– ¿Es verdaderamente exacto, como se dice, que la reina madre fue la única mujer del faraón que le dio un hijo?
Mehunefer dirigió una mirada de terror hacia la difunta y movió la cabeza como para impedirme continuar. Por esto comencé a halagarla y hablé de su cabello, de sus ropas y de sus joyas. Y alabé también sus labios y sus ojos, y acabó olvidando las lágrimas y escuchándome embelesada. Porque una mujer cree siempre los halagos, porque quiere creerlos. Así nos hicimos buenos amigos, y cuando los hombres de la Casa de la Muerte se hubieron llevado el cuerpo me invitó a su habitación con toda clase de mimos y me ofreció vinos. El vino le desató la lengua y me acariciaba las mejillas dándome nombres cariñosos y me contó las historias más picarescas de la Corte para darme ánimos. Me dejó entender también que la difunta reina se había divertido a menudo con los hechiceros negros, y, riéndose, añadió:
– Era una mujer terrible, y ahora que está muerta respiro y no comprendo en absoluto sus gustos, puesto que existen bellos egipcios jóvenes de carne tostada y que huelen bien.
Me olió las mejillas y las orejas, pero yo me aparté.
– La gran reina Tii -dije- era una hábil tejedora de cañas, ¿verdad? Tejía pequeñas barquichuelas y las ponía de noche en el río, ¿verdad,
Estas palabras la inquietaron y dijo:
– ¿Cómo quieres que lo sepa?
Pero el vino le hizo perder toda reserva v sintió la necesidad de jactarse y dijo:
– Sé, sin embargo, mucho más que tú y sé que tres recién nacidos descendieron por el río como los hijos de los pobres, porque esta vieja bruja temía a los dioses y no quería ensuciarse las manos con sangre. Fue Ai quien le enseñó el uso de los venenos, de manera que la princesa de Mitanni murió llorando y reclamando a su hijo.
– ¡Oh, bella Mehunefer! -dije tocándole las mejillas cubiertas de una espesa capa de ungüentos-, te aprovechas de mi juventud y mi inexperiencia para contarme historias inventadas. La princesa de Mitanni no tuvo hijos, y si tuvo uno, ¿cuándo ocurrió?
– No eres ni joven ni inexperimentado, Sinuhé, al contrario; y tus manos son desvergonzadas y peligrosas y tus ojos pérfidos, pero sobre todo tu lengua es pérfida y hábil en el mentir. Pero tus mentiras son deliciosas a mis viejos oídos y por esto voy a decirte todo lo que sé de la princesa de Mitanni, que hubiera podido llegar a ser la gran esposa real, pero estas palabras pasarían un hilo alrededor de mi garganta si Tii viviese todavía. La princesa Tadu-Hepa no era más que una chiquilla cuando llegó de su lejano país. Jugaba todavía con las muñecas mientras crecía en el harén, igual que la pequeña princesa casada con Akhenatón, que murió. El faraón Amenophis no la tocó, la consideraba una chiquilla y jugaba a muñecas con ella y le daba juguetes dorados. Pero Tadu-Hepa creció y a la edad de catorce años era bella de veras y sus miembros eran finos y lisos y su piel blanca como la de las mujeres de Mitanni. Entonces el faraón cumplió sus deberes para con ella, como hacía con todas las mujeres, pese a las intrigas de Tii, porque un hombre no se deja fácilmente retener en estos asuntos mientras las raíces de su árbol no se han resecado. Y así el grano de cebada comenzó a germinar en Tadu-Hepa, pero al cabo de poco tiempo germinó también en Tii y Tii experimentó un gran júbilo, porque había dado al faraón una hija que es esta insoportable y arrogante Baketatón.
Se mojó la garganta y dijo:
– Todos los bien informados sabían que el grano de cebada de Tii venía de Heliópolis, pero es mejor no insistir sobre este asunto. En todo caso, Tii estaba sumamente preocupada por el embarazo de Tadu-Hepa e intentó por todos los medios hacerla abortar, como lo ha hecho con muchas mujeres por medio de sus hechiceros negros. Antes, había mandado a dos niños por el río en barquichuelas de cañas, pero estos dos niños eran hijos de concubinas sin importancia y las mujeres temían a Tii, que las consolaba con regalos, de manera que se resignaban a encontrar una hija en lugar de su hijo. Pero la princesa de Mitanni era una adversaria más peligrosa, porque era de familia real y tenía amigos que la protegían y esperaban que llegase a ser la gran esposa real en el lugar de Tii si daba un día un hijo al faraón. Pero el poder de Tii era tan grande y su pasión tan violenta desde que su seno había sido fertilizado, que nadie osaba resistírsele, y Ai, a quien se había traído de Heliópolis, estaba a su lado. Y cuando la princesa de Mitanni parió, despidieron a todos sus amigos y los hechiceros negros la rodearon con el pretexto de calmar sus dolores, y cuando quiso ver a su hijo le enseñaron una niña que había nacido muerta, pero ella se negó a creer a Tii. Yo sabía también que había dado a luz un niño y este niño vivía y aquella misma noche se marchó río abajo.
Yo me eché a reír ruidosamente y dije: -¿Cómo pudiste saberlo, bella Mehunefer? Ella se enfadó y vertió el vino sobre la barbilla al beber y dijo:
– Por todos los dioses, fui yo misma quien cortó las cañas con mis propias manos, porque Tii no quería mojarse a causa de su embarazo. Estas palabras me alteraron y me levanté y vertí vino sobre la alfombra y lo pisoteé para demostrar mi horror. Pero Mehunefer me cogió del brazo y me hizo sentar a la fuerza a su lado y dijo:
– He hecho mal en contarte esta historia que me puede ocasionar disgustos, pero tienes un no sé qué que atrae y mi corazón no tiene ya secretos para ti, Sinuhé. Por esto te lo confieso; yo fui quien cortó las cañas y Tii tejió la cesta, porque no tenía confianza en la servidumbre y a mí me había afectado a ella por medio de prácticas mágicas, porque sabía las tonterías que había cometido durante mi juventud, por las cuales me hubieran flagelado y arrojado de la casa dorada si se hubiesen sabido, pero todo el mundo obraba de aquella manera en palacio. Sea como sea, estaba ligada a ella, y tejió la cesta en la oscuridad y se reía diciendo palabras impías, porque era feliz por haber apartado así de su camino a la princesa de Mitanni. Pero mi corazón se consolaba diciéndome que alguien recogería al chiquillo, y, sin embargo, sabía que no sería así, porque los niños confiados al río perecen bajo el sol ardiente o bien son devorados por los cocodrilos o las aves de rapiña. Pero la princesa de Mitanni se negó a reconocer la niña muerta puesta a su lado, porque el color de su piel era diferente de la suya y la forma de la cabeza también. Porque, efectivamente, la piel de las mujeres de Mitanni es tersa y lisa como la de un fruto y de color de humo o de ceniza blanca y sus cabezas pequeñas y finas. Por esto comenzó a gemir v arrancarse los cabellos acusando a los hechiceros negros y a Tii, pero Tii le administró unos calmantes diciéndole que había perdido la razón en el dolor de dar al mundo una criatura muerta. Y el faraón dio más bien crédito a Tii que a Tadu-Hepa y entonces ésta perdió rápidamente la salud y murió, pero antes de morir intentó varias veces escapar del palacio dorado para ir a buscar a su hijo y por esto todo el mundo creyó que se había vuelto realmente loca.
Yo miraba mis manos, que eran blancas al lado de las manos de mona de Mehunefer, que tenían color de humo. Mi emoción era inmensa y en voz baja pregunté:
– Bella Mehunefer, ¿recuerdas cuándo ocurrió todo esto?
Ella me acarició el cuello con sus dedos secos, haciéndome mimos, v respondió:
– ¡ Oh, mi muchacho precioso! ¿Por qué perder tiempo con estas viejas historias? Pero como no puedo negarte nada, te diré que todo esto ocurrió durante el vigésimo segundo año del reinado del gran faraón, en otoño, cuando la lluvia estaba en plena intensidad. Si me preguntas cómo puedo recordarlo con tanta precisión, te diré que el faraón Akhenatón nació aquel mismo año, pero un poco más tarde, en primavera, en el tiempo de las siembras