El hambre y la violencia reinaron en Tebas aquellos días en que Atón descendía sobre la tierra y muchas gentes estaban impresionadas por la crueldad de los tiempos y decían: «Nuestra vida no es más que una pesadilla y la muerte un despertar delicioso. Abandonemos el oscuro corredor de la vida por la aurora de la muerte.» Y se mataban y algunos mataban también a sus mujeres y a sus hijos. Otros bebían sin cesar para hallar el olvido y nadie se inquietaba ya ante las cruces y los cuernos; pero si alguien encontraba por la calle a una persona llevando un pan, le arrancaban el pan diciendo:
– Dame este pan porque, ¿no somos acaso todos hermanos delante de Atón?
Y si veían un hombre vestido de lino fino le decían:
– Dame tu túnica, porque todos somos hermanos delante de Atón y no es justo que un hermano vaya mejor vestido que el otro.
Los que llevaban los cuernos, si no eran muertos y sus cuerpos arrojados a los cocodrilos que se agitaban en el agua en los mismos muelles de Tebas, eran enviados a las minas o a los molinos, y no existía ya orden alguno en la ciudad y los saqueos y los robos menudeaban.
Así transcurrieron dos veces treinta días y el reino de Atón sobre la tierra no duró ya más, porque se hundió. Los negros reclutados en el país de Kush y los sardos alistados por Ai cercaron la ciudad a fin de impedir toda fuga. Los cuernos se rebelaron y los sacerdotes les procuraron armas procedentes de las cavernas de Amón, y los que no tenían armas endurecían las pértigas al fuego o dotaban de cobre sus cilindros de amasar y fundían las joyas para fabricar puntas de lanza. Los cuernos se rebelaron y arrastraron a todos los que querían el bien de Egipto; e incluso la gente pacífica y ponderada decía:
– Queremos volver al orden antiguo, porque estamos cansados del orden nuevo y Atón nos ha atormentado ya bastante.
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Pero yo decía a la gente:
– Es posible que la injusticia haya ganado al derecho en estos días en que muchos inocentes han pagado por los culpables pero, a pesar de todo, Amón es el dios de las tinieblas y del miedo y domina a los hombres a causa de su ignorancia. Atón es el único dios, porque vive en cada uno de nosotros y fuera de nosotros y no hay otros dioses. Luchad, pues, por Atón, esclavos y pobres, faquines y servidores, porque no tenéis nada que perder, y si Amón se lleva la victoria conoceréis la servidumbre y la muerte. Luchad por el faraón Akhenatón, porque no existe en el mundo un hombre como él y el dios habla por su boca, y no ha habido nunca, ni nunca volverá a presentarse, una ocasión como ésta de renovar el Universo.
Pero los esclavos y los faquines se reían ruidosamente y decían: -Cesa ya de decir tonterías sobre Atón, Sinuhé, porque todos los dioses no valen y todos los faraones son iguales. Pero eres un buen hombre, aunque un poco cándido, y has vendado nuestras manos aplastadas y sanado nuestras llagas sin pedirnos nada. Arroja, pues, a lo lejos esta maza que ya no tienes fuerza para manejar, porque no estás hecho para pelear, y los cuernos te matarán si te ven con esta maza. En cuanto a nosotros, poca importancia tiene que muramos, porque hemos mojado nuestras manos en la sangre y vivido bellas jornadas durmiendo bajo los baldaquinos y bebiendo en copas de oro. Nuestra hora ha terminado y vamos a morir con las
armas en la mano, porque después de haber saboreado la libertad no queremos volver a caer en la esclavitud.
Estas palabras me sumieron en un mar de confusiones, y arrojando la maza me fui a casa a buscar mi estuche de médico. Durante tres días y tres noches la gente peleó en Tebas e innumerables fueron las cruces que adoptaron el cuerno v muchos se escondieron en las casas y los sótanos y los depósitos de trigo y las cestas vacías del puerto. Pero los esclavos v los faquines se batieron valientemente. Tres días y tres noches se batieron en Tebas y se incendiaron casas para iluminar los combates, y los negros v los sardos incendiaban también las casas para saquearlas, mataban a la gente al azar fuesen cruces o fuesen cuernos. Su jefe era el mismo Pepitatón, aquel que había atropellado a la muchedumbre en la Avenida de los Carneros y delante del templo de Amón pero se llamaba nuevamente Pepitamón y Ai lo había elegido porque era el más instruido de todos los jefes del faraón.
En cuanto a mí, curaba las heridas de los esclavos y los faquines y los cuidaba en ‹La Cola de Cocodrilo,›, y Merit cortaba a tiras mis ropas, las suyas y las de Kaptah para hacer vendas, y el pequeño Thot llevaba vino a los que había que aliviar los sufrimientos. El último día se luchó únicamente en el barrio del puerto, y en el de los pobres, y los negros y los sardos, entrenados para la guerra, segaban a la gente como si fuese trigo, y la sangre corría por los callejones. Jamás la muerte había hecho una tan rica cosecha en el país de Kemi, porque no se daba cuartel v los esclavos se batían hasta la muerte.
Los jefes de los esclavos y los faquines acudían algunas veces a reponer sus fuerzas a la taberna, y aprovechaban la ocasión para decirme:
– Te hemos preparado en el puerto una cesta donde podrás ocultarte, Sinuhé, porque imaginamos que no tienes ganas de que te cuelguen cabeza abajo en los muros de la ciudad con nosotros esta noche. Es el momento de ocultarte, Sinuhé, porque es inútil curar heridos que van a ser degollados de un momento a otro.
Pero yo les contestaba:
– Soy médico real y nadie osará poner la mano sobre mí.
Y entonces se echaban a reír y me daban golpes en la espalda con sus grandes manazas huesudas, bebían vino y volvían a la lucha. Finalmente, Kaptah se acercó a mí y dijo:
– Tu casa arde, Sinuhé, y los cuernos han matado a Muti, que los amenazaba con su pala de lavar. Es hora ya de vestir tus finas vestiduras y ostentar las insignias de tu dignidad. Abandona, pues, a estos heridos y sígueme a las habitaciones posteriores a fin de que nos preparemos a recibir a los sacerdotes y oficiales.
Merit me rodeó el cuello con sus brazos y me dijo también.
– Huye, Sinuhé, y si no quieres hacerlo por ti, hazlo por mí y por Thot. Pero las largas vigilias y la decepción y la muerte me habían embrutecido hasta el punto que no sabía ya lo que sentía.
– ¡Qué me importa mi casa, qué me importa Thot y qué me importas tú.! La sangre que corre es la sangre de mis hermanos en Atón y no quiero vivir si el reino de Atón se derrumba.
Pero ignoro por qué pronuncié estas palabras, que no expresaban los sentimientos de mi corazón.
No sé si hubiera tenido tiempo de huir, porque al poco rato los sardos hundieron la puerta de la taberna v entraron precedidos por un sacerdote con la cabeza afeitada y reluciente de aceite. Comenzaron a matar a los heridos y el sacerdote les reventaba los ojos con su cuerno y los negros, con los pies juntos, saltaban sobre su barriga, de manera que la sangre manaba de sus heridas. Y el sacerdote aullaba:
– Es un inmundo antro de Atón, ¡limpiémoslo por el fuego!
Ante mis ojos le partieron la cabeza al pequeño Thot y asesinaron a Merit a lanzazos, y mientras yo volaba en su socorro un sacerdote me dio un golpe en la cabeza y me caí y no supe nada más de lo que ocurría. Recobré el conocimiento, en la callejuela que había delante de «La Cola de Cocodrilo» y de momento no supe dónde estaba ni si estaba vivo o muerto. El sacerdote se había marchado v los soldados habían depuesto las armas y bebían el vino que Kaptah les ofrecía, mientras los oficiales les daban prisa, para que fuesen de nuevo a pelear, y «La Cola de Cocodrilo» ardía. Entonces lo recordé todo y, traté de levantarme, pero las fuerzas me faltaron. Comencé a reptar sobre mis manos y las rodillas y penetré en la casa en llamas para reunirme con Merit v Thot, y mis cabellos se inflamaron v mis ropas también, pero Kaptah llegó corriendo y gritando, sacándome de las llamas me hizo rodar por el polvo hasta que mis ropas se hubieron apagado. Ante este espectáculo los soldados se echaron a reír, y Kaptah les dijo: