– ¿Acaso la locura de mi hijo se cura o ha llegado el momento de trepanarlo? Porque ya escandaliza demasiado alrededor de su dios Atón y tiene al pueblo inquieto, lo cual es superfluo, porque el falso dios ha sido derribado y nadie le disputa el poder.
Yo le hablé de la salud del faraón, de las princesitas y de sus juegos, y de sus paseos en barca por el lago sagrado v acabó calmándose y me permitió sentarme a sus pies v me ofreció cerveza. No por avaricia me ofrecía
cerveza, sino porque era fuerte y dulce y bebía muchas jarras al día, de manera que su rostro estaba rechoncho y su cuerpo también era desagradable de ver, porque se parecía mucho a un rostro de negro, a pesar de que no era completamente negra. Nadie hubiera sido capaz de imaginar que aquella mujer obesa hubiese podido un día conquistar por su belleza el amor del faraón. Por esto el pueblo pretendía que había conquistado este amor por medio de prácticas mágicas, porque es verdaderamente excepcional que un faraón tome por mujer a la hija de un pajarero del río.
Saboreando su cerveza comenzó a hablarme abiertamente y en confianza, lo cual no es de extrañar, porque era médico v las mujeres confían a los médicos cosas que callan a los demás hombres, y bajo este aspecto la reina Tii u no difería de las demás mujeres.
Bajo el efecto de la cerveza me habló y dijo:
– Sinuhé, a quien el estúpido capricho de mi hijo dio el nombre de Solitario, pese a que no tengas aspecto de ello, pues apostaría que en la Ciudad del Horizonte te has divertido cada noche con una mujer distinta, porque conozco las mujeres de esa ciudad; sí, Sinuhé, eres un hombre tranquilo, quizás el más tranquilo que conozco, y tu calma me irrita y quisiera pincharte con una aguja para verte saltar y gritar, y me pregunto de donde viene tu calma, pero eres seguramente un buen hombre, si bien no me explico qué ventaja proporciona esta bondad, porque he comprobado que sólo los imbéciles incapaces de otra cosa son buenos. Sea como sea, tu presencia me calma maravillosamente y quisiera decirte que este Atón que en mi locura he desencadenado me pone furiosa, y no creía que las cosas fuesen tan lejos, pero yo había inventado a Atón para derribar a Amón, a fin de que mi poder y el de mi hijo fuesen mayores, pero en el fondo es Ai quien lo ha inventado. Ai es mi marido, como tú sabes, a menos que seas suficientemente inocente para no saberlo, pero es mi marido aunque no hayamos decidido romper juntos una jarra. Quiero decir que este maldito Ai, que no tiene más fuerza que una ubre de vaca, ha traído a este Atón de Heliópolis y lo ha revelado a mi hijo. No comprendo lo que ha encontrado en este Atón, pero sueña despierto con él desde su infancia, y creo verdaderamente que está loco y que es hora de trepanarlo y no comprendo por qué su bella esposa, que es hija de Ai, no le da más que hijas, pese a que mis hechiceros hayan tratado de ayudarla. No comprendo por qué el pueblo detesta a mis hechiceros, porque son honrados, pese a que sean negros y lleven agujas de marfil atravesadas en la nariz, y estiren sus labios y los cráneos de los niños. Pero el pueblo los detesta, lo sé, de manera que debo tenerlos ocultos en los sótanos del palacio, si no, el pueblo los mataría, pero no puedo prescindir de ellos, porque nadie como ellos sabe hacerme cosquillas en la planta de los pies y me preparan filtros que me permiten gozar todavía de la vida como mujer y divertirme, pero si crees que encuentro algún placer con Ai te equivocas, y me pregunto por qué le tengo tanto afecto, cuando sería mejor abandonarlo. Mejor para mí, naturalmente. Pero quizá no pueda abandonarlo aunque quiera, y esto es lo que me inquieta_ Por esto mi único placer procede de mis queridos negros. -La reina madre se echo a reír, como las viejas lavanderas del puerto cuando beben cerveza, v continuó-: Estos negros son hábiles doctores, Sinuhé, pese a que el pueblo los trata de hechiceros, pero es por pura ignorancia, y tú mismo te instruirías seguramente con ellos si dominases tus prejuicios contra su color y su olor y si consintiesen en revelarte su arte, cosa que dudo, pues son muy celosos de él. Su color es cálido u oscuro y su olor no tiene nada de desagradable cuando está uno acostumbrado a él al contrario, es excitante y no se puede prescindir de él. Puedo confesarte, Sinuhé, puesto que eres médico, que algunas veces me divierto con ellos porque me lo prescriben como remedio. Pero no para experimentar sensaciones nuevas como lo hacen las mujeres agotadas de la Corte, que recurren a los negros, de la misma manera que una persona que lo ha probado todo y está cansada de todo, pretende que la carne convenientemente pasada es el mejor alimento. No, no por esto me gustan mis negros, porque mi sangre es roja y joven y no tiene necesidad de excitantes artificiales y los negros son para mí un misterio que me aproxima a las fuentes de la vida cálida, de la tierra, del sol y de los animales. No quisiera que divulgases esta confesión, pero si lo hicieses, no me reportará ningún prejuicio, porque siempre podré afirmar que has mentido. En cuanto al pueblo, cree todo lo que se cuenta de mí y mucho más, de manera que, a sus ojos, mi reputación no puede sufrir ya, y por esto poco importa lo que cuentes, pero prefiero que no digas nada, y te callarás, porque eres bueno, cosa que yo no soy.
Se ensombreció y después volvió a tejer su alfombra de cañas de colores y yo contemplaba sus dedos oscuros, porque no me atrevía a mirarla a la cara. En vista de que yo guardaba silencio y no prometía nada, prosiguió:
– Por la bondad no se gana nada, y la única cosa que importa en este momento es el poder. Pero los que nacen en las gradas de un trono no aprecian su valor como los que han nacido con estiércol entre los dedos de los pies, como yo. En verdad, Sinuhé, que comprendo el valor del poder y todos mis actos han tendido a conseguirlo para poder transmitirlo a mis hijos y los suyos, a fin de que mi sangre viva en el trono dorado de los faraones, y no he retrocedido ante nada para alcanzar este fin. Quizá mis actos sean reprobables a los ojos de los dioses, pero, a decir verdad, los dioses no me inquietan mucho, pues los faraones son superiores a los dioses, y en el fondo no existen ni buenas ni malas acciones, sino que lo que sale bien es bueno y lo que fracasa y se descubre es malo. Pero a pesar de todo, mi corazón tiembla algunas veces y mis entrañas se convierten en agua al pensar en mis acciones, porque en el fondo no soy más que una mujer y todas las mujeres son supersticiosas, pero creo que en esto mis hechiceros podrán ayudarme. Lo que sobre todo me hace temblar es ver que Nefertiti no pone en el mundo más que hijas y a cada nacimiento tengo la impresión de ver delante de mí una piedra que he lanzado hacia atrás, como una maldición que reptase hacia mí.
Murmuró algunos conjuros y agitó sus grandes pies, pero sin dejar de tejer sus cañas coloreadas, y al contemplar sus dedos sombríos un estremecimiento recorrió mi espalda. Porque hacía nudos de pajarero y yo creía reconocer estos nudos. En verdad, los reconocía, porque eran los nudos del Bajo Egipto y yo, en la casa de mi padre, los había observado en la cesta suspendida encima del lecho de mi madre. Mi lengua se paralizó y mis miembros adquirieron rigidez, porque la noche de mi nacimiento un ligero viento del Oeste empujó mi cesta de cañas por el río ya en crecida, hasta detenerse ante la puerta de la casa de mi madre. La idea que germinaba en mi espíritu al ver los dedos de la reina madre era tan terrible e insensata que me negaba a admitirla, y me decía que cualquiera era capaz de hacer nudos de pajarero a una cesta de cañas. Pero los pajareros ejercían su oficio en el Bajo Egipto y no en Tebas. Por esto, durante mi infancia, había examinado a menudo estos nudos desconocidos en Tebas, sin ni siquiera saber entonces de qué forma aquella cesta había de unirse a mi destino.
Pero la reina madre no observó mi actitud, y sumida en sus recuerdos y sus ideas prosiguió de esta forma:
– Acaso me encuentras mala y desagradable, Sinuhé, porque te hablo así, pero no me condenes demasiado severamente por mis actos y trata de comprenderme. No es fácil para la hija de un pajarero penetrar en el gineceo real donde se la desprecia a causa de su color y de sus grandes pies, y la pinchan con mil agujas, y su única salvación es un capricho del faraón. No te sorprenderá que no haya vacilado ante los medios de conservar el favor real familiarizándome noche tras noche con las extrañas costumbres de los negros hasta que no podía vivir sin mis caricias y yo gobernaba Egipto por medio de él. De esta forma deshacía todas las intrigas del palacio dorado y evitaba los lazos que me tendían y destrozaba las redes tendidas en mi camino, sin vacilar en vengarme en caso necesario. Por el temor he ligado todas las lenguas a mi alrededor y he gobernado el palacio dorado a mi antojo, y mi voluntad fue que ninguna mujer diese al faraón un hijo antes de habérselo dado yo. Por esto ninguna mujer del harén dio un hijo al faraón, y desde su nacimiento casaba con nobles a las hijas que nacían. Tal era la fuerza de mi voluntad, pero yo no me atrevía a engendrar por miedo a que perjudicase la belleza de mi cuerpo, porque al principio no lo dominaba más que por él. Pero el faraón envejeció y mis caricias lo agotaban y con gran terror, cuando vino el momento de procrear, le di una hija. Y esta hija es Baketatón y no la he casado, sino que la guardo como una flecha en mi carcaj, porque la persona prudente guarda siempre más de una flecha en su carcaj, no fiándose de una sola. El tiempo pasaba para mí en la angustia, pero al fin di a luz un hijo que no me ha dado la alegría que esperaba de él, Porque se ha vuelto loco, y así basaba todas mis esperanzas en su hijo que no ha nacido todavía. Pero mi poder era tan grande que durante todos estos años ninguna mujer dio a luz un hijo, sino solamente niñas. ¿No tienes que reconocer, como médico, Sinuhé, que mi habilidad y mi hechicería son grandes?