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Pero, pensando en Tebas, en Kaptah y en “La Cola de Cocodrilo”, me sentía presa de la melancolía y mi corazón estaba hambriento, como si hubiese tenido siempre hambre y ningún alimento pudiese saciarlo. Me di cuenta también de que mis cabellos caían y mi cráneo iba desnudándose bajo la peluca, y había días en que olvidaba mis deberes y soñaba con los ojos abiertos, errando de nuevo por las rutas de Babilonia y oliendo el olor de trigo en las eras de tierra batida. Había engordado y mi sueño era pesado y me ahogaba a los pocos pasos, de manera que la litera me era indispensable.

Pero cuando vino el otoño y el río se desbordo, y las golondrinas salieron del cieno para batir el aire con sus alas inquietas, la hija del faraón mejoró y entró en convalecencia. Mi corazón seguía el vuelo de las golondrinas y me embarqué hacia Tebas autorizado por el faraón, y con el encargo de su parte de saludar a mi paso a todos los agricultores que se habían repartido las tierras del falso dios, esperando que a mi vuelta le llevaría buenas noticias.

Por esto hice muchas escalas en los villorrios y los campesinos acudían a hablarme y el viaje no me fue penoso, como lo había temido, porque en mi mástil flotaba la oriflama del faraón, mi lecho era blando y no había moscas. Mi cocinero me seguía en otra embarcación y le entregaban constantemente regalos, de manera que tenía siempre víveres frescos. Pero los campesinos que acudían a verme estaban delgados como esqueletos, sus mujeres me lanzaban miradas despavoridas y los chiquillos eran raquíticos y tenían las piernas demacradas y torcidas. Me mostraban sus arcas de trigo medio vacías y el trigo tenía unas manchas coloradas como de sangre. Y me decían:

– Al principio creímos que nuestras malas cosechas procedían de nuestra ignorancia, puesto que no habíamos cultivado nunca la tierra. Pero ahora sabemos que la tierra que el faraón nos ha distribuido está maldita, y por esto nuestras cosechas son mezquinas y nuestro ganado muere. Y también nosotros estamos malditos. Unos pies invisibles huellan nuestras tierra y unas manos invisibles rompen las ramas de los árboles que hemos plantado, nuestro ganado muere sin razón y nuestros canales se obstruyen, y encontramos cadáveres de animales en los pozos, de manera que no tenemos agua potable. Muchos han abandonado ya las tierras para regresar a la villa más pobres que antes, maldiciendo el nombre del faraón y de su dios. Pero hasta ahora hemos resistido poniendo nuestra confianza en las cruces y en las cartas del faraón, y las suspendimos en los campos para alejar a los saltamontes. Pero la magia de Amón es más poderosa que la de Akhenatón y por esto vuestra fe se tambalea y tendremos que abandonar en breve estas tierras malditas antes de perecer en ellas como tantas mujeres y chiquillos.

Fui también a visitar las escuelas, y, al ver sobre mis ropas la Cruz de Atón, los maestros escondían piadosamente sus palos y hacían los signos de Atón, y los chiquillos estaban sentados en los patios, con las piernas cruzadas, muy bien alineados. Y los maestros me decían:

– Sabemos que es insensato pretender que todos los chiquillos aprendan a leer y escribir, pero, ¿que no haríamos por el amor del faraón, que es nuestro padre y nuestra madre y que respetamos como hijo de su dios? Pero somos hombres instruidos y es ofensivo para nuestra dignidad estar sentados en estos patios sonando a los chiquillos grasientos y dibujando letras en la arena, porque no tenemos tablillas ni plumas de caña, y estas nuevas letras son incapaces de representar la ciencia y el saber que con tantas penas y gastos hemos adquirido. Nuestro salario es muy irregular y los padres no nos pagan justamente y su cerveza es ácida y floja y el aceite se vuelve rancio en nuestras jarras. Pero esperamos llegar a demostrar al faraón que es imposible conseguir que todos los chiquillos aprendan a leer y escribir, porque solo los mejores son capaces de ello. También es insensato enseñar a las muchachas a escribir, porque no se ha hecho nunca, y creemos que los escribas del faraón se han equivocado al escribirlo, lo cual es una prueba mis de cuán imperfecta y mala es la nueva escritura.

