Esta imagen había sido esculpida según el estilo antiguo y la princesa era una bella muchacha, con un peinado real; sus miembros eran graciosos y frágiles y su rostro elegante y racial. Yo contemplé aquella imagen largo rato y una golondrina pasó volando por encima de mi cabeza lanzando gritos de alegría, pero una emoción terrible se apoderó de mi espíritu fatigado por los pensamientos de la noche anterior y bajé la cabeza y lloré por la suerte de aquella pobre princesa solitaria venida de su lejano país. Al comparar con ella mi cabeza calva y mi cuerpo obeso por el exceso de comida en la Ciudad del Horizonte y mi rostro arrugado, no podía creerme su hijo; pero a pesar de todo, una emoción inmensa hacía acudir las lágrimas a los ojos mientras pensaba en su vida solitaria en el palacio dorado, y la golondrina seguía revoloteando por encima de mí. Evoqué las bellas casas de Mitanni y sus habitantes melancólicos, evoqué también los caminos polvorientos de Babilonia y sus eras de arcilla, y sentía que mi juventud había huido hacia lo inaccesible y mi virilidad había naufragado en el fango y el agua estancada de la Ciudad del Horizonte.
Así pasó el día, vino la noche y regresé al puerto y entré en «La Cola de Cocodrilo» para reconciliarme con Merit. Pero ella me acogió fríamente y me trató como un forastero y me ofreció de comer sin hablarme. Y después me dijo:
– ¿Has vuelto a ver a tu amante?
Respondí malhumorado que no había ido a ver mujeres, sino que había practicado mi arte en la Casa de la Vida e ido de allí al templo de Atón. Para mostrarle bien mi contrariedad le expuse detalladamente todo lo que había hecho durante la jornada, pero ella me observó durante todo el tiempo con una sonrisa de mofa. Cuando hube terminado, dijo:
– Ya me imaginaba que no habías corrido detrás de las mujeres, porque después de tus hazañas de anoche eres incapaz, con lo gordo y calvo que eres. Pero tu amante ha venido a buscarte aquí y la he mandado a la Casa de la Vida.
Me levanté bruscamente y mi asiento se cayó al suelo, y grité: -¿Qué quieres decir, mujer insensata?
Merit se arregló el cabello, sonrió maliciosamente y dijo:
– En verdad te digo que tu amante ha venido aquí a buscarte; iba vestida como una novia, llevaba joyas e iba pintada como una mona y apestaba a hierbas aromáticas. Ha dejado una carta para ti, y te ruego que le digas que no vuelva por aquí porque ésta es una taberna respetable y ella parece la dueña de una casa de lenocinio.
Me tendió una carta que no estaba cerrada y la abrí temblando. Cuando la hube leído, la sangre me subió a mi cabeza y mi corazón palpitó. He aquí lo que escribía Mehunefer:
Al médico Sinuhé, el saludo de Mehunefer, hermana de su corazón, guardiana de las agujas de la casa dorada del faraón. Mi adorado torito, mi pichón delicioso, Sinuhé. Me he despertado sola sobre mi alfombra, con la cabeza enferma, pero mi corazón estaba más enfermo que mi cabeza, porque mi alfombra estaba desierta y no estabas a mi lado y no sentía el perfume del ungüento de tus manos. ¡Por qué no seré yo el delantal de tu cintura, un ungüento sobre tus cabellos, el vino de tu boca:, Sinuhé! Me hago llevar de una casa a otra para encontrarte y no renunciaré hasta haberlo conseguido, porque mi cuerpo está lleno de hormigas cuando pienso en ti, y tus ojos son deliciosos a mis ojos. Y no tienes que privarte de venir a mi casa, pese a que seas tímido, como sé, porque en el palacio dorado todo el mundo conoce ya mi secreto y la servidumbre te mirará por entre dedos. Ven hacia mí en cuanto recibas esta carta, ven con las alas del pájaro, porque mi corazón tiene necesidad de ti. Si no acudes a mí, yo volaré hacia ti más rápida que el pájaro. Mehunefer, la que es hermana de tu corazón, te saluda.
Leí varias veces la espantosa misiva sin osar mirar a Merit, que acabó arrancándomela de las manos y rompió el palo a que iba sujeta, y la rasgó y la pisoteó diciendo:
– Podría en cierto modo comprenderte si fuese joven y bella, pero es vieja y arrugada y más fea que un saco aunque se pinte como el revoque de un muro. No comprendo tu gusto, Sinuhé, a menos que el resplandor de la casa dorada te haya cegado hasta el punto de que lo veas todo de través. Tu conducta te pondrá en ridículo delante de todo Tebas, y a mí contigo.
Yo me desgarré las vestiduras, me arañé el pecho y grité:
– Merit, he cometido una solemne tontería, pero tenía mis motivos y no pensaba que el castigo fuese tan terrible. En verdad te digo, Merit, que mandes a buscar a mis remeros y que icen las velas, porque debo huir. Si no, esta horrible vieja querrá acostarse conmigo, y no puedo defenderme contra ella, puesto que escribe que volará más rápida que un pájaro, y la creo.
Merit vio mi pena y desesperación, y creo que al final quedó convencida de mi inocencia, porque bruscamente se echó a reír y su risa era cordial, y, riéndose todavía, me dijo:
– Esto te enseñará a ser más prudente con las mujeres, Sinuhé; porque nosotras las mujeres somos unos vasos de frágil cristal y sé yo misma cuán hechicero eres, mi querido Sinuhé. -Se burlaba cruelmente de mí, y afectando humildad, dijo-: Imagino que esta mujer te gusta más que yo sobre la alfombra; tiene dos veces mi edad y ha tenido tiempo de desarrollar su talento amoroso, de manera que no podría rivalizar con ella, y por esto pienso que me vas a abandonar fríamente.
Mi tormento era tan grande que me llevé a Merit a la casa del fundidor y se lo conté todo. Le revelé el secreto de mi nacimiento y le repetí todo lo que había sabido por Mehunefer, y le dije también por qué me negaba a creer que mi nacimiento tuviese relación alguna con el palacio dorado y la princesa de Mitanni. Al escucharme se puso seria y no se rió ya. Miraba a lo lejos, y en el fondo de sus ojos parecía acumularse el dolor; al fin me tocó el hombro y me dijo:
– Ahora comprendo muchas cosas, Sinuhé, y comprendo por qué tu soledad me ha hablado sin palabras cuando te vi por primera vez, y por qué me he sentido débil al mirarte. También yo tengo un secreto y estos días he estado tentada de contártelo, pero ahora doy gracias a los dioses por no habértelo revelado, porque los secretos son pesados de llevar y peligrosos, y por esto vale más llevarlos uno solo que confiarlos a alguien. Y, sin embargo, estoy contenta de que me lo hayas contado todo. Pero, como dices muy bien, es más prudente no cansar el corazón pensando en lo que quizá no ha existido nunca, y olvidarlo todo, como si fuese un sueño, y también yo lo olvidaré.
Mi curiosidad se había despertado y le pedí que me revelase su secreto, pero ella no quiso revelármelo y tocó mi mejilla con sus manos, rodeó mi cuello con sus brazos y lloró un poco. Y después dijo:
– Si no te mueves de Tebas no podrás desembarazarte de esta mujer, te perseguirá con encarnizamiento y tu vida será insoportable, porque conozco esta clase de mujeres y sé que pueden ser terribles. Has hecho mal en halagarla demasiado hábilmente. Vas a regresar, pues, a la Ciudad del Horizonte, porque has hecho ya las trepanaciones necesarias y nada te retiene aquí. Pero antes de marcharte tienes que escribirle una carta conjurándola a que te deje en paz; en otro caso, te seguirá para romper una jarra contigo y serás incapaz de resistirla, y no te deseo tal suerte.
Su consejo era bueno y encargué a Muti que embalase mis efectos y arrollase las alfombrillas y mandé un esclavo a buscar a mis remeros en las tabernas de cerveza y en las casas de placer. Y, entretanto, escribí una carta a Mehunefer, y escribí cortésmente, porque no quería ofenderla: