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– Bendigo los tiempos que enriquecen al rico aunque lo enriquezcan contra su voluntad. Y se saca oro incluso de las jarras vacías, como te lo voy a demostrar. Me he enterado, en efecto, que hay unos hombres que recorren el país en busca de jarras vacías de cualquier clase. En seguida me puse a la caza en Tebas y mis esclavos compraron centenares de jarras a un precio miserable, y si te dijese que he vendido mil veces mil este invierno, no exageraría mucho.

– ¿Quiénes suficientemente loco para comprar jarras vacías? -pregunté. Kaptah guiñó el ojo y dijo:

– Los compradores pretenden que en el Bajo Egipto han descubierto un nuevo procedimiento para conservar el pescado en agua salada, pero me he informado y me he enterado de que estas jarras salían hacia Siria. Han descargado en Tanis cargamentos enteros de jarras vacías y las caravanas se las llevan a Siria, y han descargado también en Ghaza, pero nadie sabe para qué las utilizan los sirios. Y tampoco se sabe qué les lleva a pagar las jarras vacías al mismo precio que las nuevas.

Esta historia era muy extraña, pero renuncié a romperme el cerebro en averiguarla, porque el asunto del trigo era mucho más importante. Cuando Kaptah hubo terminado su exposición, le dije:

– Vende todo lo que tienes si es necesario y compra trigo, tanto como puedas y a cualquier precio. Pero compra solamente trigo que veas con tus ojos, no aquel que no ha germinado todavía. Considera también si no convendría, además, comprar el trigo exportado a Siria, porque, aunque el faraón tenga que exportar trigo según el tratado de paz, Siria puede recibirlo de Babilonia. Es verdad que en otoño próximo el hambre se extenderá en el país de Kemi, y por esto maldigo a quien venda trigo a Siria para hacer la competencia a los babilonios.

A estas palabras, Kaptah alabó de nuevo mi cordura y dijo:

– Tienes razón, ¡oh dueño mío!, porque serás el hombre más rico de Egipto cuando estas compras hayan sido efectuadas. Pero el hombre a quien maldices no es otro que el sacerdote Ai, que, en su idiotez, ha vendido a Siria trigo suficiente para cubrir las necesidades de varios años y a bajo precio. Porque la Siria paga en oro y necesitaba dinero para cubrir los gastos de las fiestas del treintenario. Pero los sirios no quieren revender este trigo, porque son unos comerciantes sagaces y esperan a que en Egipto se pague a precio de oro. Y entonces nos lo revenderán y acumularán en sus cofres todo el oro de Egipto.

Pero pronto olvidé el trigo y la miseria amenazadora, así como el porvenir incierto, y al mirar a Merit mi corazón se regalaba con su belleza, porque era el vino en mi boca y el perfume de mis cabellos. Kaptah se retiró y Merit se tendió sobre la alfombrilla y yo no vacilé en llamarla hermana, pese a que hubiese dudado ya de poder hacerlo nunca más. En la oscuridad de la noche tenías mis manos sujetas entre las suyas y su cabeza reposaba sobre mi hombro y mi corazón no tenía ya secretos para ella. Pero ella conservaba su discreción y no me confió su misterio. Al reposar en el suelo al lado de Merit no me sentía ya forastero en esta tierra, sino que sus brazos eran un hogar para mí y su boca alejaba mi soledad. Pero no era más que un espejismo pasajero que debía conocer para que mi copa estuviese colmada.

Volví a ver también al pequeño Thot y su presencia alentó mi espíritu y me pasó sus brazos alrededor del cuello y me llamó padre, de manera que su memoria me emocionó. Merit me dijo que su madre había muerto y lo había tomado a su cargo, porque lo había llevado a la circuncisión comprometiéndose a velar por él en el caso de que sus padres no pudiesen hacerlo. Thot llegó pronto a ser el favorito de «La Cola de Cocodrilo», donde los clientes le llevaban juguetes para complacer a Merit. Durante mi estancia en Tebas me llevé a Thot a mi casa, lo cual produjo un gran placer a Muti, y al verlo jugar bajo el sicómoro y oírlo jugar con los chiquillos de la calle, recordaba mis años de infancia en Tebas y lo envidiaba. Le gustó tanto mi casa que pasó allá la noche, y para divertirme le daba lecciones, pese a que fuese todavía demasiado tierno para estudiar. Habiendo comprobado que era inteligente y aprendía con facilidad las imágenes y los signos, decidí llevarlo a la mejor escuela de Tebas, con los hijos de los nobles, lo cual alegró mucho a Merit. Y Muti no se cansaba de prepararle golosinas con miel y contarle leyendas, puesto que había conseguido su fin, que era tener en casa un chiquillo sin madre que le arrojase agua caliente a las piernas, como hacen las mujeres después de haber disputado con sus maridos.

Así hubiera podido ser feliz, pero en Tebas la excitación era grande, y me era imposible escapar a ella. No pasaba día sin alborotos por las calles y las plazas, y la gente se hería y partía el cráneo discutiendo de Atón y Amón. Los guardias y los jueces no cesaban, y cada semana se llevaban al puerto hombres y mujeres atados para mandarlos a las minas o a los campos del faraón después de haberlos arrancado a sus familias. Pero estos condenados no partían como culpables, la muchedumbre los aclamaba y les arrojaba flores, y, levantando sus manos atadas, decían:

– Volveremos pronto. Y otros añadían: -Volveremos y conoceremos el sabor de la sangre de Atón.

Y los guardias no se atrevían a intervenir por miedo a la muchedumbre. La discordia reinaba en Tebas y el hijo abandonaba a su padre y el marido a su mujer a causa de Atón. Así como los servidores de Atón llevaban una cruz sobre sus ropas o en el cuello, los fieles a Amón llevaban un cuerno como símbolo, lo llevaban muy visible y nadie podía impedírselo, porque de todos los tiempos el cuerno había sido un ornamento lícito. Ignoro por qué habían elegido este símbolo, acaso porque fuese uno de los numerosos nombres de Amón. Sea como fuere, los que llevaban el cuerno volcaban los cestos de los vendedores de pescado y rompían los cristales de las ventanas gritando:

– Embestimos con el cuerno, reventaremos a Atón con nuestros cuernos. Pero los servidores de Atón comenzaron a llevar puñales adornados con una cruz bajo su ropa y se defendían gritando:

– En verdad nuestra cruz es más cortante que vuestros cuernos, y con nuestras cruces de vida os daremos la vida eterna.

Y así las muertes y las agitaciones se multiplicaban rápidamente por la ciudad.

Quedé sorprendido al ver cuánto había aumentado la influencia de Atón en Tebas desde un año atrás. Porque muchos colonos que se habían refugiado en la ciudad después de haberlo perdido todo, comenzaron a acusar a los sacerdotes de envenenar el trigo y a los nobles de obstruir sus canales de irrigación y pisotear los campos, y se habían afiliado a Atón. Por otra parte, muchos jóvenes se habían apasionado por la nueva doctrina, como reacción contra la generación precedente. De la misma forma los esclavos y los descargadores del muelle se decían: