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– ¡Oh mi dueño y señor! Espero que habrás leído atentamente todos los papeles de cuentas que te he mandado durante tantos años a la Ciudad del Horizonte. Me permitirás que apunte esta comida en los gastos de representación, así como la ronda que una alegría exagerada me ha incitado a ofrecer por error a mis clientes. No te reportara perjuicio alguno, al contrario, porque bastante trabajo tengo en engañar a los perceptores en beneficio tuyo.

Entonces yo le dije:

– Tus palabras son para mi un balbuceo de negro, porque no entiendo de ellas ni una palabra; pero obra a tu antojo, porque ya sabes que tengo plena confianza en ti. He leído tus cuentas y memorias, pero tengo que confesarte que no las veo claras, porque hay demasiadas cifras y me dolía la cabeza sólo de verlas.

Kaptah se rió ruidosamente sacudiendo su gruesa barriga como una enorme almohada y Merit se rió también porque había bebido vino conmigo y se había echado sobre la alfombra, con las manos en la nuca, para hacerme admirar su pecho bajo la tela tirante. Kaptah entonces dijo:

– ¡Oh mi dueño y señor! Me regocija ver que sigues tan ingenuo e inocente como antes y que no entiendes una palabra de los asuntos razonables de la vida cotidiana, lo mismo que un cerdo se ríe de las perlas, si bien no es que quiera compararte a un cerdo, pero alabo y doy gracias a todos los dioses de Egipto en tu nombre porque me han dado a ti, porque de la misma manera hubieran podido darte a un ladrón o un canalla que te hubiese dejado sobre la paja mientras que yo te he enriquecido.

Le recordé que no tenía que dar gracias a los dioses, sino a mi buen sentido el día que lo compré en el mercado y no caro, porque era tuerto. Estos viejos recuerdos me conmovieron y dije:

– En verdad que jamás olvidaré la primera vez que te vi, porque estabas atado a una columna gritando impertinencias a las mujeres que pasaban y reclamabas cerveza de los hombres. He tenido incontestablemente razón al comprarte, pese a que al principio lo dudaba un poco. Pero entonces no tenía mucho dinero, puesto que era un médico joven, y tenías un ojo perdido, lo cual me convenía, como debes recordar muy bien.

Kaptah se ensombreció, su rostro se cubrió de arrugas y dijo:

– ¡A santo de que recordar cosas tan viejas y tan penosas que hieren mi dignidad? -Después alabó nuestro escarabajo y dijo-: En verdad que hiciste bien en confiarme este escarabajo para que nos protegiese; en realidad por él nos hemos enriquecido, y eres más rico de lo que imaginas, pese a que los perceptores anden constantemente detrás de mí, de manera que he tenido que contratar a dos escribas sirios para que me lleven contabilidad especial para el fisco, porque ni el mismo Seth ni todos los demonios serían capaces de ver claro en la contabilidad siria; y a propósito de Seth, ahora pienso en nuestro viejo amigo Horemheb, a quien he prestado dinero por cuenta tuya, como ya sabes. Pero no hablemos de él ahora, porque mis pensamientos vuelan libres como pájaros a causa del júbilo que siento al volver a verte. ¡Oh dueño mío!, y quizá vuelan tan libremente a causa del vino que anoté en gastos de representación; y por esto, dueño mío, bebe tanto como tu panza pueda contener, porque las bodegas del faraón no pueden ofrecerte nada parecido y no te robo mucho sobre el precio. Si, quiero hablarte de riquezas, aún cuando no entiendes nada de ellas, pero me limitaré a decirte que gracias a mí eres más rico que muchos grandes del país, y eres rico con verdaderas riquezas, porque no posees oro, sino casas, y depósitos, y navíos, y muelles, y ganado, tierras y árboles frutales, bestias y esclavos. Posees todo esto, pese a que lo ignores quizá, porque he tenido que inscribir muchos inmuebles a nombre de nuestros servidores y de nuestros escribas y de nuestros esclavos a fin de ocultar tu fortuna al fisco. Porque los impuestos del faraón abruman pesadamente al rico, que debe pagar mas que el pobre, y así como el pobre debe dar al faraón la quinta parte de su cosecha de trigo, el rico debe entregar a los malditos perceptores una tercera parte o casi la mitad. Es lo mas injusto e impío que ha ordenado el faraón. Esta imposición y la pérdida de Siria han empobrecido el país; pero lo mas extraño (sin duda alguna gracias a los dioses) es que mientras el país se empobrece los pobres son cada día más pobres, porque los ricos se enriquecen todavía más y ni el propio faraón puede evitarlo. Alégrate, pues, Sinuhé, porque eres verdaderamente rico y voy a confiarte un secreto, y es que tu riqueza proviene del trigo. Habiendo hablado así, Kaptah bebió vino, y comenzó a elaborar sus asuntos de trigo diciendo:

– Nuestro escarabajo es maravilloso, ¡oh dueño mío!, puesto que desde el primer día de nuestra llegada aquí me llevo a la taberna donde los mercaderes de trigo se embriagaban después de haber hecho buenos negocios. Así fue como compré también trigo por tu cuenta y el primer año los beneficios fueron ya grandes, pues los campos de Am…, quiero decir unos vastos campos, quedaron sin cultivar. Pero el trigo es maravilloso, porque se puede comprar y vender aún antes de que la crecida haya inundado el país y el grano este sembrado, y es más maravilloso todavía porque sube siempre de un año a otro, como por magia, de manera que comprando trigo no se pierde nunca, se gana siempre. Por esto, a partir de ahora, no quiero vender trigo, sino que compraré y lo acumularé en los almacenes, hasta que una medida de trigo se cambie por oro, porque llegaremos a esto si las cosas siguen así, de la misma manera que los viejos tratantes de granos se arrancan los cabellos al pensar en todo el trigo que han vendido por su ignorancia, cuando hubieran podido realizar enormes beneficios guardándolo.

Kaptah me lanzó una mirada satisfecha y se sirvió más vino, me sirvió a mí y a Merit y dijo con tono serio:

– Pero no hay que arriesgar todo el oro en un solo golpe de dados y por esto he repartido cuidadosamente tus beneficios y juego, por decirlo así, con varios dados por tu cuenta, mi querido dueño. El momento es de los más propicios a causa del faraón, cuyo nombre por esta razón debería bendecir, porque por sus órdenes y por sus actos y sobre todo por su maldita imposición, arruina a gran cantidad de ricos que deben vender sus bienes a cualquier precio. Eres, pues, muy rico, y no te he robado más que antes, ni siquiera la mitad de lo que has ganado por mi habilidad, de manera que algunas veces me reprocho mi delicadeza y mi conciencia, y doy gracias a los dioses por no tener mujer e hijos que me reprocharan no robarte bastante, pese a que nadie sea tan fácil de robar como tú, ¡oh mi querido y amado dueño Sinuhé!

Merit, acostada sobre la alfombra, me miraba sonriéndome gentilmente por mi expresión confusa, porque no llegaba a comprender todo lo que me contaba Kaptah. Este prosiguió su exposición:

– Debes comprender que al hablar de tus ganancias y de tus riquezas entiendo el beneficio neto, una vez pagados los impuestos. He deducido también todos los regalos que he debido hacer a los perceptores a causa de la contabilidad siria, y el vino que les he servido para que no viesen las cifras, y era necesario darles mucho, porque son hombres astutos y resistentes. Y se enriquecen aprisa, porque la época les es propicia, y si yo no fuese Kaptah, el rey del trigo y el amigo de los pobres, me haría perceptor. He distribuido algunas veces trigo entre los pobres, a fin de que bendijesen mi nombre, porque en épocas de turbulencia es conveniente estar bien con los pobres. Es una especie de seguro para el porvenir, porque se ha observado que en época de perturbaciones los incendios estallan con mucha facilidad en las casas de los ricos y los grandes mal vistos por el pueblo.

Además, estas distribuciones son muy poderosas, porque en su locura, el faraón permite deducir su valor del impuesto, y cuando se le da una medida a un pobre se le hace atestiguar que recibe cinco, porque los pobres no saben leer y, aunque supiesen, están agradecidos de recibir una medida de trigo y bendicen mi nombre, e imprimen el pulgar sobre cualquier documento.