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El trepanador real Sinuhé saluda a Mehunefer, guardiana de las agujas de la casa dorada del faraón de Tebas. Amiga mía, lamento profundamente que mi ardor te haya dado una falsa imagen de mi corazón, porque no puedo volver a verte nunca más, ya que este encuentro podría inducirme a ciertos pecados y mi corazón está ligado ya. Por esto me voy de viaje y no te veré nunca más; espero que guardarás de mí el recuerdo de un amigo y con esta carta te mando una jarra de una bebida llamada cola de cocodrilo, que espero mitigará tu dolor, pese a que puedo asegurarte que no tienes que preocuparte por mí, porque soy viejo, cansado y lacio e incapaz de alegrar a una mujer como tú. Soy feliz pudiendo de esta forma evitarnos a los dos el pecado, y cuento no volver a verte nunca más. Es lo que desea ardientemente tu amigo Sinuhé, médico real.

Merit leyó esta carta y dijo, moviendo la cabeza, que el tono era demasiado cortés. A su modo de ver hubiera debido escribir más categóricamente diciéndole que Mehunefer era a mis ojos una mujer vieja y fea y que huía para escapar a sus asiduidades. Pero yo no podía escribir a una mujer de esta forma, y, después de un momento de discusión, Merit me permitió doblar la carta y cerrarla, pese a que seguía moviendo la cabeza. Mandé un esclavo con ella y cogió también una jarra de cola de cocodrilo que a mi juicio debía asegurarme la tranquilidad aquella noche por lo menos.

Así fue como me creí liberado de Mehunefer y lancé un suspiro de tranquilidad.

Había estado tan absorbido por mi angustia que había olvidado completamente a Merit, pero una vez expedida la carta, mientras Muti embalaba mis efectos y mis cajas, miré a Merit y una melancolía indecible se apoderó de mi corazón ante la idea de que por mi estupidez iba a perderla, cuando hubiera podido perfectamente quedarme todavía en Tebas. Merit estaba pensativa también y súbitamente me dijo:

– ¿Te gustan los chiquillos, Sinuhé? -Esta pregunta me embarazó; Merit me miraba tristemente a los ojos y sonriendo me dijo-: No te asustes, Sinuhé, no tengo la intención de darte hijos. Pero tengo una amiga que tiene un hijo de cuatro años y dice a menudo que su hijo quisiera navegar por el río y ver los prados verdes y los campos ondulantes y los pájaros acuáticos y el ganado en lugar de las calles polvorientas de Tebas con sus perros y sus gatos.

Yo tuve miedo y dije:

– ¿No vas a pensar que me voy a llevar a bordo al retoño de una de tus amigas para que mi tranquilidad desaparezca y durante todo el viaje tenga que velar para que no caiga al agua o se haga arrancar una mano por un cocodrilo?

Merit me miró sonriendo, pero el dolor ensombreció su mirada, y dijo:

– No quisiera causarte molestias, pero un viaje por el río le haría mucho bien a este chiquillo que yo misma llevé a la circuncisión, de manera que, como comprenderás, tengo deberes acerca de él. Naturalmente, le acompañaría en el barco para vigilarlo, y así tendría un motivo para acompañarte, pero no quiero hacer nada contra tu voluntad, de manera que no hablemos más de este proyecto.

Al oír estas palabras lancé un grito de júbilo, batí palmas sobre mi cabeza y exclamé:

– En este caso puedes traer contigo todos los chiquillos de las escuelas del templo. En verdad que hoy es un día de júbilo para mí, y era lo suficiente idiota para no pensar que podías acompañarme a la Ciudad del Horizonte. Y tu reputación no sufriría en nada por culpa mía, puesto que tendrás al chiquillo contigo.

– Sí, Sinuhé -dijo con una sonrisa irritante, como hacen las mujeres cuando ven que un hombre no entiende algo-. Sí, mi reputación no sufrirá en nada, puesto que el chiquillo estará conmigo y dependerá de mí. Tú lo has dicho. ¡Ah, qué tontos son los hombres! Pero te perdono.

Nuestra marcha fue precipitada, pues temía a Mehunefer, y partimos al alba. Merit llevó al chiquillo dormido y bien envuelto y su madre no lo acompañó; sin embargo, hubiera querido ver a aquella mujer que había osado dar a su hijo el nombre de Thot, porque raras veces se atreve nadie a dar a un chiquillo el nombre de un dios. Thot es, además, el dios de la escritura y de todo saber humano y divino, de manera, que la desfachatez de aquella mujer era más grande todavía. Pero el chiquillo dormía sobre las rodillas de Merit sin experimentar el peso de su nombre, y no se despertó hasta que los eternos guardianes de Tebas desaparecían en el horizonte y el sol doraba el agua del río. Era un lindo chiquillo, sus rizos eran negros y sedosos y no me tenía miedo; le gustaba sentarse en mis rodillas y a mí me gustaba tenerlo, porque era tranquilo y no se defendía y me miraba con ojos sombríos y pensativos, como si estuviese meditando en su cabecita todos los problemas del saber. Yo me aficioné pronto a él a causa de su tranquilidad y le tejí pequeñas barcas de cañas y juncos y le dejaba jugar

tranquilamente con mis instrumentos de médico y oler todas mis redomas, porque le gustaba mucho el olor.

El chiquillo no nos molestó en lo más mínimo, ni se cayó al agua, ni se dejó morder una mano por un cocodrilo, ni rompió mis plumas de cañas, sino que nuestro viaje fue luminoso y feliz, porque estaba en compañía de Merit y cada noche reposaba a mi lado mientras el chiquillo dormía no lejos de nosotros. El viaje fue feliz y hasta el último día de mi vida conservaré su recuerdo. En ciertos momentos mi corazón se henchía de felicidad, como un fruto que rezuma jugo, y yo le decía a Merit:

– Merit, amada mía, rompamos una jarra a fin de vivir siempre juntos y quizá me darás un hijo que se parecerá a este Thot. En verdad, jamás hasta ahora había deseado tener un hijo, pero mi juventud ha pasado y mi sangre ha perdido su ardor, y al ver a Thot he sentido deseos de tener un hijo contigo, Merit.

– Sinuhé, no digas tonterías, pues ya sabes que nací en una taberna y quizá no puedo tener ya hijos. Quizá sea mejor también para ti, que llevas tu destino en tu corazón, permanecer solo sin estar ligado a una mujer y un chiquillo, porque esto es lo que he leído en tus ojos el día que nos encontramos. No, Sinuhé, no me hables así, porque tus palabras me debilitan y siento deseos de llorar, y no quisiera llorar ahora que la felicidad me rodea. También yo quiero mucho a este chiquillo y tendremos todavía muchos días de plena felicidad sobre el río. Imaginemos, pues, que hemos roto juntos una jarra y que somos marido y mujer y que este chiquillo es nuestro hijo. Yo le enseñaré a llamarnos padre y madre, porque es todavía muy pequeño y olvidará pronto y no le hará ningún daño. Así robaremos a los dioses una joven vida que será nuestra durante estas jornadas. ¡Qué ninguna preocupación ensombrezca nuestra alegría!

Así arrojé de mi espíritu todos los malos pensamientos y cerré los ojos ante la miseria de Egipto y la gente hambrienta de los pueblecillos de la ribera, y vivía día tras día a medida que iban transcurriendo, a medida que íbamos bajando por el río. El pequeño Thot pasaba sus brazos alrededor de mi cuello y ponía sus mejillas junto a la mía y me decía: «Padre», y su frágil cuerpo era delicioso a mis rodillas. Cada noche sentía sobre mi cuello los cabellos de Merit y sujetaba mis manos con las suyas, respirando contra mi mejilla, y siendo mi amiga ninguna pesadilla turbaba mi sueño. Así pasaron aquellos días, rápidos como un sueño, y no existieron ya. No quiero hablar más de ellos, porque el recuerdo me abrasa la garganta y mis lágrimas manchan lo que escribo. El hombre no debería ser nunca demasiado dichoso.

Así llegué de nuevo a la Ciudad del Horizonte, pero no era ya el mismo que a mi marcha, y vi la ciudad con ojos distintos; y las casas ligeras y de alegres colores bajo el sol radiante me hicieron el efecto de una burbuja frágil o un espejismo pasajero. Y la verdad no vivía. en la Ciudad del Horizonte, vivía en otra parte, y esta verdad era el hambre, la miseria, el sufrimiento y el crimen. Merit y Thot regresaron a Tebas llevándose mi corazón. Por esto veía de nuevo todas las cosas con los ojos fríos y sin velo engañador, y todo lo que veía era malo.