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Estas palabras me llenaron de estupefacción. Dije:

– ¿Crees verdaderamente que Horemheb, mi amigo Horemheb, trata de acaparar la doble corona? Es una idea loca, sabes muy bien que nació con estiércol entre los dedos de los pies y llegó a la Corte con la túnica gris de los pobres.

Pero Ai me escrutaba con sus ojos oscuros hundidos en su rostro, y me dijo:

– ¿Quién puede leer en el corazón de los hombres? La ambición es la más grande de las pasiones, pero si Horemheb vuela tan alto, lo derribaré rápidamente.

Pasé al gineceo a visitar a la princesa de Babilonia, que había roto una jarra con el faraón Akhenatón, porque Nefertiti la había expedido inmediatamente a Tebas. Era una linda muchacha y había aprendido ya el egipcio, que hablaba de una manera verdaderamente divertida. Aunque estaba muy disgustada de que el faraón no hubiese cumplido con su deber para con ella, estaba contenta en Tebas y más a gusto que en Babilonia.

Y me dijo:

– No sabía que la mujer pudiese ser tan libre como lo es en Egipto. No tengo necesidad de velarme el rostro delante de los hombres y puedo dirigir la palabra a quien quiero y me basta decir una palabra para que me lleven a Tebas, donde soy bien acogida en los banquetes de los nobles y nadie me juzga mal si permito a los hombres guapos cogerme por el cuello y poner sus labios sobre mis mejillas. Pero quisiera que el faraón cumpliese su deber conmigo a fin de ser más libre y poder divertirme con quien quisiera, porque según es costumbre en Egipto, cada cual puede divertirse con quien quiere, a condición de que no se sepa. ¿Crees que el faraón me llamará pronto? Porque es muy enojoso permanecer virgen cuando la jarra está ya rota desde hace tiempo.

Yo olvidaba que era médico y la miraba con ojos de hombre, y pude asegurarle que no tenía ningún defecto y que la mayoría de los hombres preferían una alfombra mullida a una dura. Pero le aconsejé que renunciase

a las cosas dulces y a la leche porque el faraón y su real esposa estaban delgados y las conveniencias exigían que las damas de la Corte lo estuviesen también, y que, además, la moda se inspiraba en ello. Pero ella añadió:

– Tengo debajo del pecho izquierdo una pequeña marca, como vas a ver. Es tan pequeña que casi no se ve y hay que acercarse mucho para examinarla mejor. A pesar de su pequeñez, me molesta mucho y quisiera que me operases. Las damas que han estado en la Ciudad del Horizonte me han dicho que manejas admirablemente el bisturí y que sabes hacer la operación tan agradable para ti como para el enfermo.

Su pecho juvenil era verdaderamente espléndido y merecía ser visto, pero me di cuenta de que la princesa había sido ya víctima de la pasión de Tebas y yo no sentía deseos de romper los precintos de las jarras del faraón. Por esto le dije que desgraciadamente no tenía allí los instrumentos y salí rápidamente.

Había pasado en Tebas toda la primavera y se acercaba el verano, con sus calores y sus moscas, pero yo no pensaba en abandonar la ciudad. Al final, el faraón Akhenatón me reclamó porque sus dolores de cabeza habían empeorado y no pude diferir por más tiempo mi partida. Me despedí, pues, de Kaptah, que me dijo:

– ¡Oh dueño mío! He comprado en tu nombre todo el trigo disponible y lo he depositado en diferentes ciudades y lo he escondido, porque un hombre prudente obra con cautela en previsión de todo lo que puede ocurrir; si, por ejemplo, se requisa el trigo en caso de hambre para venderlo a los pobres, el fisco se metería en el bolsillo todo el beneficio, lo cual sería profundamente injusto y contrario a las costumbres. Pero me parece que los acontecimientos van a precipitarse, porque han prohibido ya el envío de jarras vacías a Siria, de manera que hay que embarcarlas a escondidas, lo cual disminuye mi beneficio. Han prohibido también exportar trigo a Siria, pero ésta es una orden natural y comprensible, que viene, sin embargo, demasiado tarde, porque no se encontraría en todo Egipto trigo que comprar para mandarlo a Siria. Esta última resolución es razonable, pero no la de las jarras vacías. Verdad es que siempre se puede burlar la ley llenándolas de agua, de manera que no estén vacías, y los perceptores no han puesto todavía ningún impuesto sobre el agua, pero son muy capaces.

