Después de los desfiles y las ceremonias, Akhenatón condujo a su hija que no tenía todavía dos años, al templo de Atón, y la colocó al lado del embajador de Babilonia y los sacerdotes rompieron una jarra entre ellos como era la costumbre. Fue un momento solemne, porque aquel acto consolidaba la amistad y la alianza entre Egipto y Babilonia y disipaba muchas sombras en el camino del porvenir. Los rostros desconcertados del embajador de Aziru y del delegado de los khatti hubieran bastado para disipar nuestros temores y reforzar nuestro júbilo.
El embajador de Babilonia se inclinó profundamente delante de la princesa que desde aquel instante, era la esposa de su dueño. La chiquilla se portó muy bien durante la ceremonia, después de la cual se agachó para coger los trozos de jarra rota. Y todos vieron en su ademán un feliz presagio.
Después de esta ceremonia, el faraón estaba tan excitado que no podía permanecer en cama y se levantó para pasearse, levantando los brazos al cielo como si tuviese el poderío de liberar al mundo del miedo y las tinieblas. En vano le di calmantes y soporíferos; no consiguió dormirse y me habló de esta forma:
– Sinuhé, Sinuhé, ésta es la jornada más feliz de mi vida y mi fuerza me hace temblar. Mira, Atón crea millones de seres producto de sí mismo, de su propia fuerza, ciudades, pueblos, campos, caminos y el río. Atón, todas las miradas te ven cuando brillas como un sol sobre la tierra. Pero cuando has desaparecido, cuando los hombres cierran los ojos en los rostros que has creado, cuando duermen profundamente sin verte, entonces brillas con todos tus rayos en mi corazón.
Se sumergió en la claridad de sus visiones, que le abrasaban el cuerpo, de manera que su corazón latía en su pecho hasta romperse. Y después lloró de éxtasis y levantó los brazos y cantó con fervor:
No hay nadie que te conozca verdaderamente; sólo tu hijo, el faraón Akhenaton, te conoce,
y brillas eternamente en su corazón,
día y noche, noche y día;
sólo a él le revelas tus intenciones y tu fuerza;
el mundo entero reposa en tus manos tal como Tú lo has creado;
cuando te levantas, el hombre renace a la vida; cuando ocultas tu luz, muere.
Tú mides su vida,
sólo en ti vive el hombre.
Su excitación era tal que lo habría seguramente escuchado y la magia de su corazón hubiera cautivado mi espíritu si no hubiese sido su médico y, como tal, responsable de su salud. Por esto traté de calmarlo y la noche transcurrió así, y las estrellas se movían lentamente en el firmamento, mientras yo velaba sobre el faraón.
Súbitamente, un perrito se puso a ladrar en la lejanía y sus ladridos atravesaron las murallas, y después el perro aulló a la muerte como un chacal. Estos aullidos sacaron al faraón de su éxtasis y volvió rápidamente en sí; levantándose echó a correr a través del palacio mientras yo lo seguía con una lámpara, hasta que llegamos a la habitación de la princesita Meketatón. Toda la servidumbre dormía después de la fiesta y sólo el perrito había velado al lado de la princesita enferma, que había comenzado a toser, y su cuerpo agotado no había podido resistir el esfuerzo y la sangre manaba de sus tiernos labios pálidos, mientras el perro le lamía el rostro y las manos en su impotente ternura. Después había aullado a la muerte, porque los perros sienten la muerte antes que los hombres. Así fue como la princesita murió antes del alba en brazos de su padre y toda mi ciencia fue impotente. Era la segunda de las hijas y tenía sólo diez años.
El faraón no podía conciliar el sueño y andaba errante por las habitaciones del palacio y salía solo al jardín, despidiendo a los guardias. Una mañana, mientras se paseaba cerca del lago sagrado, dos hombres trataron de asesinarlo, pero un discípulo de Thotmés, que dibujaba ánades del natural, porque Thotmés quería que sus discípulos aprendiesen a dibujar según lo que veían con sus ojos y no según los modelos, se echó delante del faraón y pidió socorro. El faraón salió con una herida en el hombro, pero el dibujante fue muerto ante sus ojos y su sangre se derramó sobre las manos del faraón. Así la muerte perseguía al faraón.
Me llamaron para hacer la cura al faraón, cuya herida no era grave, y vi a los asesinos. Uno de ellos iba afeitado y tenía el rostro reluciente de aceite; el otro llevaba las orejas cortadas por algún delito cometido. Atados y golpeados, seguían invocando a Amón, pese a que la sangre les saliese por la boca. Los sacerdotes de Amón los habían seguramente embrujado para hacer que fueran insensibles al dolor.
Era un crimen inaudito, porque jamás hasta entonces nadie había osado levantar la mano sobre un faraón. Es posible, sin embargo, que antaño los faraones hubiesen perecido en su palacio de muerte violenta, sin que dejase
rastro, ya por el veneno, ya estrangulados por una delgada cuerdecilla, o bien ahogados bajo una alfombra. Y algunas veces se había trepanado también a algún faraón contra su voluntad, según había oído referir en palacio; pero públicamente nadie había atentado contra el faraón.
Los dos prisioneros fueron interrogados en presencia del faraón, pero se negaron a decir quién los había enviado. A pesar de los golpes de los guardias, se limitaban a invocar el nombre de Amón y a maldecir al falso faraón. Exasperado de oírles pronunciar el nombre maldito del dios, Akhenatón los hizo torturar, y pronto los dos hombres tuvieron el rostro cubierto de sangre y los dientes les cayeron de la boca, pero no cesaban de clamar en nombre de Amón y gritaban:
– ¡Haznos torturar, falso faraón! ¡Haznos arrancar los miembros y lacerar nuestra carne, haznos quemar nuestra piel, porque no sentimos el dolor! Su endurecimiento era tal que el faraón se apartó de ellos y recobró la calma. Se avergonzó de haber permitido a los guardias que maltratasen a aquellos hombres y por esto dijo:
– Soltadlos, porque no saben lo que hacen.
Pero, una vez libres de sus ligaduras, comenzaron de nuevo sus maldiciones y la espuma les salía de la boca y juntos gritaban:
– ¡Danos la muerte, faraón maldito! Por Amón, danos la muerte, para que obtengamos la vida eterna.
Viendo que iban a ponerlos en libertad sin castigarlos, se soltaron bruscamente y se arrojaron contra el muro del patio, donde se partieron el cráneo. Tal era el poder secreto de Amón en el corazón de los hombres.
Desde entonces todo el mundo supo en el palacio que la vida del faraón no estaba segura. Por esto sus fieles reforzaron los puestos de guardia y no lo perdieron nunca de vista, incluso cuando quería pasearse solo por el parque a causa de su dolor. El atentado tuvo, además, como consecuencia, aumentar el fanatismo, tanto en los partidarios de Atón como en los de Amón.
En Tebas, donde se celebraron también festejos para conmemorar el treintenario, el pueblo no demostró ningún entusiasmo al ver desfilar el cortejo con las panteras en jaulas y las jirafas, los monos pequeños y los loros de brillante plumaje. Por la calle estallaron alborotos, se arrancaron las cruces de Atón a los transeúntes y dos sacerdotes de Atón que se habían extraviado entre la muchedumbre fueron muertos.
Pero lo peor fue que los embajadores extranjeros pudieron darse cuenta de todo y se enteraron del atentado efectuado contra el faraón. Por esto creo que el emisario de Aziru tuvo bastantes cosas interesantes que referir a su señor, además de entregarle los regalos que el faraón le mandaba. Por mi parte, entregué al embajador los regalos prometidos a Aziru. A su hijo le mandé todo un pequeño ejército de lanceros y arqueros de madera pintada, caballos y carros, la mitad pintados de hititas y la mitad de sirios, esperando que los haría luchar unos con otros para divertirse. Estos juguetes estaban hábilmente esculpidos por los mejores artesanos de Amón, que no tenían trabajo desde que los ricos no encargaban ya servidores ni barcas para sus tumbas. Este regalo me costó más caro que el que le hice a Aziru.