Entonces temblé y mirándola a los ojos, dije:
– Tu hechicería es simple y despreciable, reina madre, porque tejes con tus dedos en las cañas pintadas y todo el mundo puede reconocerla. Dejó caer las cañas como si le hubiesen quemado las manos, y sus ojos, enrojecidos por la cerveza, brillaron de furor y dijo:
– ¿Eres también tú hechicero, Sinuhé, para hablar de esta forma, o es que el pueblo sabe esta historia también?
Y yo le dije:
– A la larga no se puede ocultar nada al pueblo, y el pueblo lo sabe todo sin que se le diga. Tus actos no han tenido quizá testigos, reina madre, pero la noche te ha visto y el viento nocturno ha susurrado tus actos a numerosos oídos y si puedes ligar las lenguas no puedes evitar que el viento charle. Sin embargo, la alfombrilla que tejes con tus manos es ciertamente una bella alfombra y te agradecería que me la regalases, porque sabría apreciarla mejor que nadie.
Estas palabras la calmaron y tomó de nuevo su tejido y bebió cerveza. Después me miró con aire de astucia y dijo:
– Quizá te dé esta alfombrilla, Sinuhé, cuando esté terminada. Es una alfombrilla preciosa, porque, la he tejido con mis propias manos y es una alfombrilla real. Pero, ¿qué me darás tú a cambio?
Yo me eché a reír y respondí:
– Te daré mi lengua, ¡oh reina madre! Pero quisiera que me la dejases hasta mi muerte. Mi lengua no conseguirá ningún provecho hablando mal de ti. Por esto te la doy-.
La reina murmuró algunas palabras y, mirándome de soslayo, dijo:
– No puedo aceptar un regalo que poseo ya. Nadie me impediría tomar tu lengua ni tus manos para que no pudieses escribir lo que no podrías decir. Podría también mandarte a mis hechiceros de los subterráneos del palacio y probablemente no regresarías nunca más, porque les gusta sacrificar seres humanos.
Pero yo le dije:
– Has bebido, ciertamente, demasiada cerveza, ¡oh reina madre! No bebas más, si no, corres el riesgo de soñar hipopótamos. Mi lengua es tuya y espero recibir la alfombrilla cuando esté terminada.
Me levanté para despedirme y ella no me retuvo, sino que se echó a reír y dijo:
– Me diviertes mucho, Sinuhé; en verdad me diviertes mucho.
Así la dejé y regresé a la ciudad. Y Merit compartió su alfombra conmigo. Yo no era ya enteramente feliz, porque me acordaba de la cesta de cañas suspendida sobre el lecho de mi madre, y pensaba también en los dedos
que tejían alfombrillas de caña con nudos de pajarero, y pensaba en el viento nocturno que se lleva las cestas ligeras lejos de los muros dorados del palacio hacia las riberas de Tebas. Pensaba en todas estas cosas y no era enteramente feliz, porque lo que aumenta el saber aumenta también el dolor, y hubiera querido evitármelo porque no era ya joven.
5
La razón oficial de mi viaje a Tebas era hacer una visita a la Casa de la Vida donde no había ido desde hacía años, a pesar de que mi función de trepanador real me obligaba a ello, y temía también que mi habilidad manual disminuyese, porque durante todos los años de estancia en la Ciudad del Horizonte no había practicado una sola trepanación. Por esto dí en la Casa de la Vida algunas lecciones a los discípulos. Pero esta Casa había cambiado mucho y disminuido en importancia, porque la gente, incluso los pobres, la evitaban, y los mejores médicos la habían abandonado para ir a practicar en la ciudad. Yo pensé que la ciencia se había liberado y desarrollado desde que los discípulos no tenían que pasar el examen de sacerdocio de primer grado y nadie les impedía preguntar el porqué de las cosas, pero me equivocaba, porque los discípulos eran jóvenes y holgazanes y no sentían el menor deseo de preguntar el porqué, v su mayor afán era recibir de sus maestros la ciencia ya preparada e inscribir su nombre en el Libro de la Vida, a fin de poder ejercer su profesión y ganar oro y plata.
Los enfermos eran tan poco numerosos que tuve que esperar varias semanas para poder trepanar tres cráneos, como había decidido, para comprobar mi habilidad. Estas tres operaciones me valieron gran renombre y maestros y discípulos cantaron las alabanzas de mis manos y mi destreza. Sin embargo, yo tenía la decepcionante impresión de que mis manos no poseían la seguridad de antaño. Mi vista había disminuido y no podía reconocer tan fácilmente las enfermedades de mis clientes, sino que tenía que hacer muchas preguntas y largas investigaciones antes de estar seguro. Por esto cada día recibí enfermos en mi casa v los cuidé sin pedirles 'nada, porque quería recobrar mi antigua habilidad.
Hice, pues, tres trepanaciones en la Casa de la Vida, una de ellas por piedad, porque el enfermo era incurable y sufría atrozmente. Pero los otros dos era interesantes y requerían de todo mi talento. Uno de ellos era uno que se había caído del tejado a la calle hacia dos años, tratando de escapar de un marido engañado. No se había producido herida aparente pero más tarde había comenzado a sufrir ciertas crisis que se renovaban cuanto bebía vino. No tenía pesadillas, pero daba gritos y patadas y se mordía la lengua y se mojaba. Temía tanto aquellas crisis que quiso hacerse trepanar. Y consentí en ello, y por consejo de los médicos de la Casa recurrí a un hombre hemostático, cosa que no entraba en mis costumbres. Este hombre era todavía más estúpido y más dormido que el que murió en la cámara del faraón, como ya he referido, y durante toda la operación hubo que mantenerlo despierto para que produjese efecto. A pesar de todo, la sangre goteó alguna vez en la herida. Durante la operación vi que el cerebro del enfermo estaba negro de sangre coagulada en muchos sitios. Por esto la limpieza duró mucho tiempo y no pude limpiarlo a fondo porque hubiera podido estropear la superficie del cerebro. Pero las crisis del mal cesaron completamente, porque murió tres días después de la operación, como es normal. Pero la operación fue considerada como un éxito, y me felicitaron y los discípulos anotaron cuidadosamente todo lo que había hecho.
El segundo caso es muy sencillo, porque se trataba de un hombre joven que los guardias habían encontrado en la calle desvanecido v moribundo, desvalijado y con el cráneo fracturado. Yo me encontraba en la Casa de la Vida cuando lo llevaron allí y decidí trepanarlo en seguida, porque lo consideré perdido. Quité cuidadosamente las esquirlas de hueso y cubrí la abertura con una placa de plata desinfectada. Se curó y vivía todavía dos semanas más tarde cuando salí de Tebas, pero tenía dificultad en mover las manos, y la palma de la mano y de los pies no respondían a las cosquillas. Pero creo que con el tiempo debe de haberse restablecido completamente. Esta trepanación no produjo tanto efecto como la primera porque todo el mundo consideró mi éxito natural y alabó mi habilidad manual. Sin embargo, a causa de la urgencia, operé sin haber afeitado antes el cráneo y cuando hube cosido el cuero cabelludo sobre la placa de plata, el cabello creció sobre su cabeza como antes.