Me despedí de Merit y del pequeño Thot, porque, desgraciadamente, no podía llevármelos en vista de la orden del faraón llamándome a toda prisa. Pero le dije a Merit:

– Ve a verme con el pequeño Thot y pasaremos días felices en la Ciudad del Horizonte.

Y Merit dijo:

– Toma una flor del desierto y plántala en un suelo graso y riégala cada día; se mustiará y morirá. Eso es lo que me ocurriría a mí en la Ciudad del Horizonte, y tu amistad por mí se mustiaría y perecería, porque las mujeres de la Corte te harían ver todo lo que me separa de ellas, y creo conocer tan bien a los hombres como a las mujeres. Además, no es conforme a tu rango retener en tu casa a una mujer nacida en una taberna y a quien los hombres ebrios han tocado los muslos durante muchos años.

Yo le dije:

– Merit, querida, regresaré en cuanto pueda, porque tengo hambre y sed en cuanto estoy a tu lado. Quizá regresaré para no volverme a marchar nunca más.

Pero ella dijo:

– No hablas lo que te dicta el corazón, Sinuhé, porque te conozco lo suficiente para saber que no abandonarás al faraón ahora que tantos nobles se apartan de él. No lo abandonarás en los malos tiempos. Tal es tu corazón, Sinuhé, y ésta es quizá la razón por la cual soy tu amiga.

Estas palabras me indignaron y sentí una opresión en la garganta al pensar que quizá la perdería para siempre. Y por esto le dije:

– Merit, Egipto no es el único país del mundo. Estoy hastiado de las querellas de los dioses y de las locuras del faraón. Huyamos, pues, juntos muy lejos los tres, sin pensar en el mañana.

Pero ella sonrió tristemente y su mirada se ensombreció y dijo:

– Tus palabras son vanas y sabes bien que tu mentira me es agradable, porque me prueba que me amas. Pero no creo que pudieses vivir feliz fuera de Egipto y yo no podría ser feliz más que en Tebas. No, Sinuhé, cuando sea vieja y arrugada y gorda, me abandonarás y me detestarás a causa de todo lo que habrás hecho por mí. Por esto prefiero renunciar a ti.

– Eres para mí el hogar y la patria, Merit -le dije-. Eres el pan en mi mano y el vino en mi boca, y lo sabes muy bien. Eres la única mujer en el mundo con quien no me siento solitario, y por eso te amo.

– Sí, es verdad -dijo ella con cierta amargura-. No soy, en realidad, más que la manta de tu soledad esperando ser una alfombra usada. Pero bien está así. Por esto no te diré el secreto que me roe el corazón y que debieras quizá conocer. Pero por ti lo callo, Sinuhé, no por mí.

Así no me reveló el secreto, porque era más orgullosa que yo y quizá más solitaria también, pese a que no lo hubiese comprendido entonces, porque, en el fondo, no pensaba más que en mí. Yo creo que en amor todos los hombres son lo mismo, pero esto no es una excusa.

Poco después abandoné Tebas y me fui a la Ciudad del Horizonte y desde aquel momento no tengo más que cosas tristes que contar. Por esto me he extendido tanto sobre mi estancia en Tebas, pese a que no ocurriese nada notable, pero lo he evocado para mí.

LIBRO DECIMOTERCERO. EL REINO DE ATON SOBRE LA TIERRA

1

A mi regreso a la Ciudad del Horizonte, el faraón estaba verdaderamente enfermo y necesitaba mis cuidados. Sus mejillas estaban hundidas y sus pómulos salientes, y el cuello parecía más largo todavía; en las ceremonias no soportaba ya el peso de la doble corona que le hacía inclinar la cabeza. Sus muslos estaban hinchados y las pantorrillas eran delgadas como vergas y tenía los ojos ojerosos y apagados y a menudo, a causa de su dios, olvidaba a las personas con quien hablaba. Acentuaba todavía sus males saliendo al sol con la cabeza descubierta y sin parasol, para exponerse a los rayos benefactores de su dios. Pero éstos en lugar de bendecirle, lo envenenaban, de manera que deliraba y tenía pesadillas. Su dios era como él, ofrecía su bondad y su amor con demasiada generosidad y violencia y este amor sembraba las ruinas a su alrededor.