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Tomé la droga y dije irónicamente:

– El destino de Egipto estuvo quizás, el día de mi nacimiento, en unas manos negras que tejen cañas. Pero hay cosas que tú ignoras, Hribor, pese a que creas saberlo todo. En todo caso, tengo la droga, pero recuerda que no te prometo nada.

Sonrió levantando la mano en signo de despedida v dijo, según la costumbre:

– Tú recompensa será grande.

Después me acompañó por unos largos corredores sin ocultarme nada, porque sus ojos veían en el corazón de los hombres y sabía que no lo denunciaría. Por esto puedo decir que los subterráneos de Amón se encuentran debajo del gran templo, pero no quiero decir cómo se penetra en ellos, porque este secreto no es mío.

6

Algunos días después la reina madre Tii moría en el palacio dorado. Había sido mordida por un áspid mientras visitaba los cepos para pájaros en el jardín del palacio. No hubo manera de encontrar a su médico, como suele ocurrir cuando más necesidad se tiene de él. Por esto fueron a buscarme a mi casa, pero a mi llegada a palacio no pude hacer sino certificar su defunción. Su médico no puede jamás ser responsable, porque la mordedura de esta serpiente es siempre mortal, a menos que antes de las cien primeras pulsaciones se abra la mordedura y se haga la ligadura de las venas.

Tuve que ocuparme de hacer entregar el cuerpo a los embalsamadores de la Casa de la Muerte. Allí encontré también al sombrío sacerdote Ai y tomó las mejillas hinchadas de la reina madre y dijo:

– Era ya hora de que muriese, porque no era más que una mujer vieja y fastidiosa que intrigaba contra mi. Sus propios actos la condenaban y ahora que está muerta espero que el pueblo se calmará.

De todos modos, no creo que Ai la hubiese matado, porque no se hubiera atrevido. Los crímenes comunes v los sombríos secretos unen, en efecto, a la gente más sólidamente que el amor, y sé que, a pesar de sus palabras cínicas, Ai echaba de menos a la difunta, porque con el transcurso de los años se hablan acostumbrado uno a otro.

Cuando la noticia de esta muerte se esparció por Tebas el pueblo se puso las vestiduras de fiesta v se agrupó en plazas y calles. Las predicciones corrían de boca en boca y numerosas santas mujeres comenzaron a contar presagios todavía más funestos. La muchedumbre se precipitó hacia los muros del palacio y, para calmarla y ganar su favor, Ai hizo arrojar a latigazos a los hechiceros negros que vivían en las bodegas de palacio. Eran cinco, y uno de ellos era una mujer vieja y gorda como un hipopótamo y los guardias los expulsaron por la puerta del Papiro, después de lo cual, la muchedumbre se arrojó sobre ellos y los descuartizó y toda su magia no pudo salvarlos. Ai hizo también destrozar y quemar en los subterráneos todos sus objetos mágicos y sus drogas, lo cual es lástima, porque hubiera podido estudiar sus filtros y sus fórmulas herméticas.

Nadie en palacio lloró la muerte de la reina madre ni el fin de los hechiceros. La princesa Baketatón acudió, sin embargo, a ver el cuerpo de su madre y le tocó las manos con sus lindos dedos, y dijo:

– Tu marido ha obrado mal permitiendo al pueblo descuartizar a tus hechiceros negros. -Y me dijo luego-: Estos hechiceros no eran mala gente y no estaban a gusto aquí; deseaban volver a sus selvas y sus cabañas. No hubieran debido ser castigados por los actos de mi madre.

Así fue como conocí a Baketatón y me gustó mucho, a causa de su aire altivo y su belleza. Me habló de Horemheb y se burló de él y dijo: -Horemheb es de baja extracción y sus palabras son groseras, pero si tomara mujer podría ser el generador de una familia noble. ¿Puedes decirme por qué no está casado?

Yo le dije:

– No eres tú la primera en preguntármelo, Baketatón real, pero a causa de tu belleza voy a contarte lo que no he contado a nadie. Cuando siendo muy joven Horemheb llegó por primera vez a palacio miró por equivocación la luna. Y desde entonces no ha podido mirar a una mujer ni romper una jarra. Pero, ¿qué es de ti, Baketatón? Ningún árbol crece sin cesar, mas debe dar frutos, y como médico vería con gusto hincharse tus flancos de fertilidad.

Ella levantó la cabeza y dijo:

– Sabes muy bien, Sinuhé, que mi sangre es demasiado sagrada para unirse aun a la sangre más noble de Egipto. Por ésto mi hermano hubiera hecho mejor en tomarme por esposa como es la buena costumbre, y seguramente le hubiera dado un hijo. Por otra parte, si estuviese en mi poder, le haría arrancar los ojos a este Horemheb porque es infamante pensar que ha osado levantar su vista hacia mí. Te digo francamente que la mera idea de un hombre me aterra, porque su contacto es brutal y vergonzoso y sus miembros duros destrozan a las mujeres frágiles. Por esto creo que se exagera mucho el placer que un hombre puede proporcionar a una mujer,

Pero sus ojos brillaban y respiraban ansiosamente, y ví que aquella conversación le gustaba. Por esto le continué diciendo:

– He visto cómo mi amigo Horemheb, tendiendo sus músculos, rompía un brazalete de cobre. Sus miembros son largos y robustos, y su pecho resuena como un tambor cuando en su cólera lo golpea. Y las damas de la Corte lo persiguen con sus asiduidades, mayando como gatas, y puede hacer con ellas lo que quiere.

Baketatón me miró y su boca pintada temblaba y sus ojos lanzaban llamas.

Me dijo:

– Sinuhé, tus palabras son muy desagradables, y no comprendo por qué me ensalzas a tu Horemheb. Ha nacido con estiércol entre los dedos de los pies y su nombre mismo me desagrada. ¿Por qué hablarme así de él delante del cuerpo de mi madre?

Renuncié a hacerle ver que había sido ella la que había empezado, pero, fingiendo sorpresa, le dije:

– ¡Oh, Baketaton! Permanece como un árbol florido; tu cuerpo no se usará y florecerás todavía muchos años. Pero ¿tu madre no tiene ninguna sirvienta fiel para llorar y lamentarse al lado de su cuerpo hasta que la Casa de la Muerte se lo lleve y, las lloronas retribuidas se arranquen el cabello alrededor de ella? Si pudiese, lloraría, pero un médico no puede llorar delante de la muerte. La vida es una jornada calurosa, Baketatón; la muerte es quizás una noche fría. La vida es un golfo estancado, Baketatón; la muerte es quizás una ola profunda y clara.

Y ella me dijo:

– No me hables de la muerte cuando la vida es todavía deliciosa en mi boca. Pero es verdaderamente escandaloso que nadie llore al lado del cuerpo de mi madre. Yo no puedo llorar, porque no convendría a mi dignidad, y el color de mis cejas correría y estropearía el afeite de mis mejillas, pero voy a mandar una mujer a fin de que llore contigo, Sinuhé.

Yo bromeé y le dije:

– Divina Baketaton, tu belleza me ha seducido y tus palabras han vertido aceite sobre mi fuego. Por esto te pido que me mandes una mujer fea y vieja, a fin de que no la seduzca en mi excitación, lo cual sería profanar la casa mortuoria.

Ella movió la cabeza y dijo:

– Sinuhé, Sinuhé, ¿no te avergüenzas de las tonterías que dices? Porque si es verdad, como dicen, que no temes a los dioses, menos deberías temer a la muerte.

Pero como era una mujer no se ofendió de mis palabras y salió para ir en busca de una llorona.

Yo había tenido mi idea al hablar con tanta impiedad delante del cuerpo de la difunta y esperaba con ansiedad a la enviada, y cuando vino vi que era más fea y vieja de lo que había osado esperar, porque en el gineceo vivían todavía todas las mujeres de su ex real marido y las del faraón Akhenatón y sus nodrizas y damas de compañía. El nombre de esta vieja era Mehunefer y ví por su rostro que le gustaban los hombres y el vino. Por deber comenzó a aullar y gemir v arrancarse los cabellos. Fui a buscar vino y lo aceptó cuando le hube asegurado que sería muy útil a su dolor. Después le dirigí algunas pullas y alabé su antigua belleza. Y le hablé de los hijos del viejo faraón y de las hijas de Akhenatón, y, para terminar, fingiendo tontería, le pregunté: