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– En verdad que si compras la paz a Aziru para vergüenza de Egipto te desollaré vivo y arrojaré tu cuerpo a los cocodrilos en cuanto regreses, a pesar de que seas mi amigo. Habla de Atón a Aziru y haz el imbécil y dile que en su bondad incomprensible el faraón está dispuesto a perdonarlo. Verdad es que Aziru no te creerá, porque es astuto, pero rumiará sobre la cosa antes de volverte a mandar y te fatigará con sus regateos a lo sirio, tratando de darte gato por liebre. Pero guárdate mucho de rendirle Ghaza, y dile que el faraón no es responsable de los cuerpos francos ni de los saqueos. Porque estos cuerpos francos no depondrán las armas y harán sus necesidades sobre las tablillas del faraón. -Yo me ocuparé de ello. -Naturalmente, no tienes por qué decírselo a Aziru. Dile simplemente que los cuerpos francos están formados por hombres bondadosos y pacientes a quienes el dolor ha cegado, pero que, una vez restablecida la paz, cambiarán gustosamente sus lanzas por el cayado de pastor. Pero no abandones Ghaza o te desollaré vivo. He necesitado mucho trabajo y mucho oro y espías antes de conseguir mis fines y entrar en Ghaza para mantener una puerta abierta con Egipto.

Permanecí varios días en Menfis para discutir con Horemheb las condiciones de paz. Encontré allí al embajador de Creta y al de Babilonia, así como a los nobles refugiados de Mitanni. Sus palabras me dejaron adivinar todo lo que había ocurrido y por primera vez sentí despertarse mi ambición al darme cuenta de que podía desempeñar un importante papel en una partida en la que estaban en juego los destinos de las ciudades y los pueblos.

Horemheb tenía razón; en aquellos momentos la paz era más ventajosa para Aziru que para Egipto, pero en la situación actual no sería más que una tregua, porque en cuanto Aziru hubiese consolidado su posición en Siria, se levantaría contra Egipto. Siria era, en efecto, la clave del mundo, y Egipto no podía permitir para su seguridad que este país cayese en manos de un príncipe versátil, venal y hostil, una vez los hititas habían conquistado Mitanni. Todo dependía de saber si los hititas, una vez su poderío consolidado en Mitanni, atacarían a Babilonia o, a través de Siria, a Egipto. El buen sentido decía que llevarían su esfuerzo sobre el punto de menor resistencia y Babilonia se armaba ya, mientras Egipto era más débil y no tenía armas. El país de Khatti era ciertamente un aliado desagradable, pero al entenderse con los hititas, Aziru se aseguraba una aportación de fuerzas, mientras al aliarse con Egipto contra los hititas, iba a un desastre cierto, puesto que bajo el reinado de Akhenaton, Egipto no tenía nada que ofrecerle.

Horemheb me dijo que encontraría a Aziru en algún lugar de Tanis y Ghaza, donde sus carros daban caza a los cuerpos francos. Me habló también de la situación de Simyra y me enumeró el número de casas incendiadas y los nombres de los nobles asesinados, lo cual suscitó mi viva sorpresa. Entonces me habló de los espías que penetraban en las ciudades sirias y seguían a las tropas de Aziru como tragadores de sables, prestidigitadores o charlatanes, o como vendedores de cerveza o compradores de botín. Pero añadió que Aziru poseía también espías que llegaban hasta Menfis y seguían a los cuerpos francos como tragadores de sables, prestidigitadores o charlatanes, o bien vendedores de cerveza o compradores de esclavos. Aziru había alistado también a algunas vírgenes de Astarté, y estas espías eran peligrosas, porque al acostarse con los oficiales egipcios, les sonsacaban importantes informaciones, pero, felizmente para nosotros eran poco competentes en materias militares. Existían también espías que servían a la vez a Aziru y a Horemheb, y eran los más hábiles.

Pero los refugiados y los oficiales de Horemheb me habían contado tantos horrores sobre los soldados de Amurrú y sobre los cuerpos francos, que en el momento de partir, mi corazón comenzó a temblar y mis rodillas se fundieron en agua. Y Horemheb me dijo:

– Puedes a tu antojo viajar por tierra o por mar. Si vas por mar, los navíos cretenses te protegerán quizás hasta Ghaza, pero es posible que huyan en cuanto vean de lejos los barcos de guerra de Sidón y Tiro. En este caso, tu navío será hundido si te defiendes y te ahogarías. Si te rindes, serías hecho prisionero y condenado a remar en los barcos sirios, donde perecerás bajo los latigazos y el ardor del sol. Pero eres egipcio y noble, y por esto lo más probable es que te desuellen vivo y tu piel servirá para hacer sacos. No quisiera asustarte, y es posible que llegues sano y salvo a Ghaza, donde acaba de llegar un navío de armas, mientras un cargamento de trigo ha sido hundido por el camino. En cuanto a saber cómo forzarás el bloqueo de Ghaza para llegar a Aziru, lo ignoro completamente.

– Sería quizá mejor que fuese por tierra -dije yo vacilando. Horemheb movió la cabeza y dijo:

– Te daré alguna escolta desde Tanis, algunos barcos y carros ligeros, Mas en cuanto hayas entrado en contacto con las tropas de Aziru, te abandonarán en el desierto y escaparán a toda prisa. Pero es igualmente posible que los soldados de Aziru, al reconocerte como noble y egipcio, te empalen a la manera hitita y se orinen sobre tus tablillas de arcilla. También es posible que, a pesar de tu escolta, caigas en manos de los cuerpos francos, que te desvalijarán y te harán dar vueltas a las muelas de los molinos hasta que hayas ganado lo suficiente para pagar tu rescate, pero no aguantarás mucho tiempo este régimen, porque sus látigos están hechos con tiras de piel de hipopótamo. Por otra parte, pueden también reventarte la barriga a lanzazos y dejar que tu cuerpo se pudra en el desierto, lo cual, al fin y al cabo, no es una muerte muy dolorosa.

Ante estas palabras, mis temores aumentaron y temblé pese a que hiciese un calor estival. Y por esto dije:

– Deploro haber dejado mi escarabajo en manos de Kaptah, porque ahora me sería de una ayuda más eficaz que el Atón del faraón, cuyo poderío no se extiende ahora a estas regiones malditas. Pero, en resumen, encontraré más rápidamente la muerte o a Aziru viajando por tierra con una escolta. Pero te conjuro, Horemheb, a que si alguna vez sabes que soy prisionero en alguna parte, me rescates en el acto sin mirar el precio, porque ya sabes que soy rico, más rico de lo que crees.

Y Horemheb respondió:

– Conozco tu fortuna, y te he pedido prestada también una fuerte suma de oro por mediación de Kaptah, como a los demás ricos, porque soy justo y equitativo y no quería privarte de este mérito. Pero, en nombre de nuestra amistad, espero que no me reclamarás nunca este oro, porque nuestra amistad podría llegar a romperse. Parte, pues, Sinuhé, parte para Tanis y toma una escolta y penetra en el desierto, donde mi halcón te protegerá tal vez, porque mi poderío no se extiende hasta allá. Si eres hecho prisionero te rescataré y si mueres serás vengado. Que esto sea un consuelo para ti en el momento en que una lanza te desgarre el vientre.

– Si te enteras de mi muerte -le dije-, no pierdas el tiempo vengándome. Mi cráneo roído por los cuervos no experimentaría ningún alivio al verme regado con sangre nueva. Pero saluda a la princesa Baketatón en mi nombre, porque es bella y deseable, aunque un poco altiva, y me ha interrogado sobre ti al lado del lecho mortuorio de su madre.

Después de haberle lanzado por encima del hombro esta flecha envenenada, me marché un poco consolado y redacté mi testamento a favor de Kaptah, Merit y Horemheb. Este testamento fue depositado en los archivos reales de Menfis una vez hube tomado el barco para Tanis, y al borde del desierto, en un fuerte abrasado por el sol, encontré a los soldados de Horemheb.

Estaban bebiendo cerveza, maldiciendo su existencia, cazaban antílopes y volvían a beber cerveza. Sus cabañas eran sucias y pestilentes, y las más miserables mujeres, que no eran dignas siquiera de los marineros de los puertos del Bajo Egipto, amenizaban su existencia. Esperaban que Horemheb los llevase en breve a la guerra con Siria, porque incluso la muerte era preferible a aquella existencia monótona y putrefacta. Desde hacía años no se veían llegar ya caravanas, porque los cuerpos francos las pillaban y las saqueaban por el camino.