A estas palabras Ai se precipitó para añadir:
– No creas a Horemheb, faraón Akhenaton, hijo mío, porque la mentira habla por su boca y desea tu poder. Reconcíliate con los sacerdotes de Amón y declara la guerra, pero no confíes el mando a Horemheb, sino a un viejo jefe experimentado que haya estudiado los escritos de estrategia de los antiguos faraones y en quien puedas tener plena confianza.
Y Horemheb dijo:
– Si no estuviésemos delante del faraón te pondría la mano en la cara, asqueroso Al. Me mides por tu talla y tú eres quien miente, porque has negociado ya en secreto con los sacerdotes de Amón y llegado a un acuerdo. Pero yo no engañaré al chiquillo que un día protegí con mi túnica en el desierto de las montañas de Tebas, y mi objeto es la grandeza de Egipto y sólo yo puedo salvar el país.
El faraón les preguntó:
– ¿Habéis hablado?
Y con una sola voz dijeron: -Hemos terminado.
Y entonces el faraón dijo:
– Tengo que velar y orar antes de tomar una decisión. Pero convocad para mañana a todo el pueblo, a todos los que me aman, nobles y villanos, dueños y esclavos, y llamad también a los mineros de las canteras, porque quiero hablar con mi pueblo y comunicarles mi decisión.
La orden fue cumplida y el pueblo fue convocado para el día siguiente. Pero durante toda la noche el faraón veló u oró errando por su palacio, sin comer ni hablar con nadie, de manera que yo estaba muy inquieto por él. Al día siguiente se hizo llevar delante del pueblo y tomó asiento en el trono y su rostro brilló como el sol cuando levantó el brazo y comenzó a hablar:
– A causa de mi debilidad, el hambre reina en Egipto y a causa de mi debilidad el enemigo amenaza las fronteras, porque debéis saber que los hititas se disponen a invadir Egipto a través de Siria y en breve sus pies
hollarán las tierras negras. Todo esto ocurre por mi debilidad, porque no he comprendido claramente la voz de mi dios ni ejecutado sus voluntades. Pero al fin mi dios se me ha aparecido. Atón se me ha aparecido y su verdad arde en mi corazón, de manera que no soy ya débil ni vacilante. He derribado el falso dios, pero en mi debilidad he dejado que los demás dioses reinasen al lado de Atón, el único, y su sombra ha oscurecido a Egipto. Así, que en esta jornada caigan todos los viejos dioses del país de Kemi y que la claridad de Atón reine como una luz única sobre todo el país. Que en esta jornada todos los antiguos dioses desaparezcan y que comience el reinado de Atón sobre la tierra.
Ante estas palabras el pueblo se estremeció de angustia y fueron muchos los que se postraron de rodillas. Pero el faraón elevó la voz y gritó:
– Vosotros, los que amáis, id y derribad a todos los antiguos dioses de Kemi, destruid sus altares, romped sus imágenes, verted su agua sagrada, demoled sus templos, borrad sus nombres de todas las inscripciones, penetrad hasta en las tumbas para destruirlos a martillazos, a fin de que Egipto sea salvado. Nobles, tomad una maza; artistas, cambiad el pincel por un hacha; obreros, tomad vuestros martillos e id a todas las ciudades y pueblos para derribar a los viejos dioses y borrar sus nombres. Así es como purificaré a Egipto del mal.
Muchos huyeron despavoridos, pero el faraón respiró profundamente y su rostro brilló de éxtasis y añadió:
– ¡Que comience el reinado de Atón sobre la tierra! ¡Que desde hoy no haya más dueños ni esclavos, señores ni servidores! Porque todos los hombres son iguales y libres delante de Atón y nadie viene obligado ya a cultivar la tierra de otro ni hacer girar la piedra del molino de otro, sino que todos podéis elegir vuestro oficio e ir y venir a vuestro antojo. El faraón ha hablado.
El pueblo observaba un silenció aterrador, pero el resplandor que se desprendía del rostro del faraón era tan potente que la gente comenzó en breve a gritar de ardor diciendo:
– No había ocurrido jamás una cosa parecida, pero en verdad, su dios habla por su boca y debemos obedecerlo.
Y así la gente comenzó a dispersarse y en breve comenzaron a cambiar puñetazos y mataron a los ancianos que se habían atrevido a rebelarse contra las palabras del faraón.
Una vez la muchedumbre dispersada, Ai le dijo al faraón: -Akhenaton, lanza tu corona a lo lejos y rompe tu cetro, porque tus palabras acaban de derribar tu trono.
– Las palabras que he pronunciado asegurarán la inmortalidad a mi nombre, y mi poderío vivirá en el corazón de los hombres de eternidad en eternidad.
Entonces Ai se frotó las manos y escupió en el suelo delante del faraón y pisando su saliva con el pie, dijo:
– Si es así obraré a mi antojo y me lavo las manos, porque delante de un loco no me considero ya responsable de mis actos.
Iba a alejarse cuando Horemheb lo retuvo por el brazo a pesar de que era un hombre robusto. Y Horemheb dijo:
– Es tu faraón y debes obedecerle, Ai, y no lo traicionarás; porque si lo traicionas te atravesaré el vientre con mi espada, aunque tuviese que levantar un ejército a mi costa para conseguirlo. Créeme, no tengo costumbre de mentir. En verdad su locura es grande y peligrosa, pero incluso en su locura lo amo y le soy fiel, porque le he prestado juramento. Y en su locura hay una brizna de cordura, porque si se hubiese limitado a derribar a los dioses todo se hubiera reducido a una guerra civil, pero habiendo liberado a los esclavos de los molinos y los siervos, entorpece los planes de los sacerdotes y gana el apoyo del pueblo, pese a que la confusión no hará más que crecer en el país. Todo lo demás me da lo mismo, pero, ¿qué vamos a hacer con los hititas, faraón Akhenaton? -El faraón estaba sentado, con los brazos cruzados sobre las rodillas y no respondió. Horemheb siguió adelante-: Dame oro y trigo, armas, carros y caballos y el derecho de alistar soldados y de convocar las guardias del Bajo Egipto y trataré de rechazar el ataque de los hititas.
Entonces el faraón levantó sus ojos enrojecidos y todo el éxtasis había desaparecido de su rostro. Y dijo:
– Te prohíbo que declares la guerra, Horemheb. Pero si el pueblo quiere defender la tierra negra no se lo puedo impedir. No tengo oro ni trigo para no hablar de las armas, pero no te las daría si las tuviese, porque no quiero responder al mal con el mal. Pero puedes preparar a tu manera la defensa de Tanis, con tal de que no viertas sangre y te limites a mantenerte a la defensiva.
– De acuerdo -dijo Horemheb-. Entonces moriré en Tanis, porque, sin oro ni trigo, el ejército más hábil y más valiente no puede defenderse largo tiempo. Pero me meo en tu vacilación, faraón Akhenatón, y me defenderé como lo entiendo. Te saludo.
Se fue, y Ai salió también, dejándome solo con el faraón. Me miró con sus ojos infinitamente cansados y dijo:
– Ahora que he hablado, toda mi fuerza ha desaparecido; pero a pesar de todo me siento feliz en mi debilidad. ¿Qué vas a hacer, Sinuhé?
Esta pregunta me extrañó y le dirigí una mirada de sorpresa. Sonrió con expresión de cansancio y dijo:
– ¿Me quieres, Sinuhé? -Cuando le hube asegurado que le quería a pesar de toda su locura, dijo-: Si me quieres, ya sabes lo que debes hacer, Sinuhé. Me rebelé contra su voluntad, pese a que sabía perfectamente lo que deseaba de mí. Malhumorado le respondí: