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– Creía que habrías aprendido a vivir convenientemente desde que frecuentas la Corte, pero veo que eres tan desvergonzado como antes. Y, sin embargo, al volver a verte ayer, me dije que tenías el aspecto apaciguado y tranquilo. Me alegra ver tus mejillas rollizas, porque al engordar el hombre se serena y no será culpa mía si te adelgazas en Tebas; será culpa de tu temperamento excesivo, porque todos los hombres son iguales y todo mal proviene de este pequeño objeto que ocultáis tras el delantal porque os avergonzáis de él, lo cual no me extraña.

Así hablaba refunfuñando y me recordaba a mi madre Kipa y hubiera sido capaz de llorar de emoción si no me hubiese serenado diciéndole severamente:

– ¡Cállate, mujer, porque tus palabras me molestan y son como zumbidos de moscas en mis oídos!

Entonces se calló, y estaba muy satisfecha por haber provocado mis reproches, porque ahora sabía que su dueño había vuelto al redil.

Había decorado la casa para recibirme y guirnaldas de flores adornaban la terraza; había barrido el patio, y lanzamos al patio del vecino un gato muerto que allí había. Había contratado a unos chiquillos para que gritasen:.¡Bendito sea el día que nos devuelve a nuestro dueño!» Obraba así porque se sentía decepcionada de que no tuviese hijos como ella hubiera querido, pero sin introducir ninguna mujer en casa. Yo distribuí monedas de cobre entre los chiquillos y Muti les dio pasteles de miel y se alejaron muy contentos. Merit llegó con sus mejores galas y flores en sus cabellos perfumados. La comida preparada por Muti fue deliciosa a mi paladar, porque eran platos típicos de Tebas y en la Ciudad del Horizonte había olvidado que no hay lugar alguno donde la comida pueda compararse a la de Tebas.

Felicité a Muti alabando su habilidad y estuvo encantada, pese a que frunciese el ceño y arrugase la nariz, y Merit la alabó. Esta comida celebrada en la casa del antiguo fundidor de cobre no tiene nada de particular, pero la cito aquí porque me sentía feliz; y dije:

– ¡Suspende tu curso, clepsidra, y retén tu agua, porque el instante es propicio y quisiera que el tiempo se detuviese para que este instante durase para siempre!

Durante la comida, algunos pobres se aglomeraron en el patio vestidos con sus mejores ropas para venir a saludarme, y me contaron sus males y sus penas, y decían:.

– Mucho te hemos echado de menos, Sinuhé, porque mientras habitabas entre nosotros no supimos apreciar tu valor y sólo durante tu ausencia nos hemos dado cuenta de cuánto nos habías ayudado y cuánto habíamos perdido al perderte.

Me llevaban regalos, aun cuando estos regalos fuesen modestos, porque eran todavía más pobres que antes a causa del dios de Akhenatón. Pero uno me daba una medida de sémola y otro un pájaro que había matado y otro dátiles secos, o incluso una flor, y al ver la cantidad de flores amontonadas en mi patio, comprendí por qué los parterres de la Avenida de los Carneros estaban desnudos. Entre aquellos hombres estaba el viejo escriba que llevaba la cabeza inclinaba a causa de su bocio, y me extrañó que viviese todavía. Vi también al esclavo a quien había curado los dedos y los movió delante de mí, y él era quien me había llevado la sémola, porque seguía trabajando en el molino y podía robarla. Una madre me llevó a su hijo, que se había hecho un chiquillo robusto y tenía un ojo tumefacto y lleno de equimosis, y se jactaba de poder apalear a cualquier chiquillo de su edad en el barrio. Acudió también la meretriz a quien había curado el ojo y me llevó a todas sus amigas con la idea de que podía desembarazarlas de todas las marcas que afeaban sus cuerpos. Había prosperado, porque había hecho economías y había comprado unos baños públicos cerca de la plaza del mercado, donde vendía también perfumes y procuraba a los mercaderes las direcciones de muchachas libres de prejuicios. Todos me entregaron sus regalos diciéndome:

– No desprecies nuestros regalos, Sinuhé, aunque seas médico real y mores en el palacio dorado del faraón, porque nuestro corazón se regocija al volver a verte, pero no vuelvas a hablarnos de Atón.

No les hablé, pues, de Atón, pero los recibí uno tras otro y escuché sus quejas y les di medicinas y los curé. Para ayudarme, Merit se quitó su rico traje para no mancharlo y lavó las llagas y limpió mi cuchillo a la llama y mezcló los anestésicos para aquellos a quienes había que arrancar un diente. Cada vez que la veía, mi corazón se regocijaba, y la miraba a menudo, porque era bella de ver y su busto era firme y esbelto y su porte elegante, y no sentía vergüenza de estar desnuda, como las mujeres del pueblo cuando trabajan, y ninguno de los enfermos se ofuscó por ello, porque cada cual tenía suficientes preocupaciones con sus propias penas.

Así pasé el tiempo recibiendo enfermos como en días pasados, y yo les hablaba y me alegraba de mi saber que me permitía ayudarlos, y me gustaba ver a Merit que era mi amiga, y a veces, suspirando profundamente, decía:

– ¡Suspende tu curso, clepsidra, y retén tu agua, porque este instante presente no puede continuar siendo tan bello!

Y así olvidé que tenía que ir al palacio dorado y que mi llegada había sido anunciada a la reina madre. Pero me parece que no pensaba en ello, porque en aquel instante de felicidad no quería pensar en nada.

Cuando se alargaron las sombras, mi patio se vació y Merit me vertió agua en las manos y me ayudó a lavarme y yo la ayudé en sus abluciones, y lo hice con gusto, y nos lavamos. Pero cuando quise acariciar sus mejillas y besar sus labios, me rechazó diciendo:

– Corre hacia tu bruja, Sinuhé, v date prisa para regresar antes de la noche, porque mi alfombrilla te espera con impaciencia. Sí, verdaderamente tengo el sentimiento de que mi alfombrilla te espera con impaciencia, bien que no sepa por qué, ya que tus miembros son lacios, Sinuhé, y tu carne es blanda y yo no puedo decir que tus caricias sean hábiles; pero, a pesar de todo, eres diferente de los demás hombres y por esto comprendo a mi alfombrilla.

Anudó a mi cuello las insignias de mi rango y me puso mi peluca de médico v me acarició la mejilla, de manera que con gusto hubiera renunciado por ella ir al palacio dorado. Pero hice correr a mis esclavos prometiéndoles oro y bastonazos, di prisa a los remeros, de manera que el agua parecía hervir alrededor de la barca. Así pude penetrar en el palacio en el momento en que el sol descendía sobre la montaña del Oeste y las estrellas se encendían.

Pero antes de referir mi conversación con la reina madre, tengo que decir que ésta no había ido más que dos veces a la Ciudad del Horizonte, y las dos veces reprochó al faraón su locura, lo cual afectó vivamente a Akhenaton, porque quería a su madre y estaba ciego por ella, como a menudo los hijos están ciegos con sus madres hasta el día en que se casan y sus esposas les abren los ojos. Pero Nefertiti no había abierto los ojos de su marido a causa de su padre. Debo, en efecto, reconocer que en aquellos tiempos el sacerdote Ai y la reina Tii vivían libremente juntos y no trataban de disimular su felicidad, y dudo de que el palacio hubiese pasado jamás por una vergüenza parecida, pero estas cosas no se escriben nunca y se olvidan con la muerte de los que han sido testigos de ellas. Pero no quiero opinar sobre el nacimiento de Akhenatón, porque creo que su origen es divino, porque si no hubiese tenido en sus venas la sangre real de su padre, no hubiera tenido sangre real alguna, y entonces hubiera sido efectivamente un falso faraón, como lo pretendían los sacerdotes, y todo lo que ocurría hubiera sido todavía más insensato y vano. Por estos motivos prefiero dar crédito a mi corazón y mi espíritu en este asunto.

La reina madre me recibió en un saloncito particular en el cual revoloteaban unos pajarillos con las alas recortadas. No había olvidado el oficio de su juventud y le gustaba atrapar pajarillos en el jardín, poniendo pez en las ramas de los árboles v tendiendo redes. Cuando me presenté delante de ella estaba tejiendo una alfombrilla de cañas pintadas. Me acogió con reproches, censurándome mi retraso y dijo: