A causa de mi categoría me trataban respetuosamente en la Casa de la Vida, pero los médicos ancianos me evitaban y no se atrevían a hablarme con confianza, porque venía de la Ciudad del Horizonte y el falso dios les inspiraba temor. Yo no les hablaba de Atón, sino únicamente de cuestiones médicas. Día tras día me husmeaban como un perro que buscara un rastro y acabé extrañándome de ello. Finalmente, después de la tercera trepanación, un médico muy hábil e inteligente fue a encontrarme y me dijo:
– Sinuhé real, habrás sin duda observado que la Casa de la Vida está cada vez más vacía y que se recurre menos a nuestros cuidados, pese a que haya en Tebas más enfermos que antes. Has viajado por muchos países y has visto muchas curas, Sinuhé, pero creo que no has visto ninguna curación como las que se producen en secreto en Tebas, porque no se utiliza en ellas ni cuchillo, ni fuego, ni medicina, ni apósitos. Me han encargado que te hablase de estas curaciones y te preguntase si querías ser testigo de ellas. Pero debes prometerme no decir nada a nadie de todo lo que veas. Tendrás también que dejarte vendar los ojos cuando te lleven al lugar de las curaciones milagrosas.
Estas palabras no me gustaban mucho, porque por este motivo temía complicaciones con el faraón. Pero mi curiosidad era grande y dije: -He oído hablar, efectivamente, de cosas asombrosas que ocurren en Tebas en estos momentos. Los hombres cuentan historias y las mujeres tienen sueños, pero no he oído hablar nunca de curaciones. Como médico, dudo mucho de las curaciones obtenidas sin cuchillo ni fuego, sin medicina ni apósitos. Por esto no quiero intervenir en esta charlatanería, a fin de que mi nombre no se vea mezclado en testimonios posibles.
Pero él insistió v dijo:
– Después de tus viajes al extranjero, donde has aprendido tantas cosas, pensábamos que no tendrías prejuicios. Por otra parte, la sangre deja también de manar sin tener que recurrir a las pinzas ni al cauterio. ¿Por qué no se podría, pues, curar sin cuchillo ni fuego? Tu nombre no estará mezclado en el asunto, te lo prometemos, porque por ciertas razones deseamos que lo veas todo, a fin de que sepas que no hay fraude en estas curas. Eres solitario, Sinuhé, y serás un testigo imparcial; por esto tenemos necesidad de ti.
Estas palabras aguzaron mi curiosidad. Por esto acepté su proposición v por la tarde fue a buscarme con su litera v me vendó los ojos. Cuando la litera se detuvo, me cogió del brazo y me guió por largos corredores, subiendo y bajando escalones, y acabé diciéndome que estaba harto de aquella farsa. Pero él me tranquilizó y me quitó la venda y me hizo entrar en una sala donde ardían numerosas lámparas y cuyos muros eran de piedra. Tres enfermos estaban tendidos en unas camillas y un sacerdote se acercó a mí con la cabeza afeitada y el rostro reluciente de aceite sagrado. Me llamó por mi nombre y me invitó a examinar a los enfermos para evitar todo fraude. Su voz era firme y suave y sus ojos inteligentes. Por esto seguí su exhortación y examiné a los enfermos, y el cirujano de la Casa de la Vida me asistió.
Ví que los tres enfermos lo estaban realmente y no podían levantarse solos. Uno de ellos era una mujer cuyos miembros estaban descarnados v completamente insensibles, y sólo sus ojos se movían en su rostro asustado. El otro era un muchacho cuyo cuerpo estaba cubierto de una erupción terrible y de húmedas postillas. El tercero era un anciano cuyas piernas estaban paralizadas y no podía andar, y no era un simulacro, pues lo pinché con una aguja y no sintió nada. Por esto le dije al sacerdote.
– He examinado a estos tres enfermos con toda mi ciencia y si fuese su médico sólo podría mandarlos a la Casa de la Vida. Esta Casa no podría, seguramente, curar a la mujer ni al anciano, pero disminuiría los sufrimientos del muchacho con baños de azufre.
El sacerdote sonrió v me invitó a tomar asiento con el otro médico y a esperar pacientemente. Después llamaron a unos esclavos que colocaron las camillas sobre un altar y, quemaron unos inciensos que espesaban el aire. En el corredor se oían cánticos y entró un grupo de sacerdotes entonando los cánticos de Amón. Se agruparon alrededor de los enfermos y comenzaron a orar, saltando y bailando. El sudor corría por sus rostros y se quitaron la túnica y agitaron cascabeles, produciéndose cortes en todo el cuerpo con unas piedras afiladas, de manera que la sangre corría. Yo había visto ceremonias parecidas en Siria y observaba fríamente como médico, pero comenzaron a gritar todavía más fuerte y a golpear el muro de la sala con sus puños, y el muro se abrió y a la luz de unas lámparas apareció la estatua de Amón, colosal y atemorizadora. Al instante los sacerdotes se callaron y el silencio fue más terrible que el ruido precedente. En la bóveda sombría el rostro de Amón brillaba con una luz celeste, y de repente el más alto de los sacerdotes se acercó a los enfermos v, llamándolos por sus nombres, dijo:
– Levantaos y marchaos, porque el gran Amón os ha bendecido para que creáis en él.
Y entonces vi con mis propios ojos cómo los tres enfermos, con inseguros ademanes, se levantaban fijando la vista en la estatua de Amón. Se pusieron primero de rodillas, después de pie y se tocaron las piernas con sorpresa, después se echaron a llorar bendiciendo el nombre de Amón. Pero el muro se volvió a cerrar, los sacerdotes salieron y los esclavos se llevaron el incienso y encendieron otras lámparas a fin de que pudiésemos examinar a los enfermos. Y la mujer pudo mover los miembros y dar algunos pasos delante de nosotros, y el anciano caminaba sin dificultad, y la erupción había desaparecido de todo el cuerpo del muchacho, cuya piel era lisa y sana. Todo aquello se había producido en muy poco tiempo, y si no lo hubiese visto con mis propios ojos no creería que fuese posible.
El sacerdote que nos había recibido se acercó a nosotros con una sonrisa de victoria y nos dijo:
– ¿Qué dices ahora, real Sinuhé? Yo le miré a los ojos y le dije:
– Comprendo que la mujer y el anciano eran víctimas de prácticas mágicas que habían ligado su voluntad, y la magia es vencida por la magia, si la voluntad del mago es superior a la del hechizador. Pero una erupción es una erupción y no se cura por la magia, sino por un tratamiento prolongado de baños medicinales. Por esto reconozco que no había visto todavía nada parecido.
Me miró y su mirada echó llamas, y dijo:
– ¿Reconoces, Sinuhé, que Amón sigue siendo el rey de todos los dioses?
Pero yo le dije:
– Te ruego que no pronuncies en voz alta el nombre de este falso dios, porque el faraón lo ha prohibido y estoy todavía a su servicio.
Vi que mis palabras lo irritaban, pero era sacerdote de grado superior y su voluntad dominó, sus sentimientos. Y así, recobrando la serenidad, dijo, sonriendo:
– Mi nombre es Hríbor, y te lo digo a fin de que puedas denunciarme a los guardias, porque no temo a los guardias del falso faraón, ni sus azotes, ni sus minas, y curaré a todo aquel que venga a mí en nombre de Amón. Pero no disputemos por estas cosas y hablemos corno personas civilizadas. Permíteme que te invite a tomar una copa de vino en mi celda, porque debes estar seguramente cansado de haber permanecido tanto tiempo sentado sobre la dura piedra.