Nos separamos en perfecto acuerdo y Aziru me besó llamándome su amigo, y antes departir levanté a su hijo en brazos para depositar un beso en sus mejillas redondas. Pero tanto Aziru como yo sabíamos que el tratado firmado para durar eternamente no valía siquiera la arcilla en que estaba escrito. Aziru había firmado la paz porque estaba obligado a ello, y Egipto porque el faraón lo quería. En resumen, todo dependía de lo que harían los hititas a partir de Mitanni, así como de la resolución de los cretenses, que protegían el comercio marítimo.
Aziru quería licenciar sus tropas y me dio una escolta para ir a Ghaza y dar orden de cesar el asedio de la plaza. Pero antes de entrar en Ghaza corrí un gran peligro, pues mientras nos aproximábamos a la ciudad blandiendo ramas de palmera, la guarnición egipcia nos recibió disparando flechas y venablos, de manera que creí llegada mi última hora. Me oculté tras un escudo, al pie de las murallas, nos arrojaron pez hirviendo que me causó quemaduras en las manos y las rodillas. Los hombres de Aziru se reían con el espectáculo a pesar de mis gritos lamentables, después tocaron la trompeta y finalmente los egipcios aceptaron acogerme en la ciudad. Pero no quisieron abrir las puertas, bajaron un cesto y tuve que acomodarme allí y así me izaron por las murallas con mis tablillas y mis ramas de palmera.
Protesté enérgicamente ante el comandante de la plaza, pero era un hombre violento y obstinado y me dijo que había sufrido tantas traiciones por parte de los sirios, que no abría las puertas de la plaza sin orden expresa de Horemheb. Ni siquiera quiso creerme cuando le dije que la paz estaba firmada y hubo visto las tablillas. Era un hombre sencillo y de cortas ideas y seguramente a estas cualidades era debida la heroica resistencia de Ghaza.
Un barco me llevó hacia Egipto y para mayor seguridad hice izar en el mástil la insignia del faraón y todas las insignias de paz, de manera que los marinos me despreciaron y dijeron que el navío estaba pintado y lleno de afeites como una prostituta. Pero una vez en el río, la gente acudía a la ribera con hojas de palmera y me alabaron porque les llevaba la paz, de manera que los marinos acabaron respetándome también y olvidaron que en Ghaza me habían izado en una cesta.
Llegado a Menfis, fui recibido por Horemheb, que elogió mi habilidad, cosa que era contraria a sus costumbres con respecto a mí. Lo comprendí al enterarme de que los navíos cretenses habían recibido orden de ganar su isla, de manera que si la guerra hubiese continuado, Ghaza no hubiera tardado en caer en manos de los sirios, porque, sin comunicación marítima, la villa estaba perdida. Por esto Horemheb se dio prisa en enviar numerosos navíos cargados de tropas, víveres y armas.
Durante mi estancia en Menfis llegó un embajador de Burraburiash, y yo lo tomé a bordo de la barca real para llevarlo a Tebas, y este viaje nos fue muy agradable, porque era un respetable anciano de barba blanca que le caía sobre el pecho y su saber era grande. Hablamos de las estrellas y del hígado del cordero, y los temas de conversación no nos faltaron nunca.
Pero observé que temía muchísimo el creciente poderío de los hititas. Me dijo, sin embargo, que los sacerdotes de Marduk habían predicho que el poderío de los hititas duraría un siglo, pero que del Oeste vendría un pueblo bárbaro y blanco que barrería al pueblo hitita. La idea de que esto ocurriría dentro de un centenar de años no me tranquilizaba en absoluto y me pregunté también cómo podía un pueblo venir por el Oeste cuando por allí no había más que las islas del mar. Pero debía de haberlo, puesto que las estrellas lo habían predicho porque había visto tantas maravillas en Babilonia que tenía más fe en las estrellas que en mi inteligencia.
Tenía el vino más delicioso para alegrarnos el corazón y me aseguró que todas las señales indicaban que el año del mundo tocaba a su fin. De esta forma él y yo sabíamos que estábamos viviendo en el crepúsculo del mundo y la noche estaba delante de nosotros; se producirían terribles catástrofes y pueblos enteros serían borrados de la superficie de la tierra, como el de Mitanni, y los antiguos dioses perecerían, pero nacerían otros nuevos y un nuevo milenio comenzaría.
Me interrogó sobre Atón, moviendo la cabeza y acariciándose la barba mientras me escuchaba. Declaró que no había visto jamás un dios parecido sobre la tierra y que por esta razón la aparición de Alón podía muy bien marcar el fin del año del mundo, porque jamás hasta entonces había oído exponer una doctrina tan peligrosa.
3
Durante mi ausencia los dolores de cabeza del faraón se habían agudizado y la inquietud le devoraba el corazón, porque veía que todas sus empresas fracasaban y su cuerpo, inflamado por los sueños y las visiones, adelgazaba y se mustiaba. Para calmarlo, el sacerdote Ai había decidido organizar una fiesta treintenaria después de las cosechas, en el momento de la crecida del río. Pero importa que el faraón no hubiese reinado más que trece años, porque la costumbre permitía al faraón celebrar el treintenario cuando le parecía bien.
Todos los presagios eran favorables, porque la cosecha había sido satisfactoria, pese a que el trigo siguiese manchado, y los pobres tenían su medida. Yo regresaba con la paz y todos los comerciantes celebraron la reanudación del comercio con Siria. Pero lo más importante para el porvenir era que el embajador de Babilonia traía como esposa del faraón a una de las numerosas hermanastras del rey Burraburiash y le pedía una hija al faraón como esposa de su rey. Esto representaba que Babilonia buscaba una doble alianza con Egipto por miedo a los hititas.
Muchos fueron los que pensaron que la idea de enviar una hija del faraón al gineceo de Babilonia era una injuria para Egipto, porque la sangre sagrada del faraón no debe mezclarse con la sangre extranjera. Pero Akhenatón no vio en ello nada injurioso. Cierto es que deploró la suerte de su hijita en la Corte lejana y se acordó de las pequeñas princesas de Mitanni que habían muerto en Tebas, pero la amistad con Burraburiash le era tan preciosa que accedió a su demanda. Pero como la chiquilla no tenía dos años prometió casarla por poderes y la princesa no saldría hacia Babilonia hasta haber alcanzado la edad núbil.
El embajador aceptó con verdadero entusiasmo esta proposición. Rejuvenecido por todas estas buenas noticias el faraón olvidó sus dolores de cabeza y festejó dignamente el treintenario en la Ciudad del Horizonte. Ai había organizado el festejo con esplendor. Del país de Kush llegaron mensajeros con asnos rayados y jirafas que montaban unos monos pequeños sosteniendo loros. Los esclavos entregaron al faraón marfil y arena de oro, plumas de avestruz y cofrecitos de ébano, y nada faltaba de todo lo que el país de Kush puede ofrecer a Egipto como tributo. Pero eran pocos los que sabían que Ai había tomado todos estos regalos del tesoro del faraón y que las cestas trenzadas en las cuales se transportaba el oro estaban vacías. El faraón no supo nada de todo esto y, alabando la fidelidad del pueblo de Kush, se alegró al ver tantos ricos presentes. Le llevaron también los regalos del embajador de Creta, y el rey de Babilonia le entregó unas copas maravillosas y jarras de aceite del más fino, y Aziru había enviado regalos también, porque le habían prometido otros a cambio si consentía en hacerlo y porque su embajador tendría de esta forma la ocasión de hacer espionaje en Egipto y sondear las disposiciones del faraón.