Después de la caída de Jerusalén, las últimas villas fieles a Egipto renunciaron a la lucha y se aliaron a Aziru. Entonces volvió Horemheb para ver a Akhenatón y pedirle un ejército con que organizar la resistencia de Siria. Hasta entonces se había limitado a una guerra secreta mandando oro a Siria a fin de dar ánimos a los últimos defensores de Egipto. Y dijoaal faraón:
– Permíteme alistar, por lo menos, cien veces cien lanceros y arqueros y cien carros de guerra y te reconquistaré toda Siria, pues, en verdad, cuando incluso la villa de Joppe renuncia a resistir, la resistencia egipcia toca a su fin.
El faraón Akhenatón tuvo una gran decepción al enterarse de la caída de Jerusalén, porque había tomado ya las medidas necesarias para hacer de ella la ciudad de Atón destinada a pacificar la Siria. Y por esto dijo:
– Este viejo Príncipe de Jerusalén de cuyo nombre no puedo acordarme, era amigo de mi padre y yo lo vi en el palacio dorado de Tebas con su larga barba. Por esto, como indemnización de sus perdidas, le pagaré una fuerte pensión, pese a que la recaudación de los impuestos haya bajado mucho desde el cese del comercio con Siria.
– No tiene ya necesidad de pensiones ni collares egipcios -dijo Horemheb-, El rey Aziru mandó, en efecto, confeccionar con su cráneo una bella copa dorada que mandó al rey Shubbiluliuma de Khatushash, según me han dicho mis espías.
El rostro del faraón se puso gris y sus ojos se enrojecieron, pero se dominó y tranquilamente dijo:
– Me cuesta admitir este acto de Aziru, a quien creía mi amigo, y que con tanto placer recibió la cruz de vida, pero quizá me hubiese equivocado en mi juicio respecto a él y su corazón sea más negro de lo que pensaba. Pero, al pedirme lanzas y carros, me reclamas lo imposible, Horemheb, porque me han dicho que el pueblo murmura ya a causa de los impuestos y las cosechas han sido malas.
Horemheb dijo:
– Por tu Atón, dame por lo menos una orden de diez carros y diez veces diez hombres, para que pueda ir a Siria y salvar lo que pueda salvarse todavía.
Pero Akhenatón dijo:
– No puedo hacer la guerra a causa de Atón, porque toda efusión de sangre le inspira horror y prefiero perder la Siria. Que Siria sea libre y forme una unión y comerciaremos con ella como antes, porque sin el trigo de Egipto, Siria no puede subsistir.
– ¿Crees acaso que se detendrán allí, Akhenatón? -preguntó Horemheb en el colmo de la sorpresa-. Cada egipcio muerto, cada muro derribado, cada villa tomada aumenta su confianza y les da ánimos para seguir adelante. Después de Siria serán las minas de cobre del Sinaí, y si Egipto las pierde, no podremos ya fabricar puntas de lanzas y flechas.
– Ya he dicho que a los guardias les bastaban puntas de madera -dijo Akhenatón con impaciencia-. ¿Por que me estás golpeando los oídos con tus puntas de lanzas y de flechas, hasta el punto de que las palabras del himno a Atón que estoy componiendo se mezclan en mi cerebro?
– Después del Sinaí vendrá el Bajo Egipto -dijo amargamente Horemheb-. Como has dicho, la Siria no puede subsistir sin el trigo egipcio, pese a que compre ya en Babilonia. Pero si no temes a Siria, teme por lo menos a los hititas, porque su ambición no tiene límites.
Entonces Akhenatón tuvo una risa de compasión, como la hubiera tenido cualquier egipcio sensato al oir estas palabras, y dijo:
– Jamás un enemigo ha hollado el suelo de Egipto, ni nadie osará hollarlo, porque Egipto es el país más rico y más poderoso del mundo. Pero para calmarte, puesto que tienes pesadillas, puedo decirte que los hititas son un pueblo bárbaro que apacienta sus rebaños en sus pobres montañas y nuestros aliados de Mitanni forman un baluarte contra ellos. He mandado también al rey Shubbiluliuma una Cruz de vida, y a su demanda le he dado también oro para que pueda colocar en sus templos una estatua mía de tamaño natural. Por esto no inquietará a Egipto, porque de mi recibe oro cada vez que lo reclama, pese a que el pueblo se queja de los impuestos que tengo que recaudar.
Las venas se hincharon en el rostro de Horemheb, pero tenía la costumbre de dominarse y no dijo nada más cuando declaré que como médico tenía el deber de dar la entrevista por terminada. Mientras me acompañaba a casa, dándose golpes en las piernas con la fusta, dijo:
– Por Seth y todos los demonios, que una boñiga de vaca en el camino es más útil que su cruz de vida. Pero lo más increíble es que cuando me mira fijamente a los ojos y me toca amistosamente el hombro creo en su verdad, pese a que sepa que yo tengo razón y él anda equivocado. Por Seth y todos los demonios, que se llena de fuerza en esta villa pintada y arreglada como una cortesana. En verdad que si se le pudiese llevar a todos los hombres unos tras otros para que les hablase y los tocase con sus tiernos dedos, creo que el mundo cambiaría, pero esto es imposible. Y, sin embargo, les inyectaría su fuerza y transformaría su corazón. Creo que si me quedase mucho tiempo aquí me saldrían ubres como a los cortesanos y podría amamantar recién nacidos.
Estas palabras de Horemheb comenzaron a atormentarme el corazón y me reproché ser un mal amigo para él y un mal consejero para el faraón. Pero mi cama era blanda y dormía bien bajo el baldaquino, y mi cocinero ponía en conserva pájaros en miel y los asados de antílope no faltaban en mi mesa mientras el agua de mi clepsidra iba corriendo lentamente. La segunda hija del faraón, Meketatón, cayó gravemente enferma y tuvo fiebre, y comenzó a toser y adelgazarse. Trate de darle fortificantes y le hice beber oro disuelto, y yo maldecía mi suerte, ya que, una vez cuando el faraón, su hija requería mis cuidados, de manera que yo no sabía lo que era el reposo ni de día ni de noche. El faraón estaba inquieto, pues quería a sus hijas y las dos mayores lo acompañaban durante las recepciones del palacio dorado y daban condecoraciones y cadenas de oro a aquellos a quienes el faraón quería demostrar su favor.
Por un fenómeno natural, esta hija enferma era todavía más querida de su padre, de manera que yo le di bolitas de plata y marfil y le compré un perrito que la seguía a todas partes y velaba durante su sueño. Pero el faraón velaba y adelgazaba de inquietud y se levantaba varias veces durante la noche para escuchar la respiración de la pobre enferma y cada acceso de tos le desgarraba el corazón.
Y también para mí aquella enfermita llegó a ser más importante que todos mis bienes en Tebas, y Kaptah, y la penuria de Egipto, y todos los que sufrían hambre y morían en Siria por Atón. Le consagre todo mi arte y mi saber, prescindiendo de los otros enfermos, los nobles aquejados del mal procedente de excesos cometidos en la mesa y con el vino, y sobre todo de dolores de cabeza, puesto que el faraón sufría de ellos. Al cuidarlos, hubiera podido amasar una fortuna, pero yo estaba asqueado del oro y de las reverencias, de manera que a menudo trataba bruscamente a mis clientes Y por eso decían:
– La dignidad de médico real se le ha subido a a la cabeza Sinuhé; imaginándose que el faraón escucha sus palabras, olvida lo que le dicen los demás.»