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Pero ellos me dirigieron miradas hostiles y dijeron, mirando mis ropas de hilo fino:

– ¿Para qué sembrar, ya que el trigo que crecerá en nuestros campos será maldito y manchado como el que ya ha hecho morir a nuestros hijos?

La Ciudad del Horizonte vivía tan lejos de la realidad que sólo aquí oí hablar del trigo manchado de rojo que hacía morir a los chiquillos. Yo no había visto jamás semejante epidemia, y los chiquillos tenían el vientre hinchado y morían gimiendo, y los médicos eran impotentes para curarlos, lo mismo que los hechiceros. Y yo me decía que esta enfermedad no podía proceder del trigo, sino que era causada por el agua de la crecida, como las demás enfermedades contagiosas del invierno, pese a que sólo los chiquillos fuesen afectados. En cuanto a los adultos, no se atrevían a cultivar sus campos y preferían esperar la muerte. Pero yo no acusaba a Akhenatón, sino que atribuía la responsabilidad a Amón, que atemorizaba a los campesinos.

En mi impaciencia por volver a Tebas di prisa a los remeros, que me mostraron sus manos llenas de callosidades y ampollas. Yo les ofrecí oro y cerveza porque quería mostrarme bueno, pero les oí discutir entre ellos y decían:

– ¿Por qué remar para este viajero gordo como un cerdo, puesto que delante de su dios todos somos iguales? Que reme él mismo y verá lo que significa y si sus manos se curarán con una moneda de oro y dos gotas de cerveza.

Mis brazos sentían el hormigueo de levantar mi bastón, pero quería ser bueno porque nos acercábamos a Tebas. Por esto bajé hasta ellos y les dije: -Remeros, dadme un remo.

Y maniobré el pesado remo y mis manos se llenaron de ampollas, que reventaron. Mi espalda estaba dolorida y todas mis articulaciones crujían; me parecía que mi espinazo iba a quebrarse y mi respiración desgarraba mi pecho.

Pero le dije a mi corazón: «¿Vas a abandonar el trabajo apenas emprendido para que los esclavos se mofen de ti? Bastante más soportan ellos cada día. Soporta hasta el final el sudor de tus manos ensangrentadas a fin de que sepas cómo es la vida de remero. Eres tú, Sinuhé, quien has reclamado una vez la copa llena. Por esto remé hasta caer desvanecido y me llevaron a mi lecho.

Pero al día siguiente remé de nuevo con mis manos destrozadas y los remeros no se burlaron ya de mí, y me invitaron a renunciar diciendo: -Tú eres nuestro dueño y nosotros tus esclavos; no remes más, de lo contrario el suelo se convertirá en el techo y caminaremos con los pies al aire. Deja de remar, querido dueño Sinuhé, para no sucumbir porque el orden es necesario en todo y cada hombre tiene el lugar que los dioses le han asignado y el banco de los remeros no está hecho para ti.

Remé con ellos hasta Tebas y su comida fue la mía y cada día remaba mejor y mi flexibilidad aumentaba y gozaba de la vida al darme cuenta de que no me quedaba sin aliento al remar. Pero mis servidores estaban inquietos por mí y entre ellos decían:

– Un escorpión ha mordido seguramente a nuestro dueño o se ha vuelto loco como se vuelve uno en la Ciudad del Horizonte, porque la locura es contagiosa. Pero no tenemos miedo de él, porque llevamos un cuerno de Amón oculto en nuestro mandil.

Pero yo no estaba loco, porque no tenía ninguna intención de remar más allá de Tebas.

Así fue como llegamos a Tebas y de lejos el río nos trajo sus efluvios, y nada hay más delicioso que el olor de Tebas para quien ha nacido allí. Me hice ungir las manos con un ungüento especial y vestí mis mejores ropas después de haberme lavado. Pero mi mandil era demasiado ancho, porque había adelgazado, lo cual desolaba a mis servidores. Pero yo me mofé de ellos y los envié a la antigua casa del fundidor de cobre para anunciar mi regreso a Muti, porque no me atrevía ya a presentarme en mi casa sin previo aviso. Distribuí oro y plata entre los remeros y les dije:

– Por Atón, id y comed y llenaos la panza y alegrad vuestro espíritu con cerveza y divertíos con bellas muchachas de Tebas, porque Atón es dispensador de bienes y ama los placeres simples y prefiere los pobres a los ricos, porque su placer es más simple que el de los ricos.

Pero ante estas palabras los remeros se ensombrecieron y arañaron el suelo con los dedos de sus pies y sopesaron su oro y su plata y me dijeron:

– No queremos ofenderte, dueño nuestro, pero ¿no estará maldito tu oro, puesto que nos hablas de Atón? No podemos aceptarlo, porque todos sabemos que abrasa la mano y se convierte en barro.

Jamás me hubieran hablado así si no hubiese remado con ellos, pero aquello les inspiró confianza en mí.

Yo los calmé, diciéndoles:

– Si teméis que se convierta en barro daos prisa en cambiarlo por cerveza. Pero estad tranquilos, mi dinero no está maldito, podéis ver por el troquel que es buena plata vieja, sin mezcla de cobre, de la Ciudad del Horizonte. Pero debo deciros que sois estúpidos por temer a Atón, porque Atón no tiene nada que haga temer.

Pero ellos me contestaron así:

– No tememos a Atón, porque, ¿quién temería a un dios sin fuerza? Pero sabes muy bien a quién tememos, ¡oh dueño nuestro!, aunque no podamos pronunciar su nombre.

Renuncié a seguir discutiendo con ellos y los despedí, y se alejaron cantando alegremente como marineros. También yo tenía ganas de saltar y hacer piruetas, pero era contrario a mi dignidad. Me dirigí en seguida a ‹La Cola de Cocodrilo», sin esperar siquiera una litera. Así fue como volví a ver a Merit después de una larga ausencia y me pareció más bella que nunca. Pero debo reconocer que el amor enturbia la vista de los hombres, como todas las pasiones, porque Merit no era ya muy joven, mas en la radiante madurez de su estío era mi amiga y nadie estaba tan cerca de mí. Al verme se inclinó profundamente y levantó el brazo, y después se acercó y me tocó el hombro y la mejilla, y dijo sonriendo:

– Sinuhé, Sinuhé, ¿qué te ha ocurrido para que tus ojos sean tan brillantes y hayas perdido la barriga?

Yo le respondí en estos términos:

– Merit, querida mía, mis ojos brillan de deseo y relucen de amor, y mi barriga se ha fundido y desaparecido de nostalgia, tan aprisa corría hacia ti, ¡oh hermana mía!

Ella se secó los ojos y dijo:

– ¡Oh, Sinuhé, cuán más bella es la mentira que la verdad, cuando la primavera se ha agotado! Pero tu regreso me aporta la primavera y creo en las leyendas, ¡oh amigo mío!

Pero hablemos de Kaptah. Su barriga no se había fundido y estaba más imponente que nunca y numerosos abalorios y anillos pendían de su cuello y de sus muñecas y tobillos, y había hecho engarzar piedras preciosas en la placa de oro que cubría su ojo tuerto. Al verme se echó a llorar de alegría, diciéndome:

– ¡Bendito sea el día que me devuelve a mi dueño!

Me llevó a una habitación reservada y me instaló sobre muelles alfombras y Merit me ofreció lo mejor que había en la taberna y así pasamos alegremente algunos instantes. Kaptah me dio cuenta de mis riquezas y dijo:

– ¡Oh Sinuhé, dueño mío! Eres el más astuto de los hombres, porque eres más listo que todos los mercaderes de trigo, porque hasta ahora raros son los que los han engañado y en cambio la primavera pasada tú los engañaste con tu habilidad, a menos que no sea un mérito de nuestro escarabajo. Como recordarás, me habías dado orden de distribuir todo nuestro trigo a los colonos y pedirles solamente medida por medida, de manera que te he tratado de loco y tenía razón, a juzgar por las apariencias. Debes saber, pues, que, gracias a tu habilidad, eres doblemente rico que antes, hasta el punto que no llego a retener de memoria la cifra de tu fortuna, y los perceptores del faraón me están obsesionando constantemente con su desfachatez y codicia, que no cesan de aumentar. En efecto, en cuanto los tratantes de trigo supieron que los agricultores iban a recibirlo para poder sembrar, los precios bajaron, y cuando corrió la voz de que iba a firmarse la paz, los precios siguieron bajando, y todo el mundo quería vender para liberarse de sus compromisos de manera que los mercaderes se arruinaron. Entonces fue cuando compré trigo a bajo precio incluso antes de que fuese cosechado. En otoño cobré medida por medida, según tus órdenes, y he recuperado todo lo que distribuí. Por otra parte, puedo confiarte bajo secreto que es mentira decir que el trigo de los colonos está manchado, porque es tan bueno e inofensivo como el otro. Creo que los sacerdotes han vertido secretamente sangre sobre el trigo de los colonos, pero hay que guardarse de repetirlo; por otra parte, nadie te creería, porque todo el mundo está convencido de que el trigo y el pan de los colonos está maldito. Después, en invierno, los precios subieron todavía cuando el sacerdote Ai dio orden de embarcar trigo para Siria a fin de hacer la competencia al trigo babilónico en el mercado. De manera que jamás el precio del trigo había sido tan elevado como ahora, y nuestro beneficio es inmenso y aumentará aún si guardamos nuestras reservas, porque el invierno próximo el hambre se extenderá por Egipto, puesto que las tierras están incultas, los esclavos huyen de las tierras del faraón y los campesinos ocultan su trigo para que no lo exporten a Siria. Por esto debo elevar a las nubes tu sagacidad, ¡oh dueño mío!, porque te has revelado más sagaz que yo, pese a que te creía loco. Kaptah desbordaba de entusiasmo y prosiguió así: