Выбрать главу

Me llevó por unos largos corredores hacia su celda y por el aire pesado de corredores adiviné que estábamos bajo tierra y supuse que nos hallábamos en los subterráneos de Amón, sobre los que se contaban tantas leyendas, pero que ningún profano había visto. Hríbor despidió al médico de la Casa de la Vida y entramos en su celda, donde no faltaba nada de lo necesario, para proporcionar el bienestar al hombre. Un baldaquino cubría el lecho, y los cofres y las cajas eran de marfil y ébano, las alfombras eran mullidas y la habitación olía a perfumes preciosos. Me vertió cortésmente agua perfumada sobre las manos y me hizo sentar, y me ofreció pasteles de miel, frutos y ese vino fuerte de los viñedos de Amón al que se había mezclado mirra. Bebimos juntos y me habló en estos términos:

~Sinuhé, te conocemos y hemos seguido tus pasos y sabemos que amas mucho al falso faraón y que su dios no te es tan indiferente como nosotros quisiéramos. Sin embargo, te aseguro que este dios no tiene nada más que Amón, porque la persecución lo ha purificado y lo ha hecho más fuerte que antes. Pero no quiero abordar las cuestiones teológicas contigo; deseo hablarte como a un hombre que, sin exigir nada, ha curado a los pobres y como un egipcio que ama más las tierras negras que las tierras rojas. Por te digo: el faraón Akhenatón es un flagelo para los pobres y una maldición para Egipto, y debe ser muerto a fin de que sus fechorías no sean irremediables.

Yo bebí vino v dije:

– Los dioses me son indiferentes y estoy cansado de ellos, pero el dios del faraón es diferente a todos los demás, porque no tiene imágenes y todos los hombres son iguales delante de él, y cada cual, sea pobre o esclavo, o incluso extranjero, tiene un valor a sus ojos. Por esto creo que el año del mundo toca a su fin y que otro comienza Puede ocurrir lo increíble y también lo que es contrario a la razón humana. Porque jamás se había presentado como ahora la ocasión de renovarlo todo y hacer que los hombres sean hermanos entre sí.

Hribor hizo un gesto de protesta y, sonriendo, dijo:

– Comprendo, Sinuhé, que sueñas con los ojos abiertos, mientras yo te creía un hombre sensato. Mis aspiraciones son más modestas. Espero únicamente que las cosas vuelvan a ser las de antes y el pobre tenga su

medida llena y las leyes sigan en vigor. Quiero solamente que todo el mundo pueda ejercer su profesión en paz y tenga la fe que desee. Quiero que se conserve todo lo que perpetúa la vida, la diferencia entre el esclavo y el señor, entre el siervo y el patrón. Quiero que el poderío y el honor de Egipto queden a salvo, quiero que los niños nazcan en su país, donde cada cual esté en su sitio, con una misión fijada de antemano hasta el final de su vida y donde ninguna inquietud atormente su corazón. He aquí lo que quiero, y por esto el faraón Akhenatón tiene que desaparecer.

»Tú, Sinuhé, eres un hombre bueno y dócil y no quieres mal a nadie. Pero vivimos en una época en que todo el mundo tiene que tomar su partido. Quien no esté con nosotros está contra nosotros y sufrirá las consecuencias, porque no eres suficientemente ingenuo para creer que el faraón conservará mucho tiempo su poder. Poco importa qué dios es el que honras, porque Amón no tiene necesidad de ti. Pero está en tus manos, Sinuhé, aniquilar la maldición que pesa sobre Egipto. Está en tus manos suprimir el hambre y la miseria y la inquietud en las tierras negras. Está en tus manos restaurar el poderío de Egipto.

Estas palabras inquietaron mi corazón. Por esto bebí más vino y mi boca y mis narices se llenaron del perfume exquisito de la mirra. Traté de reírme, diciéndole:

– Un perro rabioso o un escorpión te han mordido, porque mi poder no es tan extenso ni soy siquiera tan hábil como tú para curar enfermos. Se levantó y dijo:

– Quiero enseñarte algo.

Tomó una lámpara y me llevó por el corredor hasta una puerta cerrada por varios cerrojos, que abrió, y entramos en una habitación donde centelleaban el oro y la plata y las piedras preciosas. Y dijo:

– No temas. No quiero tratar de corromperte, no soy tan tonto, pero es conveniente que veas que Amón es más rico que el faraón. No, no trato de seducirte con el oro.

Abrió una pesada puerta de cobre e iluminó una pequeña estancia en la que reposaba sobre un lecho de piedra una imagen de cera, cuyo pecho y sienes estaban atravesados por unas afiladas agujas. Instintivamente levanté el brazo y recité las fórmulas contra la magia, tal como las había aprendido antes de mi iniciación como sacerdote de primer grado. Hribor me miró sonriendo y ví que su mano no temblaba.

– Ya ves que el tiempo del faraón toca a su fin -dijo- porque le hemos hecho un sortilegio en nombre de Amón y hemos atravesado su corazón y sus sienes con las agujas sagradas de Amón. Pero el sortilegio es lento y pueden ocurrir todavía muchas desgracias, y su dios puede protegerlo hasta cierto punto. Por esto quisiera discutir todavía contigo, ahora que has visto esto.

Volvió a cerrar cuidadosamente todas las puertas y me llevó de nuevo a su celda y llenó mi copa de vino, pero el vino me cayó por la barbilla y la copa tintineó contra mis dientes, porque había visto con mis propios ojos un sortilegio más funesto que todos los demás y contra el cual todo el mundo es impotente. Y Hribor dijo:

– Ya ves que el poderío de Amón se extiende hasta la Ciudad del Horizonte, pero no me preguntes cómo hemos podido procurarnos cabellos y limaduras de uñas del faraón para meterlas dentro de la imagen de cera, aunque puedo decirte que no las hemos conseguido a precio de oro, sino que las hemos recibido de Amón. -Me dirigió tina mirada indagadora y, pesando sus palabras, continuó-: La fuerza de Amón crece de día en día, como has podido ver mientras curaba a los enfermos en su nombre. Día tras día la maldición de Amón pesa sobre Egipto. Cuanto más viva el faraón, más sufrirá Egipto, porque el sortilegio obra lentamente. ¿Qué dirías, Sinuhé, si te diesen una droga que librase para siempre al faraón de sus dolores de cabeza?

– El hombre está siempre sujeto a enfermedades -dije-. Sólo un muerto está libre de ellas.

Me miró con sus ojos que echaban llamas y su voluntad me inmovilizó en el suelo, de manera que no pude levantar el brazo cuando dijo:

– Es probable, pero esta droga no deja rastro y nadie podrá acusarte, y ni aun los embalsamadores observarán nada anormal en las entrañas. Y no tendrás que darle al faraón un remedio que cura los dolores de cabeza. Se dormirá y no conocerá ya nunca más el dolor ni la pena. -Levantó la mano y añadió-: No quiero ofrecerte oro, pero, si lo haces, tu nombre será bendito eternamente y tu cuerpo no se descompondrá jamás y vivirás eternamente. Manos invisibles protegerán los días de tu vida y no habrá deseo humano que tú no consigas. Te lo prometo, porque tengo el poder para ello. -Levantó los brazos y sus ojos echaron llamas y no pude evitar su mirada. Su voluntad me encadenaba de manera que no podía moverme, ni levantar el brazo, ni ponerme en pie. Y dijo-: Si te digo: ‹!Levántate!», te levantarás. Si te ordeno levantar el brazo, lo levantarás. Pero no puedo obligarte a adorar a Amón si tú no quieres, ni puedo obligarte a realizar actos contrarios a tu voluntad. De manera que mi poder sobre ti es limitado. Por esto te conjuro, Sinuhé, en nombre de Egipto, a que tomes la droga que he preparado y se la des.

Bajó los brazos y pude de nuevo moverme y llevarme la copa a los labios, que no temblaban ya. El perfume de la mirra invadió mi boca y mi olfato, y le dije:

– Hribor, no te prometo nada, pero dame la droga. Dame esta medicina lamentable, porque acaso sea mejor que el jugo de la adormidera y quizá venga un día en que el faraón desee no despertarse.

Me dio la droga en una redoma de colores y dijo:

– El porvenir de Egipto está en tus manos, Sinuhé. No conviene que nadie levante la mano contra el faraón, pero la miseria y la impaciencia del pueblo son grandes y puede venir el momento en que alguien se acuerde de que el faraón es también mortal y que la sangre corre si se agujerea su piel con una lanza o un puñal. Pero esto no debe ocurrir, porque entonces el poderío de los faraones se tambalearía. Por esto el destino de Egipto está en tus manos.