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Por la tarde Aziru ofreció un asado de cabrito y harina amasada cocida en la grasa y yo comí con él y sus nobles y los oficiales hititas reunidos en el campo y cuyos pechos y capas estaban adornados con hachas dobles e imágenes de un soldado alado. Bebimos juntos y todos me trataron muy amablemente, creyéndome estúpido, puesto que les traía la paz en el momento en que más necesidad tenían de ella. Hablaban con fuego de la libertad de Siria y de su futuro poderío y del yugo que se habían sacudido. Pero cuando hubieron bebido bastante comenzaron a querellarse y un nativo de Joppe sacó un puñal y lo clavó en la garganta de un amorrita. Pero la herida no era grave y pude curarla fácilmente y este acto confirmó mi reputación de imbécil.

Hubiera hecho mejor en dejar morir al herido, porque aquella misma noche hizo asesinar por sus servidores al hombre de Joppe, y Aziru lo hizo colgar en el muro cabeza abajo para mantener la disciplina entre sus tropas. En efecto, Aziru trataba a sus tropas más duramente que los demás sirios, porque estaban más celosos de su poderío e intrigaban contra él, de manera que estaba constantemente sentado sobre un hormiguero.

2

Después de la comida, Aziru mandó a sus nobles y sus oficiales a que disputasen en sus tiendas. Me mostró a su hijo, que lo acompañaba a la guerra aunque no tuviese más que siete años. Era un bello chiquillo de mejillas rosadas y una pelusilla como los melocotones, y sus ojos eran brillantes y vivos. Sus cabellos eran rizados y negros como la barba de su padre y tenía la tez de su madre. Aziru le acarició los cabellos y dijo:

– ¿Has visto jamás una criatura más soberbia? He reunido para él varias coronas y será un gran rey y no me atrevo a pensar hasta dónde se extenderá su poderío, porque ha atravesado ya con su pequeña espada a un esclavo que lo había ofendido y sabe leer y escribir y no tiene miedo en el combate, porque me lo llevo conmigo a la batalla, pero solamente cuando castigamos los poblados rebeldes y no tengo que temer por su preciosa vida.

Keftiú se había quedado en Amurrú, y Aziru no se consolaba de su ausencia y era en vano que buscara una diversión con las mujeres prisioneras o con las vírgenes de Astarté, porque quien había conocido el amor de Keftiú no podía olvidarlo jamás, y su belleza había florecido de tal modo que casi no la reconocía.

Durante nuestra conversación se oyeron gritos en el campo y Aziru me dijo con tono irritado:

– De nuevo dos oficiales hititas torturan a las mujeres porque es su costumbre. No me atrevo a prohibírselo porque tengo necesidad de ellos. Pero no me gustaría que enseñasen sus malas costumbres a mis hombres.

Yo sabía ya lo que podía esperar de los hititas y por esto le dije a Aziru:

– ¡Oh rey de reyes! Renuncia a tiempo a la alianza con los hititas antes que te arranquen tus coronas, porque no hay que fiar de ellos. Concluye la paz con el faraón ahora que los hititas se han aliado para guerrear contra Mitanni. Babilonia se arma también contra ellos, como seguramente sabes, si sigues con los hititas no recibirás más trigo de Babilonia. Por esto a la entrada del invierno el hambre penetrará en Siria como un lobo famélico si no quieres hacer la paz con el faraón, que te mandará trigo como antes. Pero Aziru protestó:

– Tus palabras son insensatas porque los hititas son buenos con sus amigos, pero terribles con sus enemigos. Ninguna alianza me liga con ellos pese a que me manden ricos regalos y bellas armaduras, de manera que puedo pensar en la paz sin inquietarme por ello. Los hititas se han apoderado de Kadesh contrariamente a nuestras convenciones y utilizan el puerto de Biblos como si fuese suyo. Por otra parte, me han mandado un navío entero cargado de armas forjadas con un metal nuevo que hará a mis hombres invencibles en el combate. En todo caso me gusta la paz y prefiero la paz a la guerra y hago la guerra únicamente para obtener una paz honrosa. Por eso concluiría con gusto la paz si el faraón me cede Ghaza, que ha tomado por medio de un ardid, si desarma a los bandoleros del desierto y me indemniza con trigo y aceite y oro de todos los perjuicios sufridos durante esta guerra con las ciudades de Siria, porque es Egipto el único responsable de esta guerra, como sabes muy bien.

Me observaba de soslayo sonriendo, pero yo me excité y dije: -¡Aziru, bandido y ladrón de ganado y verdugo de inocentes! ¿Ignoras acaso que en todo el Bajo Egipto se forjan puntas de lanza y que los carros de guerra de Horemheb son más numerosos que los piojos en tu campo y que estos piojos te morderán cruelmente cuando llegue el momento oportuno? Este Horemheb que conoces ha escupido a mis pies cuando le he hablado de paz, pero a causa de su dios el faraón desea la paz y no quiere verter sangre. Por esto te ofrezco una última oportunidad, Aziru. Ghaza seguirá siendo de Egipto y tú podrás dominar por tu mano a los bandoleros del desierto, porque Egipto no es responsable de sus actos, puesto que son fugitivos sirios arrojados de su país por tu crueldad. Deberías también liberar a todos los prisioneros egipcios y compensar los perjuicios sufridos por los comerciantes egipcios en las villas de Siria y restituirles sus bienes.

Pero Aziru rasgó sus vestiduras y se arrancó pelos de la barba y gritó: -¿Te ha mordido acaso un perro rabioso, Sinuhé, para proferir tales insensateces? Ghaza pertenece a Siria y los mercaderes egipcios podrán resarcirse ellos mismos de sus pérdidas, y los prisioneros serán vendidos como esclavos según la respetable costumbre, lo cual no impide al faraón comprarlos, si tiene oro suficiente para ello.

Y yo le dije:

– Si obtienes la paz podrás elevarlas murallas de tus villas y fortificar las ciudades, de manera que no tendrás nada que temer de los hititas y Egipto te sostendrá. En verdad los comerciantes de tus ciudades se enriquecerán en tus negocios con Egipto sin pagar impuestos, y los hititas no podrán entorpecer el comercio, ya que no poseen navíos de guerra. Todas las ventajas serán para ti, Aziru, si haces la paz, porque las condiciones del faraón son razonables y no puedo rebajarte nada.

Día tras día discutimos y regateamos así, y muchas veces Aziru desgarró sus vestiduras y derramó cenizas sobre su cabeza, tratándome de ladrón descarado y lamentándose sobre la suerte de su hijo, que iba seguramente a morir de miseria arruinado por Egipto. Una vez salí de la tienda y pedí una litera para irme a Ghaza, pero Aziru me llamó. Creo que, como buen sirio, gozaba con todos estos regateos, en la creencia de que engañaba y estafaba. No se daba cuenta de que el faraón me había encargado comprar la paz a todo precio.

Pero yo conservaba mi sangre fría y pude de esta manera salvaguardar los intereses del faraón, y el tiempo trabajaba por mí, porque la discordia nacía en el campo y cada día los hombres partían para regresar a sus villas y Aziru no podía retenerlos, porque su poderío no estaba todavía suficientemente consolidado. Para terminar me propuso la solución siguiente: las murallas de Ghaza serían arrasadas y él designaría un rey a su elección que sería asistido de un consejo del faraón, y los barcos sirios y egipcios podrían entrar libremente en el puerto y comerciar sin pagar derechos. Pero yo no pude consentir, porque Ghaza, sin murallas, no tenía ningún valor para Egipto.

Al ver que rechazaba esta proposición se enojó y me arrojó de la tienda lanzándome a la cabeza mis tablillas, pero no me permitió abandonar el campo. Yo comencé a curar a los heridos y los enfermos y a comprar los esclavos egipcios. Compré también algunas mujeres, pero a otras les di una poción para hacerlas morir, porque después de las violencias de los hititas la muerte era para ellas una liberación. Así pasaban los días y sólo podía ganar porque Aziru iba perdiendo terreno, maldiciendo mi intransigencia y arrancándose la barba.

Una noche, dos hombres trataron de asesinar a Aziru en su tienda, pero él mató a uno de sus agresores y su hijo hirió a otro por la espalda. Al día siguiente me convocó y, después de haberme insultado copiosamente, consintió en hacer la paz y en nombre del faraón firmé una paz con él y con todas las villas de Siria, y Ghaza siguió siendo egipcia, y Aziru tenía que destruir todos los cuerpos francos y el faraón se reservaba el derecho de comprar todos los prisioneros. Estas condiciones fueron consignadas en unas tablillas de arcilla como un tratado de paz perpetuo entre Siria y Egipto y fue puesto bajo la protección de todos los dioses de Egipto y todos los de Siria, sin olvidar a Atón. Aziru lanzó terribles maldiciones al imprimir su sello en la arcilla, y yo también lloré amargamente y me desgarré las vestiduras al imprimir el sello egipcio, pero en el fondo estábamos muy contentos los dos. Aziru me colmó de regalos y yo le prometí enviar ricos presentes para él, su mujer y su hijo, en el primer navío que llegase al puerto de Ghaza después de la paz.