Comprobé su saber, y este saber no me satisfizo mucho, y me satisfizo menos ver sus rostros hinchados y sus ojos temerosos, porque estos maestros eran escribas caídos de los que no quería nadie. Su instrucción era deplorable y habían aceptado la cruz de Atón solamente para asegurarse el pan, y si había entre ellos alguna excepción, no es una mosca quien transforma el invierno en verano. Los agricultores y los viejos de los poblados maldecían amargamente el nombre de Atón y decían:

– !Oh Sinuhé! Dile al faraón que nos desembarace por lo menos del peso de estas escuelas, puesto que no podemos vivir, ya que nuestros hijos regresan de la escuela con la espalda llena de cardenales y los cabellos arrancados, y estos maestros son insaciables como cocodrilos y nada es bastante bueno para ellos, pero desprecian nuestro pan y nuestra cerveza, y nos despojan de nuestras últimas monedas de cobre y de las pieles de nuestros bueyes para comprar vino, y cuando estamos en los campos penetran en nuestras casas para divertirse con nuestras mujeres, diciendo que es la voluntad de Atón, puesto que no hay diferencia entre un hombre y otro, ni entre una y otra mujer.

Pero el faraón me había autorizado tan sólo a saludarlos en su nombre y yo no podía aliviarlos en su miseria. Pero no obstante, les dije:

– El faraón no puede hacerlo todo por vosotros, y en parte por vuestra culpa Atón no bendice vuestros campos. Sois ávidos y no queréis que vuestros hijos vayan a la escuela para que trabajen por vosotros en los canales de irrigación mientras holgazaneáis. No puedo hacer nada tampoco por el pudor de vuestras mujeres, porque a ellas incumbe saber con quien quieren divertirse. Por esto, al veros, siento vergüenza por el faraón, porque os ha encomendado una alta misión. Pero habéis estropeado las tierras más fértiles de Egipto y sacrificado vuestro ganado para venderlo.

Pero ellos protestaron vivamente.

– No deseábamos ningún cambio en nuestras vidas, porque si éramos pobres en la ciudad, por lo menos éramos felices, pero aquí no vemos más que cabañas de arcilla y vacas que mugen. Tenían razón los que nos pusieron en guardia diciéndonos: «Temed cualquier cambio, porque para el pobre es siempre en mal, y su medida de trigo disminuye y el aceite baja en sus arras.›,

Mi corazón me decía que tenían probablemente razón, y no queriendo discutir más con ellos reemprendí la ruta. Pero mi espíritu estaba acongojado por el faraón y me extrañaba que cuanto tocase trajese la desgracia, de manera que la gente enérgica se volvía perezosa a causa de sus regalos, y sólo los más miserables se agrupaban alrededor de Atón como las moscas en torno a un animal muerto.

Y un temor se apoderó de mí: el de que verdaderamente el faraón, los cortesanos, los nobles y los dignatarios que vivían en la ociosidad, así como yo durante estos últimos años, no fuésemos más que parásitos engordados por el pueblo, como las pulgas en la pelambrera del perro. Quizá la pulga en la pelambrera del perro se imagina ser lo esencial y que el perro no vive más que para mantenerla. Quizá también el faraón y su dios no son más que dos pulgas en la pelambrera de un perro y no procuran a este más que molestias sin ningún provecho, porque el perro sería más feliz sin pulgas.

Así fue como mi corazón se despertó después de un largo sueño y despreció la Ciudad del Horizonte, y miré en torno mío con ojos nuevos y nada de lo que vi a mi alrededor era bueno. Pero esto procedía quizá de que la magia de Amón reinaba en todo Egipto en secreto y que su maldición falseaba mi vista, y que la Ciudad del Horizonte fuese el único lugar al que no alcanzaba su poderío.

Pronto aparecieron en el horizonte los tres gigantes eternos que guardaban Tebas, y el techo y las murallas del templo emergieron delante de mis ojos, pero las puntas de los obeliscos no centelleaban ya bajo el sol, porque su dorado no había sido renovado. Sin embargo, esta vista fue deliciosa para mi corazón, y procedí a hacer una libación de vino en las aguas del Nilo como los marinos al regresar de un largo viaje, pero los marinos vierten cerveza en lugar de vino, porque prefieren bebérselo. Vi los grandes muelles de Tebas y sentí en mi olfato el olor del Puerto, el olor del trigo podrido y del agua cenagosa, de las especias y de la pez.