsamaban las cocinas.

Así fue construida la Ciudad del Horizonte, y cuando volvió el otoño y las golondrinas salieron del fango para volar en inquietas bandadas sobre el río hinchado, el faraón Akhenatón dedicó esta tierra y esta ciudad a Atón. Dedicó las cuatro estelas límite en las cuatro direcciones, y sobre cada estela, Atón bendecía con sus rayos al faraón y su familia, y una inscripción afirmaba que el faraón no abandonaría jamás este suelo consagrado a Atón. Para esta dedicatoria se construyeron en las cuatro direcciones vías empedradas, de manera que el faraón podía trasladarse a las estelas en su carro dorado y la familia real lo seguía en coche o en literas, así como los cortesanos que sembraban flores mientras las flautas y los instrumentos de cuerda tocaban el himno a Atón.

Akhenatón no quería abandonar su ciudad ni aun después de muerto, y mandó a los constructores excavar tumbas eternas en las montanas del Este sobre el territorio consagrado a Atón, y su trabajo debía durar tanto tiempo que no regresarían nunca más a sus casas. Pero aquellos hombres no aspiraban ya a regresar a sus hogares y se resignaron a su suerte y vivieron allí a la sombra del faraón, porque sus raciones de trigo eran abundantes y el aceite no faltaba jamás en sus jarras, y sus mujeres les daban hijos sanos.

Habiendo así decidido construir su tumba y la de los nobles que quisieran permanecer para siempre en la Ciudad del Horizonte, Akhenatón mandó construir una Casa de la Muerte en las afueras de la ciudad, a fin de que los cuerpos de las personas muertas allí fuesen conservados toda la eternidad.

Por esto mandó venir, a la mayor rapidez, a los más eminentes embalsamadores de la Casa de Tebas, sin preocuparse por su fe, porque los embalsamadores no pueden creer en nada a causa de su oficio y sólo su habilidad importa. Llegaron en una barca negra y el olor los precedió con el viento, de manera que la gente se refugiaba en su casa bajando la cabeza y quemaban incienso recitando plegarias a Atón.

Pero muchos invocaban también a los antiguos dioses y recitaban oraciones haciendo los signos sagrados de Amón, porque el olor de los embalsamadores les recordaba a su antiguo dios.

Bajaron de su barca con todo el equipo, y sus ojos acostumbrados a]as tinieblas parpadeaban ante la luz viva del sol, y maldecían este viaje. Entraron rápidamente en su nueva Casa de la Muerte y no volvieron a salir de ella, y pronto se encontraron como en su casa a causa del olor que habían llevado consigo. Como los sacerdotes de Atón tenían horror a esta casa, el faraón me encomendó su vigilancia y encontré en ella al viejo Ramose, que estaba encargado de vaciar los cerebros. Me reconoció y quedó muy sorprendido de este encuentro. Cuando hube ganado de nuevo su confianza, pude calmar mi impaciencia de saber como había acabado mi venganza contra la mujer que tanto daño me había hecho en Tebas. Por esto le pregunte:

– Ramose, amigo mío, ¿recuerdas haber tratado a una mujer muy hermosa que llevaron a la Casa de la Muerte después de los disturbios de Tebas y que, si mal no recuerdo, se llamaba Nefernefernefer? Inclinando la cabeza, me miró con sus inmóviles ojos de tortuga y dijo:

– En verdad, Sinuhé, que eres el primer noble que jamás haya dado el nombre de amigo a un embalsamador. Mi corazón está emocionado, y el informe que me pides es seguramente importante, puesto que me das el nombre de amigo. ¿ No serías tú quien nos la llevó una noche, envuelta en el manto negro de los muertos? Porque si eres tú, no podrías ser amigo de ningún embalsamador, y, si se sabe, los embalsamadores te envenenarían con veneno de cadáver para que tu muerte sea espantosa.

Estas palabras me hicieron temblar y le dije:

– Poco importa quien la llevase, puesto que merecía su suerte, pero tus palabras me dan a entender que no ha muerto.

Ramose dijo:

– En verdad, aquella mujer terrible recobró el conocimiento en la Casa de la Muerte, porque una mujer como ella no muere nunca, y si muere, su cuerpo debe ser quemado para que no regrese jamás, y después de haber aprendido a conocerla, la llamamos Sethnefer, la belleza del diablo.

Un terrible presentimiento se apoderó de mi y le dije:

– ¿Por que dices que estaba en la Casa de la Muerte? ¿No estaría ya, pese a que los embalsamadores hubiesen prometido guardarla setenta veces setenta días?

Ramose agitó, nerviosamente sus pinzas y creo que me hubiera golpeado con ellas si no le hubiera llevado una jarra del mejor vino del faraón. 'I'ocó el sello polvoriento del faraón y dijo: -No te hicimos ningún mal, Sinuhé, y eras para nosotros como un hijo, y con gusto te hubiera guardado conmigo para que aprendieras mi arte. Hemos embalsamado los cuerpos de tus padres como si fuesen nobles, sin economizar los mejores bálsamos ni los aceites mas preciosos. Por que has querido, pues hacernos daño entregándonos viva esa espantosa mujer?

Debes saber que antes de su llegada vivíamos una vida simple y laboriosa, alegrando nuestros corazones con la cerveza y nos enriquecíamos robando a los difuntos sus joyas, sin distinción de rango ni sexo y vendiendo a los hechiceros ciertas partes de su cuerpo que necesitan para sus prácticas. Pero la llegada de esa mujer transformó la Casa de la Muerte en una gruta infernal y por esa mujer los hombres se batieron a cuchilladas como fieras. Nos ha sonsacado todo nuestro oro y nuestra plata acumulada con el transcurso de tantos años y no despreciaba ni el cobre, y nos quitó incluso nuestra ropa, porque si un hombre era viejo, como yo, y no podía ya gozar de ella, incitaba a los otros a robarlo una vez habían dilapidado sus bienes. Le bastó tres veces treinta días para despojarnos completamente. Habiendo comprobado que no podía sacar ya nada mis de nosotros, se echó a reir y nos despreció y dos embalsamadores que estaban locos por ella se ahorcaron con sus cinturones porque se burlaba de ellos y los despreciaba. Después se marchó, llevándose todas nuestras riquezas, y no pudimos impedirlo, porque si alguien quería detenerla, otro se interponía a su favor para merecer una sonrisa o una caricia de ella. Así se llevó nuestra tranquilidad y nuestras economías, y teníamos lo menos trescientos deben de oro, sin contar la plata y el cobre y las bandeletas de lino y ungüentos que habíamos robado a los muertos durante tantos años, como es costumbre. Pero prometió volver al cabo de un año para darnos los buenos días y ver cómo habíamos economizado. Por esto ahora, en la Casa de la Muerte de Tebas, se roba más que nunca, y los embalsamadores han aprendido a robarse unos a otros, de manera que la tranquilidad ha desaparecido. Por esto comprenderás por que la hemos llamado Sethnefer, porque aunque verdaderamente es una mujer muy bella, resulta la belleza del diablo.