Pero en sus momentos de lucidez, cuando le había puesto compresas frías en las sienes y administrado pociones calmantes, me miraba con sus ojos sombríos y amargos, como si una decepción indecible hubiese invadido su espíritu, y esta mirada me penetraba hasta el corazón, de manera que lo amaba en su debilidad y hubiera dado mucho por evitarle su decepción. Y me decía:
– Sinuhé, ¿mis visiones habrán sido engañosas? Si es así, la vida es más espantosa de lo que pensaba y el mundo está gobernado no por la bondad, sino por un mal inmenso. Por esto mis visiones tienen que ser verdad. ¿Me oyes, Sinuhé? Tienen que ser verdad aunque el sol no brille ya sobre mi corazón y mis amigos escupan en mi lecho. No soy ciego, veo en los corazones, en el tuyo también, Sinuhé, en tu corazón tierno y débil, y sé que
me tienes por loco, pero te perdono, porque la luz ha iluminado una vez tu corazón.
Pero cuando el dolor lo atormentaba se lamentaba y decía:
– Sinuhé, se remata a un animal enfermo o a un león herido, pero nadie le da el golpe de gracia a un ser humano. Mi decepción es más cruel que la muerte, que no temo, porque mi espíritu vivirá eternamente. Nací del sol y regresaré al sol, y sólo a esto aspiro después de todas mis decepciones.
Hacia otoño, gracias a mis cuidados, estuvo mejor, pero yo me preguntaba si hubiera debido dejarlo morir. Un médico no debe nunca abandonar a sus enfermos si su arte es suficiente para hacerlos vivir, lo cual es a menudo la maldición del médico, pero no puede evitarlo, debe cuidar a los buenos y a los malos, a los justos y a los culpables, sin hacer diferencias entre ellos. Así el faraón se repuso hacia el otoño, y se encerró en sí mismo y no habló con nadie y sus ojos eran duros mientras permanecía a menudo solo.
Pero tenía razón al decir que la gente escupía sobre su lecho, porque después de haber dado a luz a una quinta hija, la reina Nefertiti se cansó de él y comenzó a odiarlo y a no pensar más que en hacerle daño. Por esto cuando el grano de cebada comenzó a germinar en ella por sexta vez, el hijo que llevaba en su seno no era más que nominalmente de sangre real, porque había permitido a una simiente extranjera fecundarla, y no conocía ya el límite en su libertinaje y se divertía con todo el mundo, incluso con mi amigo Thotmés. Su belleza se había conservado intacta pese a que su primavera estuviese desflorada, y su mirada y su sonrisa irónica tenían un encanto que atraía a los hombres. Se dedicó a seducir a los familiares del faraón para apartarlos de él.
Su voluntad era firme y su inteligencia terriblemente viva, y como a ello unía la belleza y el poderío, era muy peligrosa. Durante años enteros le había bastado sonreír y dominar por su belleza, y se contentó con joyas y vinos, poesías y galanterías. Pero después del nacimiento de la quinta hija, hizo a su marido responsable. Y no olvidemos que por sus venas circulaba la sangre ambiciosa de su padre Ai, la sangre negra de la mentira, el ardid y la perfidia.
Hay que reconocer, sin embargo, que durante todos los años transcurridos su conducta había sido irreprochable y que rodeó al faraón Akhenatón de toda su ternura de mujer amante y había creído en sus visiones. Por esto mucha gente quedó sorprendida de este cambio y lo atribuyó a la maldición que flotaba sobre la Ciudad del Horizonte como una sombra mortal. Porque su desvergüenza era tal que llegó a decirse que se divertía con la servidumbre, los sardos y los obreros, si bien me niego a creerlo, porque la gente tiene siempre tendencia a exagerar.
En cuanto al faraón, se encerró en su soledad, y su alimento era el pan y la harina amasada del pobre y su bebida el agua del Nilo, porque quería purificarse para volver a encontrar su claridad y creía que la carne y el vino turbaban sus visiones.
Las noticias del extranjero eran todas malas. Aziru mandaba de Siria numerosas tablillas de arcilla para quejarse. Decía que los hombres querían regresar a sus hogares para apacentar sus corderos, cuidar su ganado, cultivar las tierras y divertirse con su mujer, porque eran amantes de la paz. Pero los bandoleros de los desiertos del Sinaí cruzaban a cada instante la frontera y saqueaban a Siria, y estos bandoleros iban provistos de armas egipcias e iban mandados por oficiales egipcios y constituían un peligro para la apacible Siria, de manera que Aziru no podía licenciar a sus tropas. El comandante de Ghaza había adoptado una actitud inconveniente contraria a la letra y el espíritu del tratado, porque cerraba las puertas de la villa a los comerciantes y las caravanas, no admitiendo más que a sus protegidos. Las quejas de Aziru eran incesantes, y escribía que cualquier otro que no fuese él hubiera perdido ya la paciencia pero que amaba la paz por encima de todo. Era necesario, sin embargo, terminar; de lo contrario, no respondía de las consecuencias.
Babilonia estaba muy descontenta de la competencia egipcia en los mercados sirios del trigo, y Burraburiash estaba decepcionado a causa de los regalos del faraón y presentaba una larga lista de reivindicaciones. El embajador de Babilonia en Egipto se encogía de hombros, abría los brazos y se arrancaba la barba, diciendo:
– Mi señor es como un león que husmea el viento desde su antro para saber lo que le aporta. Ha puesto todas sus esperanzas en Egipto, pero si Egipto es realmente tan pobre que no puede enviarle el oro necesario para construir carros de guerra, no sé lo que ocurrirá. Mi señor desea ser siempre el amigo de un Egipto fuerte y rico y esta alianza aseguraría la paz del mundo, porque Egipto y Babilonia son lo suficientemente ricos para no tener que desear la guerra. Pero la amistad de un Egipto débil y pobre no tiene ninguna importancia, no es más que una carga, y debo confesar que mi señor ha quedado sorprendido al ver a Egipto renunciar a Siria por debilidad. Pese a que amo a Egipto y le deseo todo el bien posible, el interés por mi país domina mis sentimientos y no me extrañaría ser en breve llamado a Babilonia, lo cual me causaría una gran pena.
Así hablaba, y ningún hombre razonable podía negarle la razón. Y el rey Burraburiash cesó de enviar juguetes y huevos teñidos a su esposa de tres años, pese a que fuese la hija del faraón y la sangre real corriese por sus venas.
Y he aquí que una embajada hitita llegó a la Ciudad del Horizonte, presidida por numerosos nobles, diciendo que iban a confirmar la amistad tradicional entre Egipto y el país de Khatti y a familiarizarse, además, con las costumbres egipcias de las cuales habían oído decir mucho bien y con el Ejército egipcio, cuya disciplina y armamento no dejaría de procurarles algunas informaciones útiles. Su actitud era deferente y cortés y eran portadores de numerosos regalos para los personajes de la Corte. Así dieron al joven Tut, yerno de Akhenaton, un puñal de un metal azul que era más brillante y cortante que todos los demás. Yo tenía un puñal idéntico que me había regalado el capitán del puerto, como he referido, y aconsejé a Tut que lo hiciese dorar y platear a la moda siria. Estuvo encantado con su regalo y dijo que habría que ponerlo en su tumba, porque era delgado y raquítico y pensaba a menudo en la muerte, más que la gente joven de su edad.
Estos jefes hititas eran hombres bellos, agradables e instruidos. Su nariz aguileña, su mentón enérgico y sus ojos de animal feroz les procuraron numerosos éxitos, porque las mujeres se entusiasman fácilmente con todo lo que es nuevo. Y durante el transcurso de las veladas a que estaban invitados, decían así: