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LIBRO DUODÉCIMO. LA CLEPSIDRA MIDE EL TIEMPO

1

Así se realizó el voto emitido por Kaptah cuando le ordené que distribuyera el trigo entre los agricultores de Atón, pero mi sino era mucho más terrible que el suyo, porque no solamente tenía que renunciar a mi casa, a mi lecho y a mis comodidades, sino que a causa del faraón iba a exponerme a todos los horrores de la guerra. El hombre debería reflexionar sobre los votos que emite en voz alta, porque los deseos así formulados tienen una enojosa tendencia a realizarse, y se realizan muy fácilmente si tienden al mal de nuestro prójimo. Cuando se desea algún mal a alguien, este deseo se realiza mucho más fácilmente que si se le desea bien.

Esto es lo que le decía a Thotmés mientras descendíamos por el río bebiendo vino. Pero Thotmés me hizo callar y comenzó a dibujar pájaros en pleno vuelo. Dibujó también mi retrato, pero sin favorecerme, y por esto le dirigí vivos reproches diciéndole que no era mi amigo, puesto que me representaba de aquella manera. Pero él dijo que un artista, cuando dibuja o pinta a alguien, no debe ser amigo de nadie, sino que debe obedecer únicamente a su visión.

Pronto llegamos a Hetnetsut, que es una pequeña población situada en el borde del río, tan pequeña, que los corderos circulan por las calles y el templo es de ladrillos. Las autoridades nos acogieron con gran respeto y Thotmés erigió la estatua de Horemheb en un templo que había sido consagrado a Horus, pero que, ahora, estaba consagrado a Atón. Esto no turbaba en absoluto a los habitantes, que seguían adorando a Horus con su cabeza de halcón, pese a que la imagen del dios hubiese sido quitada. Fueron muy felices al ver la estatua de Horemheb y supongo que no tardaron en asociarle la idea de Horus y llevarle ofrendas, porque Atón no tenía imagen y sólo contados habitantes de la población sabían leer. Así encontramos a los padres de Horemheb, que vivían en una casa de madera, después de haber estado entre las más pobres de la villa. En su vanidad, Horemheb había hecho que les nombraran para determinadas altas funciones honoríficas, como si hubiesen sido nobles, mientras habían ganado su vida apacentando rebaños y preparando queso. El padre era ahora guardasellos real y vigilaba las construcciones en diversas villas y poblados, y la madre era dama de la Corte y guardiana de las vacas reales, y, sin embargo, ni uno ni otro sabían escribir. Pero gracias a estos títulos, Horemheb podía pretender descender de padres nobles y en ninguna parte de Egipto se podía poner en duda su alta estirpe. Tal era la vanidad de Horemheb.

El viaje hasta Menfis fue pesado y yo permanecía echado sobre cubierta, mientras las oriflamas del faraón flotaban sobre mi cabeza y yo veía los cañaverales del río y los ánades y me decía: «¿Acaso todo esto vale la pena de ser visto y vivido?» Y decía también: «El sol es ardiente y las moscas pican y la alegría humana es mínima al lado de las penas. El ojo se cansa de ver, los ruidos y las vanas palabras fatigan el oído, y el corazón sueña demasiado para ser feliz.» Así calmaba mi corazón durante el viaje y comí los buenos platos preparados por el cocinero real y bebí vino, y al final la muerte no era más que un viejo amigo sin nada espantoso, mientras la vida era peor que la muerte, con todos sus tormentos, y la vida era como una ceniza caliente y la muerte como una onda fresca.

Horemheb me recibió con todos los honores debidos a mi rango de enviado del faraón y se inclinó profundamente delante de mí, porque su palacio estaba atestado de dignatarios fugitivos de Siria y de nobles egipcios de las ciudades sirias, y de enviados y representantes de países extranjeros que no habían tomado parte en la guerra, y en su presencia tenía que honrar al faraón en mi persona. Pero en cuanto estuvimos solos comenzó a azotarse las pantorrillas con su fusta y me preguntó con impaciencia:

– ¿Qué mal viento te trae por aquí como enviado del faraón y qué maldito excremento ha soltado de nuevo su loco cerebro?

Le expuse que tenía que ir a Siria y comprar a Aziru la paz a cualquier precio. Al oír mis palabras, Horemheb juró y lanzó maldiciones, y dijo:

– Ya había temido que comprometiese todos mis planes, porque debes saber que, gracias a mis medidas, Ghaza está todavía en nuestro poder, de manera que Egipto posee todavía una cabeza de puente para las operaciones de Siria. Por medio de regalos y amenazas he conseguido que la flota cretense proteja nuestras comunicaciones con Ghaza, porque una unión siria potente e independiente no es conforme a los intereses de Creta, sino que amenazaría su supremacía marítima. Debes saber que el propio Aziru tiene muchas dificultades para contener a sus propios aliados, y numerosas villas sirias se hacen la guerra después de haber echado a los egipcios. Además, los sirios que han perdido sus casas y sus bienes, sus mujeres, y sus hijos, han formado cuerpos francos, y de Ghaza a Tanis estos cuerpos francos dominan el desierto y combaten a las tropas de Aziru. Yo los he equipado con armas egipcias y muchos egipcios se han unido a ellos. Son, sobre todo, antiguos soldados, bandoleros y esclavos fugitivos y exponen sus vidas en el desierto para formar una muralla delante de Egipto. Claro es que hacen la guerra contra todo el mundo y viven a costa del país donde se baten y destrozan toda vida en él, pero así está bien, porque causan más perjuicios a Siria que a Egipto, y por esto sigo proveyéndoles de armas y trigo. Pero lo esencial es que los hititas han atacado por fin Mitanni con todas sus fuerzas y han aniquilado su pueblo, de manera que este país no existe ya. Pero sus lanzas y sus carros están detenidos en Mitanni, y Babilonia se inquieta y equipa sus tropas para proteger sus fronteras, y los hititas no tienen tiempo de ayudar a Aziru. Es probable que Aziru, ahora que los hititas han conquistado Mitanni, comience a temerlos, porque no hay más protección entre su país y Siria. Por esto la paz que vas a ofrecer ahora a Aziru es el don más precioso que puede esperar para consolidar su poderío y respirar un poco. Pero dame medio año más y compraré una paz honrosa con Siria, y con las flechas silbantes y el rugido de los carros de guerra forzaré a Aziru a temer los dioses de Egipto.

Yo protesté y dije:

– No puedes hacer la guerra, Horemheb, porque el faraón lo ha prohibido y no te dará oro para ello.

Pero Horemheb dijo:

– Me meo en su oro. He pedido prestado por todas partes para equipar un ejército en Tanis. Verdad es que son tropas miserables y sus carros de guerra son pesados y sus caballos cojean, pero los cuerpos francos pueden formar la punta de la lanza que penetrará hasta el corazón de Siria, y hasta Jerusalén y Megiddo bajo mis órdenes. ¿No comprendes, Sinuhé, que he pedido prestado a todos los ricos de Egipto que se hinchan y engordan como ranas mientras el pueblo sufre y suspira bajo el peso de los impuestos? Les he pedido prestado oro y he fijado la suma que cada uno de ellos debe prestarme y me la han dado con gusto, porque les he prometido un cinco por ciento al año, y me río ya de ver sus caras si un día tienen el aplomo de reclamarme su oro o sus intereses, porque he obrado así para conservar Siria para Egipto, y precisamente los ricos se aprovecharán de ello, porque los ricos sacan siempre ventajas de las guerras, y lo curioso es que los ricos sacarían también un beneficio aunque perdiesen. Por esto no siento piedad por su oro.

Horemheb se rió satisfecho y golpeándose las pantorrillas con su fusta dorada puso su mano sobre mi hombro y me llamó su amigo. Pero pronto recuperó la seriedad y dijo:

– Por mi halcón, Sinuhé, ¿no vas a estropear todos mis planes yéndote a Siria a negociar la paz?

Pero yo le expliqué que el faraón había hablado entregándome todas las tablillas necesarias para hacer la paz. Pero me alegraba saber, si Horemheb había dicho la verdad, que Aziru deseaba también hacer la paz, porque en este caso estaría dispuesto a venderla a un precio razonable.

Pero Horemheb se excitó, volcó su silla y gritó: